/0/17825/coverorgin.jpg?v=6abd6ed2e94008192eec8f6db5e0e29c&imageMogr2/format/webp)
Alina Montes reservó en secreto una función de cine sensorial para su hermano autista, David, un raro acto de rebeldía contra su prometido controlador, Ricardo de la Vega.
Ricardo, un poderoso heredero inmobiliario, se enteró y se vengó torturando a David a distancia con luces estroboscópicas y chirridos discordantes, obligando a Alina a ver el terror de su hermano.
La mantuvo cautiva, haciéndola presenciar la agonía de David, todo porque su nueva obsesión, una becaria llamada Karla, afirmó que Alina le había hecho una "mala cara".
La crueldad se intensificó, siempre ligada a los caprichos de Karla. Si Karla se quejaba, David sufría. Cuando Karla fingió un accidente de coche, Ricardo obligó a Alina, que era anémica, a donar sangre para Karla, solo para que la desecharan.
El mundo de Alina se hizo añicos. Se dio cuenta de que Ricardo veía a David como un arma y a ella como una posesión desechable.
El golpe final llegó cuando Ricardo, ante una falsa acusación de Karla, mató brutalmente al amado caballo de Alina, Lucero, justo delante de ella. Este acto monstruoso encendió una ira fría y lúcida en el interior de Alina, llevándola al límite. Sabía que tenía que escapar, no solo por ella, sino por David.
Capítulo 1
Alina Montes reservó la cita en secreto. Era para una función de cine sensorial, un evento poco común diseñado para niños como su hermano, David. Usó una tarjeta prepagada y un correo electrónico desechable, cubriendo sus huellas con la precisión de una espía. Era un pequeño acto de rebeldía, una diminuta burbuja de normalidad que intentaba crear para él.
Ricardo de la Vega se enteró de todos modos. Siempre se enteraba.
Estaba de pie en el umbral de la sala de su penthouse, una silueta contra el resplandeciente horizonte de la Ciudad de México. La sonrisa en su rostro estaba mal. No llegaba a sus ojos.
—¿Planeando una salidita, corazón? —preguntó.
El monitor en la pared mostraba la habitación de David. Su hermano, de diecisiete años pero con la mente de un niño pequeño, se mecía de un lado a otro en su cama, tarareando suavemente mientras alineaba sus bloques de colores. Estaba tranquilo. Estaba a salvo. Por ahora.
Ricardo caminó hacia el panel de control montado en la pared. Era un sistema personalizado que había mandado a instalar, uno que podía manipular cada aspecto del entorno de David.
—Conoces las reglas, Alina —dijo Ricardo, su voz peligrosamente suave—. Si quieres hacer algo con él, primero me preguntas a mí.
Pulsó un interruptor.
En la pantalla, la habitación de David explotó en un caos. Luces estroboscópicas parpadeaban erráticamente, y un chirrido agudo y discordante llenó el aire. David se encogió, llevándose las manos a los oídos. Soltó un gemido de puro terror, su cuerpo acurrucándose en una bola apretada sobre la cama.
—¡Detenlo! —gritó Alina, abalanzándose sobre el panel.
Ricardo la sujetó por la muñeca, su agarre como el acero.
—Todavía no. Él necesita aprender. Y tú también.
La mantuvo en su sitio, obligándola a mirar. Los gritos de David resonaban a través de los altavoces, un sonido que le partía el corazón a Alina en mil pedazos. Podía sentir su terror, su confusión, su dolor. Estaba atrapado en un infierno sensorial, y el hombre que una vez creyó amar era el diablo que movía los hilos.
—Por favor, Ricardo, él no hizo nada malo —suplicó, con las lágrimas corriendo por su rostro—. Fui yo. Castígame a mí.
—Oh, lo estoy haciendo —dijo Ricardo, con la mirada fija en la pantalla. Parecía disfrutar de la escena—. Esto te duele a ti mucho más que cualquier cosa que pudiera hacerle a tu cuerpo, ¿no es así?
Tenía razón. Su propio dolor era un eco lejano comparado con esto. David era su mundo.
—¿Por qué haces esto? —sollozó, con la voz quebrada.
El pulgar de Ricardo acarició el control remoto del sistema. Una pulsación más y el volumen aumentaría, las luces parpadearían más rápido.
—Vi a Karla llorando hoy.
La sangre de Alina se heló. Karla Robles. La ambiciosa becaria de ojos inocentes que se había convertido en la nueva obsesión de Ricardo.
/0/18857/coverorgin.jpg?v=412890df92c1eac383fe484b54a67d93&imageMogr2/format/webp)
/0/14082/coverorgin.jpg?v=980a38ace810ca5956326eb4680ddc7b&imageMogr2/format/webp)
/0/13236/coverorgin.jpg?v=e791f0559b33475005e10825388a568d&imageMogr2/format/webp)
/0/19368/coverorgin.jpg?v=319851aff79b7cb79d9838ca9c471a44&imageMogr2/format/webp)
/0/9782/coverorgin.jpg?v=2ecdb2ec7986e5bc4e297a8c1c645305&imageMogr2/format/webp)
/0/300/coverorgin.jpg?v=62d49128423165c54755977510e883e5&imageMogr2/format/webp)
/0/22726/coverorgin.jpg?v=69fabb7a6129f00311db764be51c68b2&imageMogr2/format/webp)
/0/19446/coverorgin.jpg?v=aeb9b442d803784bc4aee648a8c13c3c&imageMogr2/format/webp)
/0/15017/coverorgin.jpg?v=1c7f1422ad4cb3368aa2ba804fa5a50a&imageMogr2/format/webp)
/0/18785/coverorgin.jpg?v=df10287841e7a3b4a8405a670f3d16d2&imageMogr2/format/webp)
/0/19555/coverorgin.jpg?v=d63c6a5495c4ddb6cbfe13d45d0bd68e&imageMogr2/format/webp)
/0/20564/coverorgin.jpg?v=a26897ca75d4587e64625a6aed4dc1cb&imageMogr2/format/webp)
/0/21622/coverorgin.jpg?v=5f54e5c6f7124eb37e61e541e7eeb886&imageMogr2/format/webp)
/0/21057/coverorgin.jpg?v=6939e889685e4adcb9efc6660f2e7cab&imageMogr2/format/webp)
/0/14496/coverorgin.jpg?v=798415d073c97617b8eca9226e0b81bf&imageMogr2/format/webp)
/0/18957/coverorgin.jpg?v=e67d955cd637be4303763f5a1234a315&imageMogr2/format/webp)
/0/22561/coverorgin.jpg?v=8542e9f523c2325918e1b914ccb6fd26&imageMogr2/format/webp)
/0/20757/coverorgin.jpg?v=2420739adcc72e502ea9c372b538fba9&imageMogr2/format/webp)
/0/6682/coverorgin.jpg?v=ce66503e7c603dfb56673e8c990ef3a1&imageMogr2/format/webp)
/0/20493/coverorgin.jpg?v=4d322575e5312798cbf6719673ef33de&imageMogr2/format/webp)