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El cielo sobre la ciudad no prometía justicia, sino una de esas tormentas densas y oscuras que lavan la sangre de las aceras pero dejan intacta la podredumbre. Valeria subió el cuello de su gabardina, sintiendo el peso frío y reconfortante del maletín de cuero negro que colgaba de su hombro derecho. Dentro, guardado en un disco duro encriptado y respaldado por miles de folios meticulosamente organizados, descansaba el fin de un imperio. El fin de Dante Voci.
Había pasado tres años persiguiendo a una sombra que olía a sándalo, dinero viejo y pólvora. Tres años de testigos repentinamente amnésicos o convenientemente muertos, de sobornos que llegaban hasta las puertas de sus superiores en la fiscalía, y de noches interminables bebiendo café amargo frente a un monitor de ordenador que le devolvía el reflejo de una mujer cada vez más pálida, más delgada, más consumida por un único propósito.
Pero hoy era el día. El Gran Jurado la esperaba a menos de cien metros, tras las pesadas puertas de roble del Palacio de Justicia.
-Hoy no, Dante. Se acabó -susurró para sí misma, con los nudillos blancos de tanto apretar el asa del maletín. Su voz sonó firme, una pequeña ancla de realidad en medio de la vorágine de adrenalina que le inundaba el torrente sanguíneo.
Valeria cruzó las puertas de cristal del nivel B-3 del aparcamiento subterráneo, el área de acceso restringido para jueces y fiscales de alto rango. El eco de sus tacones contra el hormigón desnudo generaba una cadencia rítmica, casi militar. Valeria era una mujer de leyes, de estructuras rígidas y orden inquebrantable. Creía ciegamente en la balanza de la justicia, incluso cuando el plato del mal, del caos y de la corrupción siempre parecía pesar más. Hoy, ella iba a poner la espada sobre el plato vacío.
Sin embargo, a mitad de camino hacia el ascensor de máxima seguridad, una sensación gélida le recorrió la nuca. Era ese instinto primitivo y visceral que solo se desarrolla cuando has pasado demasiado tiempo mirando a los monstruos a los ojos. El aire en el aparcamiento cambió; la presión atmosférica pareció descender de golpe, como si el oxígeno se estuviera filtrando por las grietas del suelo.
Valeria se detuvo. El silencio era absoluto. Demasiado absoluto.
Los dos guardias de seguridad armados que siempre custodiaban el acceso al ascensor VIP no estaban en sus puestos. No había sonido de radios, ni el murmullo habitual de los motores en la distancia. Las luces fluorescentes del techo, habitualmente de un blanco clínico e inmaculado, parpadearon de forma errática antes de que la hilera más cercana a ella se apagara con un chasquido eléctrico, sumiendo la mitad del nivel en una penumbra amenazante.
Su mano libre bajó instintivamente hacia el bolsillo de su gabardina, donde guardaba el botón de pánico conectado directamente a la central de la policía. Lo presionó tres veces, la señal de código rojo. Esperó el zumbido de confirmación en su teléfono.
No hubo nada. Señal bloqueada.
El pánico, frío y afilado, intentó trepar por su garganta, pero Valeria lo tragó. No era una novata. Sabía que ir tras el magnate más poderoso y letal del inframundo de la ciudad conllevaba riesgos astronómicos. Dante Voci no era un simple jefe de la mafia; era un arquitecto del caos, un hombre que se movía en las altas esferas sociales con la misma facilidad con la que ordenaba ejecuciones en los callejones. Era culto, sofisticado, y sus tentáculos abarcaban desde la oficina del alcalde hasta las comisarías de barrio.
De repente, el rugido sordo y profundo de un motor rompió el silencio. No hubo derrapes espectaculares ni chirridos de neumáticos, solo el deslizamiento fluido y depredador de un SUV negro sin matrícula, con los cristales completamente tintados, que emergió de las sombras del fondo del aparcamiento y se interpuso entre ella y la salida hacia las escaleras.
Valeria retrocedió un paso. Sus ojos, oscuros y calculadores, buscaron una vía de escape. El ascensor estaba comprometido. El coche bloqueaba las escaleras. Estaba rodeada de muros de hormigón.
Las puertas del vehículo se abrieron simultáneamente y en completo silencio. De su interior no salieron matones de poca monta con bates o cadenas, sino tres figuras vestidas con equipo táctico negro, sin insignias, con los rostros cubiertos por pasamontañas oscuros. Se movían con una sincronización escalofriante, fluida y profesional. No era un asesinato; era un operativo de extracción. Un trabajo quirúrgico.
-Si me tocan, cada agencia federal de este país caerá sobre ustedes -advirtió Valeria. Su voz no tembló, resonando con la autoridad de quien ha enviado a docenas de hombres a cadena perpetua. Pero en el fondo, sabía que las palabras eran inútiles. Estaba esgrimiendo leyes frente a hombres que operaban fuera de la realidad civilizada.
Ninguno de los tres hombres respondió. No hubo amenazas, no hubo bravuconadas. Solo una aproximación rápida y letal.
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