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Yo era la mente maestra detrás de los negocios de mi familia, pero para mi padre, solo era una hija discreta lista para ser vendida en matrimonio. Mi único escape era el amor de Rodolfo, el hombre que en la intimidad me llamaba su "Reina".
Pero él tenía a otra, la frágil Fernanda. A ella la llamaba "Mi Pequeña Flor", mientras que yo solo era "la princesa" de la que necesitaba deshacerse.
La traición culminó en una gala. Un coche se abalanzó sobre nosotros. Sin dudarlo, Rodolfo empujó a Fernanda para salvarla, dejándome a mí para recibir el impacto.
Mi cuerpo salió volando. Mi última visión fue él abrazándola, a salvo.
Más tarde, en el hospital, lo oí decir que yo era fuerte y podía cuidarme sola. Esa frase me dolió más que todos mis huesos rotos.
En ese momento, la princesa ingenua que lo amaba murió.
Acepté casarme con el viejo líder de un cártel, no como un sacrificio, sino como el primer paso de mi venganza. Ahora, yo sería la Reina, y mi imperio se levantaría sobre las cenizas de su traición.
Capítulo 1
Ximena POV:
El frío de la sábana de seda se sentía como una burla contra mi piel desnuda. Había aceptado ser vendida en matrimonio, y el hombre que me llamaba su "Reina", al que amaba con cada fibra de mi ser, acababa de abandonarme en medio de la noche.
Para el mundo exterior, yo era solo Ximena Amaya, la hija discreta y elegante de Horacio Amaya, un magnate. La que sonreía en los eventos benéficos y no causaba problemas.
Pero en secreto, yo era la mente detrás de muchas operaciones exitosas de la familia. La que cerraba tratos que mi padre ni siquiera comprendía del todo.
Rodolfo Badia era el heredero del Grupo Badia. Calculador, estoico. La imagen pública del control y el éxito.
Nuestra relación era un secreto a voces que nadie se atrevía a confirmar. Nos veíamos en los rincones más íntimos de su penthouse, o en mi estudio oculto.
Allí, él me llamaba "Reina". Un susurro, un título exclusivo para mis oídos.
Me aferré a ese nombre. A esa pasión que creía genuina. Porque en ese momento, era lo único real que tenía.
Pero incluso el nombre más hermoso sonaba hueco cuando el futuro se alzaba como una jaula dorada.
Mi padre, en su infinita sabiduría pragmática, acababa de organizarme un matrimonio. Un matrimonio arreglado con Jaime Mena, el enfermo y anciano líder de un cártel empresarial en Guadalajara.
Una alianza estratégica, como él lo llamaba. Un sacrificio.
Yo, la hija subestimada, la pieza de ajedrez valiosa pero prescindible.
Rodolfo. Él era la única razón por la que aún no había huido.
Sus movimientos eran lentos y deliberados mientras se vestía. Cada botón abrochado de su camisa blanca era un recordatorio de la distancia que ponía entre nosotros.
El aire en la habitación se volvió pesado, cargado con el olor a sándalo de su colonia y el almizcle de nuestra intimidad reciente.
"¿Te vas ya?" mi voz sonó más débil de lo que pretendía. Un hilo apenas audible en el silencio.
Él se giró, sus ojos oscuros, inescrutables como siempre. "Tengo que irme, Reina."
"¿Es tan urgente?" pregunté, mi corazón se encogía ante su frialdad habitual.
Él se encogió de hombros, ajustándose la corbata. "Asuntos de negocios. Ya sabes cómo es."
No, no sabía. O tal vez sí. La prioridad siempre era el negocio.
"Quédate aquí," ordenó, su voz apenas un murmullo, pero con el peso de la autoridad que siempre ejercía sobre mí. "Alguien vendrá a recogerte por la mañana."
Odiaba que me tratara así. Como si fuera una posesión, un paquete que entregar.
Pero el roce de sus labios en mi frente disipó mis protestas. Un beso rápido, casi una marca. Luego se fue.
La puerta del ascensor se cerró con un suave zumbido, sellando su ausencia.
Me quedé allí, en la cama revuelta, el eco de su "Reina" aún en mis oídos. Pero ya no sonaba tan dulce.
La furia me invadió. No era una niña. Nunca lo había sido. Y él no era mi dueño.
Cogí mi teléfono de la mesita de noche. Mis dedos temblaban levemente mientras buscaba el número.
"Padre," mi voz era firme. Más firme de lo que me sentía. "Acepto el matrimonio con Jaime Mena."
Un silencio del otro lado. Luego, un estallido de alegría. "¡Ximena! ¡Mi niña! Sabía que entrarías en razón."
Su felicidad era asquerosa. ¿Entrar en razón? Había entrado en mi propia trampa.
"Tengo mis condiciones, por supuesto," añadí, la voz teñida de hielo. "Quiero mi independencia total. Y una parte justa de la fortuna familiar. Discutiremos los detalles en persona. Mañana."
No esperé su respuesta. Corté la llamada. El juego había cambiado.
Mientras me levantaba, vi el teléfono de Rodolfo sobre la mesita de noche. Lo había olvidado.
Una pequeña vibración. Una notificación de mensaje.
Mi corazón dio un vuelco. No debería mirar. No debería.
Pero mis dedos, como si tuvieran voluntad propia, lo tomaron. La pantalla se iluminó.
Un mensaje de un número desconocido. Pero el nombre de contacto lo decía todo: "Mi Pequeña Flor, F."
Y debajo del nombre, el mensaje. Corto. Dulce. Demasiado íntimo.
"¿Ya te deshiciste de la princesa? Te espero. Tu flor te necesita."
Mi respiración se detuvo. "La princesa." Así me llamaba a mí en público. Pero en privado, era "Reina".
"Mi Pequeña Flor." Fernanda. Fernanda Rodríguez. La hija de un político influyente. La que él creía frágil y vulnerable.
Mi mente reprodujo cada momento de indiferencia de Rodolfo. Cada vez que su mirada se volvía distante cuando yo hablaba de mis sentimientos. Cada vez que me dejaba sola, con la promesa de que volvería.
Solo para darse prisa en deshacerse de "la princesa" para correr a su "flor".
Un fuego frío se encendió en mi pecho. No era dolor. Era ira. Pura y cortante.
Me vestí rápidamente, mis movimientos precisos. El vestido negro de seda se deslizó sobre mi cuerpo. Mis tacones resonaron silenciosamente en el suelo de mármol.
No me importaba que me hubiera dicho que me quedara. No era su posesión.
Salí del penthouse en mi propio coche. Sabía dónde encontrar a Fernanda. Ella siempre frecuentaba el mismo restaurante elegante cuando su padre estaba fuera de la ciudad.
Y Rodolfo, como un perro fiel, siempre estaba allí.
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