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La universidad tenía ese rumor constante que parecía tragarse a cualquiera que caminara con la cabeza baja. A Selena le gustaba porque todo ese ruido cubría sus silencios. Siempre elegía sentarse en la cuarta fila, junto a la ventana, con una libreta nueva, pero corriente de las que venden en el supermercado y un lápiz nuevo con la punta bien afilada. Pasar desapercibida era su pasión: ropa sencilla, cabello negro largo y recogido en una coleta que caía por su delgada espalda y una mirada que rara vez se cruzaba con otra.
Selena no tenía amistades en el campus, así que no recibía invitaciones a fiestas que se anunciaban a última hora por los chats, a lo que tampoco pertenecía.
Los estudiantes más populares eran los Blackwell, unos trillizos de piel blanca y ojos claros, hijos de una familia muy poderosa e influyente.
Selena los conocía desde lejos y los evitaba, no le gustaban: el más guapo era Adrián, el que mandaba; Luciano, el más rebelde, cambiaba de novia cada dos meses, y Elías, el más amable.
Aquella mañana del martes la clase de literatura olía a café y a tierra húmeda. Afuera llovía y los cristales de las ventanas estaban empañados. Selena copiaba las palabras del profesor cuando un murmullo más denso que los demás cruzó el aula. No tuvo que voltear para saber que los trillizos habían entrado.
Selena siguió escribiendo sin mirarlos hasta que una carcajada helada la obligó a levantar la vista. Los vio de reojo, respiró profundo y volvió a la libreta.
-Señorita Valen -dijo el profesor-, ¿quiere leer su análisis?
Selena levantó la cabeza, sin estar preparada para hablar. Nunca lo estaba. Leyó en voz baja y clara. Mientras hablaba una sensación rara, eléctrica, le recorrió la nuca, como si la estuvieran observando con especial interés. No miró hacia atrás.
Cuando Selena acabó de leer, el profesor asintió con aprobación. Escuchó a otros estudiantes comentar a favor, pero más atrás hubo un susurro de hombres que no pudo descifrar. Al terminar la clase, guardó sus cosas de prisa para salir antes de que el pasillo se convirtiera en un desfile de egos.
En el corredor había mucho ruido y Selena se pegó a la pared para dejar pasar a un grupo de chicas perfumadas que hablaban sobre una fiesta el viernes. No pudo evitar escuchar el comentario de una de ellas.
-Si los Blackwell no van, yo no voy.
La otra respondió:
-Ellos siempre van.
Selena bajó la cabeza y siguió el camino que llevaba a la biblioteca, su territorio. Se sentía cómoda entre las altas estanterías, el olor a tinta y las largas mesas donde no tenía que demostrar nada. Eligió un cubículo junto a una columna y sacó su libreta.
Abrió el portátil y conectó los audífonos sin ningún sonido solo para que nadie le intentara sacar conversación y empezó a escribir un ensayo. Cada tanto alguien pasaba y lo notaba porque la sombra que generaba cambiaba la luz sobre su teclado.
-¿Está ocupado? -preguntó un hombre parado a su derecha
Selena no se había dado cuenta de que le hablaba a ella. Cuando levantó la vista era Elías con un cuaderno en la mano, un lápiz entre los dedos y su mirada azul hielo. No sonreía, pero tampoco se imponía ante ella.
-No -dijo ella, apartando la mochila-. Puedes sentarte.
Elías asintió y ocupó la silla de enfrente. Sin decir nada más. Sacó su cuaderno y comenzó a escribir algo inquieto, escribía, borraba, volvía a escribir. Mientras Selena intentaba concentrarse en su ensayo. Se mordió el labio y lo dejó, cambiando de tarea: revisar los apuntes para la siguiente clase.
-Me gustó tu intervención en clase -comentó Elías, rompiendo el silencio.
Selena parpadeó, sorprendida.
-Gracias -respondió en un tono apenas audible.
Elías rayaba la hoja en las esquinas.
El silencio entre ambos fue cómodo hasta que alguien colocó su mano en el respaldo de la silla de Elías. En ese momento el aire se tensó. Selena levantó la vista y se encontró con una sonrisa afilada.
-¿Interrumpimos su cita? -preguntó Luciano, apoyándose con ambas manos. Vestía una chaqueta abierta, su cabello estaba húmedo por la lluvia y el brillo en sus ojos estaba entre burla y curiosidad.
-No -respondió Elías sin hacer ningún movimiento-. Si no te vas a sentar vete.
Luciano rió con suavidad y se acercó a Selena, inclinándose como si quisiera saber sus secretos.
-Yo no muerdo -dijo-. En cambio, él sí -y señaló con el mentón hacia atrás.
Selena no necesitó girarse para sentirlo, el tercero estaba allí y llenó el espacio sin decir nada. No necesitaba presentaciones, era el líder. Había una cualidad en el silencio de Adrián que hacía que los demás se enderezaran. La reacción inconsciente de Selena fue apretar los dedos contra el borde de la libreta.
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