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El suave murmullo de las risas y el tintineo de las copas de champán se filtraban a través de las puertas dobles del salón de baile, creando una banda sonora distante para la quietud de la pequeña sala de costura. Amara Valdés no prestaba atención a la música; sus ojos estaban fijos en las intrincadas puntadas que daban forma a la rosa bordada en su velo de novia. Cada hilo de seda perlada era un latido, un sueño, una promesa que estaba a punto de hacerse realidad en menos de veinticuatro horas.
Una brisa suave, cargada con el aroma a jazmines del jardín de la mansión De la Vega, se coló por la ventana abierta, ondeando ligeramente la fina tela del velo. Amara sonrió, una sonrisa genuina que aún no conocía la amargura. Era la sonrisa de una mujer enamorada, a punto de casarse con Gabriel, el hombre que creía su destino, el heredero de una fortuna que ella, en su modesta cuna, nunca había ambicionado, pero que ahora se ofrecía como parte de su vida con él.
En la mesa auxiliar, un ejemplar de Cumbres Borrascosas, su novela favorita, permanecía abierto en una página cualquiera, olvidado. Amara siempre había sido una soñadora, una romántica incurable que encontraba consuelo en las historias de amor épico y sacrificio. Nunca imaginó que su propia historia tomaría un giro tan brusco hacia la traición.
Dejó el velo con delicadeza sobre una silla tapizada, el brillo de las perlas capturando la luz tenue de la lámpara. Se acercó a la ventana, aspirando el aire nocturno. Desde allí, podía ver el majestuoso jardín iluminado, salpicado de invitados que conversaban animadamente. Era la cena de bienvenida, el preludio a la gran boda. Mañana, se convertiría en Amara de la Vega. El pensamiento le hizo cosquillear el estómago de una manera que mezclaba nerviosismo y una felicidad abrumadora.
«Demasiado perfecto», pensó con una pizca de superstición. Siempre le había parecido que las cosas demasiado perfectas estaban destinadas a romperse. Pero rápidamente desechó la idea. No esta vez. Gabriel la amaba. Ella lo sabía. Recordó sus encuentros secretos, sus conversaciones hasta el amanecer, el modo en que él le miraba, como si ella fuera lo único que existía en su universo. Esos recuerdos eran su ancla.
Unos golpecitos suaves en la puerta la sacaron de sus cavilaciones. Era Elena, la joven y solícita ama de llaves, una mujer de expresión amable y ojos vivaces que siempre la trataba con un cariño que Amara apreciaba.
-Señorita Amara, Doña Eloísa me ha enviado. Quiere saber si necesita algo, o si ya va a unirse a la celebración. -La voz de Elena era suave, pero Amara percibió una leve tensión en ella.
-Gracias, Elena. Ya mismo bajo. Solo quería terminar algo. -Amara le ofreció una sonrisa. -¿Doña Eloísa parece... impaciente?
Elena dudó un instante. -La señora de la Vega está... organizando algunos detalles importantes con el señor Gabriel. El ambiente es un poco tenso, si me permite decirlo. Pero no se preocupe por ello, señorita. Los preparativos finales siempre son así.
Amara asintió, aunque una punzada de inquietud la atravesó. Doña Eloísa, la madre de Gabriel, era una mujer imponente, de una elegancia gélida y una voluntad de hierro. Siempre había sido cordial con Amara, pero nunca había habido una verdadera calidez entre ellas. Amara atribuía esto a la diferencia de clases y al recelo natural de una madre protectora. Se convenció de que, una vez casada, la relación mejoraría.
-Estaré allí en unos minutos -le aseguró a Elena.
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