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Durante diez años, esperé a que mi novio de toda la vida, Alejandro, se casara conmigo. Pero cada año, nuestro futuro se posponía por un ridículo ritual familiar en el que él tenía que sacar una carta del tarot de la "Fortuna". Durante tres años, sacó la carta de la "Desgracia", soportando penitencias brutales que lo dejaron lleno de cicatrices y destrozado. Yo creía que era el destino.
Luego, en el cuarto año, lo vi sacar la carta de la Fortuna. Mi corazón se disparó. Por fin éramos libres. Pero en un movimiento rápido y practicado, la cambió por una de la Desgracia, eligiendo más sufrimiento. Me quedé helada, en shock.
Más tarde, lo escuché confesárselo a su primo. Llevaba cuatro años cambiando las cartas. No podía casarse conmigo todavía por su asistente, Ariadna. Ella había amenazado con hacer algo drástico si él la dejaba. Dijo que se lo debía.
Mi mundo se hizo añicos. Cada latigazo que recibió, cada momento de dolor que compartí, fue una mentira. Una farsa montada para otra mujer. Había elegido su culpa por ella por encima de su amor por mí.
Incluso me acusó de una crueldad monstruosa basándose en las mentiras de ella, gritando: "No puedo creer que desperdicié diez años en alguien tan vengativa. Discúlpate con Ariadna. Ahora".
Ese fue el momento en que supe que el hombre que amaba se había ido. Así que me fui. Volé a Cancún y me casé con otro hombre.
Pero justo cuando encontraba mi nuevo comienzo, Alejandro irrumpió, con los ojos desorbitados por el arrepentimiento, rogándome que volviera. Y justo detrás de él estaba Ariadna, con el rostro desfigurado por la locura y un cuchillo brillante en la mano.
Capítulo 1
Se me revolvió el estómago, una piedra fría y dura hundiéndose dentro de mí mientras veía la mano de Alejandro moverse, rápida y practicada, cambiando la carta de la fortuna por una de mal augurio. La baraja antigua y gastada, bendecida por generaciones por la matriarca de los De la Vega, contenía nuestro destino, o eso pensaba yo. Durante tres años, había mantenido a Alejandro cautivo, forzándolo a penitencias agotadoras, retrasando nuestro futuro. Y ahora, frente a mis propios ojos, él estaba orquestando nuestra perdición.
Era el cuarto año de este ridículo ritual, una tradición familiar sagrada que dictaba que Alejandro, el heredero de la dinastía De la Vega, solo podía casarse con su novia de la infancia —yo— después de sacar una carta del tarot de la "Fortuna". Había fallado tres veces. Cada fracaso tenía un precio.
El primer año, Alejandro sacó la carta de la "Desgracia". Fue sometido a una semana de meditación solitaria y ayuno en el desolado refugio de montaña de la familia en el Ajusco. Regresó esquelético, con los ojos hundidos, y se desplomó en el momento en que me vio, terminando en el hospital por días. Odiaba ese ritual. Era una barbaridad.
El segundo año, la sacó de nuevo. Esta vez, la penitencia fue física. Su espalda fue azotada, no con un látigo, sino con cuerdas antiguas y nudosas, dejando ronchas grotescas que tardaron meses en sanar. No gritó ni una sola vez, pero escuché sus gemidos ahogados detrás de las puertas cerradas de la capilla familiar. Sentí cada golpe en lo más profundo de mi propia carne. Le rogué a su madre que lo detuviera, pero fue inflexible, su rostro una máscara de piedra.
El tercer año, la carta, de nuevo, fue "Desgracia". El castigo entonces fue una prueba de hielo de una semana, donde fue sumergido en arroyos de montaña casi congelados, despojado de calor y consuelo. Casi muere de hipotermia. Recuerdo a los doctores negando con la cabeza, susurrando sobre daños irreversibles en los órganos. Me senté junto a su cama, agarrando su mano, con las lágrimas corriendo por mi rostro, escuchando su respiración débil y entrecortada. Me miró, con los labios azules, y logró una sonrisa débil.
"Solo un año más, Ivana", susurró, "luego seremos libres por fin".
Le creí. Siempre lo hacía. Cada vez, emergía más débil, pero su determinación, según él, ardía más fuerte. Me amaba. Tenía que hacerlo. Estábamos destinados.
Este año, no podía soportar verlo sufrir solo. Había llegado, decidida a compartir su penitencia, a demostrar mi amor inquebrantable y convencer a su rígida familia de que nuestro vínculo era más fuerte que cualquier superstición. Me deslicé en las sombras de la capilla familiar, con el corazón latiendo con fuerza, justo cuando la matriarca colocó la baraja de cartas ante él.
Cerró los ojos, respiró hondo y sacó una.
Mi corazón dio un vuelco. La carta, incluso desde la distancia, brillaba con una luz dorada. El rostro severo de la matriarca se suavizó, una leve sonrisa tocando sus labios. Era la de la fortuna. Por fin éramos libres. Una ola de alivio me invadió, tan potente que casi me dobló las rodillas.
Entonces, la mano de Alejandro, tan familiar, tan amada, se movió con un sutil y practicado movimiento. La carta dorada desapareció, reemplazada por una opaca y sombría. La carta de la "Desgracia". Se me cortó la respiración. No pude emitir ningún sonido. Todo mi cuerpo se congeló, cada músculo bloqueado, mi mente un lienzo en blanco, aterrorizado.
Asintió gravemente a la matriarca, una imagen de solemne resignación.
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