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Punto de vista de Camila
Tres años. Mil noventa y cinco días esforzándome por ser la esposa ideal, y ese era mi premio: los papeles de divorcio.
Mis ojos se detuvieron en la firma perfecta de Stefan al final del documento. La tinta todavía estaba fresca; debía haberla plasmado esa misma mañana, seguramente justo después de que dejé sobre su escritorio la tarjeta hecha a mano que había creado con tanto esmero. Esa que me había pasado horas haciendo, pues creía como una tonta en finales felices.
Vi que la tarjeta de aniversario que hice para mi esposo aún reposaba en la encimera de la cocina, sin abrir. Nuestros tres años de matrimonio se resumían en una tarjeta hecha a mano que él ni siquiera se molestó en tocar. Anoche, me entregué durante horas a escribir palabras que creía que importaban.
Me percaté de que mi café se había enfriado. Es curioso cómo uno se da cuenta de las pequeñas cosas cuando su mundo se está desmoronando.
"Firma aquí. Y aquí", indicó Stefan, con un tono distante, como si estuviera atendiendo un negocio. Había dispuesto los papeles de divorcio como si fueran contratos en sus reuniones, marcando con banderitas adhesivas todas las líneas de firma. "Las secciones resaltadas necesitan iniciales", continuó.
"¿Estás haciendo esto hoy? ¿En nuestro aniversario?", pregunté, con las manos temblorosas.
"Camila", suspiró con decepción, sonido al que yo ya me había acostumbrado. "No tiene sentido alargar esto".
El sol matinal entraba a raudales por las ventanas de nuestra cocina, iluminando el diamante en mi dedo, de tres kilates y de corte tipo princesa. Lo había elegido mi suegra.
"Querida, no es tu estilo, pero es lo que debe llevar una señora Rodriguez", me dijo ella en su momento. Y como todo lo demás en mi vida, ese anillo tampoco había sido mío.
"¿Hay otra mujer?", solté.
La pregunta quedó suspendida en el aire entre nosotros. "Sí", respondió Stefan, enderezándose la corbata italiana y de seda azul, que le había regalado por Navidad.
Esa palabra fue todo lo que bastó para borrar los tres años que me la pasé intentando ser perfecta.
"¿Desde cuándo?".
"Dos meses", respondió, sin mirarme a los ojos. "Volvió a la ciudad y...".
"Dos meses", repetí, interrumpiéndolo.
Por fin comprendía la razón detrás de todas esas noches interminables en que él salía tarde de la oficina y nunca regresaba a cenar; así como el motivo por el que dejó de besarme por las mañanas.
"¿Planeabas decírmelo, o solo ibas a seguir mintiendo hasta que los papeles de divorcio estuvieran listos?".
"No quería lastimarte".
"¡Qué considerado de tu parte!", exclamé, tras soltar una risa brusca y aguda.
Mi mano chocó contra mi taza de café, que terminó rompiéndose en el suelo. El líquido oscuro se extendió por las baldosas impecables, que yo había fregado de rodillas la semana pasada, solo porque su madre nos visitaría.
"Déjamelo a mí...", comenzó él, agarrando las servilletas.
"No", solté, con la voz quebrada. "Solo... no finjas que te importa ahora".
Me agaché para recoger los pedazos de la taza. Una foto se deslizó de entre los papeles de divorcio y cayó boca arriba sobre el café derramado.
En ese momento, me pareció que el mundo se detenía, pues conocía esa sonrisa, esos ojos. Reconocía esa expresión perfectamente preparada que me había atormentado en cada foto familiar desde que tenía doce años.
"¿Rosa?", musité con amargura. "¿Tu primer amor fue Rosa?".
El silencio de Stefan lo dijo todo.
De repente, los recuerdos me invadieron de golpe. Rosa me ayudaba a elegir mi vestido de novia, daba discursos en nuestra fiesta de compromiso y me llamaba cada semana para preguntar por mi matrimonio, además de darme consejos para mantener a Stefan feliz.
Ella era mi hermana adoptiva. La hija favorita y a la que mis padres querían más.
"Nunca se fue de la ciudad, ¿verdad?", inquirí, mientras acomoda todas las piezas en mi mente. "Ha estado aquí todo el tiempo, esperando su oportunidad. Desempeñó el papel de hermana perfecta y fingió apoyarme, mientras ustedes dos se reían de mi estupidez e ingenuidad".
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