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Creí que había encontrado mi final de cuento de hadas cuando me casé con Damián Rivas, el encantador heredero de un imperio tecnológico. Pero un accidente automovilístico el día de nuestra boda le provocó amnesia, y su familia lo usó como excusa para borrarme de su vida. Durante cinco años, vi cómo otra mujer, Casandra, tomaba mi lugar, soportando su crueldad mientras me aferraba a la esperanza de que mi esposo todavía estuviera ahí, en algún lugar.
Entonces lo escuché hablando con su padre.
Se rio, llamando a su amnesia la "mejor actuación de mi vida". Admitió que toda nuestra relación fue una mentira, una forma de expiar el papel de su familia en la muerte de mis padres.
En ese mismo instante, su nueva prometida anunció que estaba embarazada.
Mi amor no solo fue olvidado; fue una broma. Él había orquestado cinco años de mi tormento, desde el asesinato de mi perro hasta la pérdida de nuestro hijo no nacido.
Pensó que me había destrozado. Se equivocó.
Años después, he reconstruido mi vida. Y esta noche, en una transmisión de noticias en vivo con el mundo entero observando, voy a exponer hasta el último de sus pecados y reduciré su imperio a cenizas.
Capítulo 1
Punto de vista de Brisa Méndez:
Dicen que el amor es ciego.
El mío no solo fue ciego; fue una herida autoinfligida, un abismo al que me lancé voluntariamente, solo para encontrarme en el fondo, hambrienta y olvidada.
El día que me casé con Damián Rivas, pensé que por fin había encontrado mi cuento de hadas. En cambio, encontré una pesadilla.
Una que viví durante cinco años, viéndolo olvidarme, viendo a su familia borrarme y viendo a otra mujer tomar mi lugar.
Todo mientras el hombre que amaba orquestaba mi tormento desde las sombras.
Nuestra historia de amor fue un torbellino, del tipo que escriben en los libros para poner celosas a otras mujeres.
Damián, el encantador heredero de RivasTech, me persiguió con un fervor implacable que me arrebató el aliento. Me colmó de regalos, susurró promesas de un para siempre y me hizo creer que yo era la única mujer en el mundo.
Movió montañas por mí, o eso parecía, demostrando su devoción con una intensidad feroz, casi desesperada, que me emocionaba.
Dijo que no podía vivir sin mí, que yo era su oxígeno, su razón de ser.
Sabía que la familia Rivas se oponía a nuestra unión, su desdén era una corriente helada y constante.
Pero Damián juró protegerme, enfrentarse a todos ellos. Prometió liberarse de su jaula dorada, construir una vida donde su influencia no pudiera tocarnos.
Yo escuché, yo creí.
Y soporté el desprecio silencioso, los comentarios mordaces, los desprecios descarados de sus padres, Carlos y Enriqueta. Por él, me tragué mi orgullo, día tras día, año tras año.
Me arrastró a su mundo, un universo de jets privados, fincas enormes y tratos susurrados.
Yo, Brisa Méndez, del lado equivocado de la ciudad, me encontré deslumbrando bajo sus reflectores.
Me presentó a su círculo de élite, desafiándolos a juzgar, con su mano siempre firme en la parte baja de mi espalda, una posesión declarada. Me convenció de que su desaprobación no importaba, que nuestro amor era una fuerza lo suficientemente fuerte como para conquistarlo todo.
Su insistencia creció hasta un punto febril.
Me propuso matrimonio no una, ni dos, sino una docena de veces, cada propuesta más grandiosa y pública que la anterior. Llenó el Zócalo con mis fotos, compró una página completa en *El Universal* declarando su amor, e incluso fletó un dirigible con un "¿Cásate conmigo, Brisa?" estampado en el cielo.
Me resistí, recelosa de la intensidad, pero su persistencia fue un maremoto.
Finalmente, dije que sí, con el corazón rebosante de una esperanza que no sabía que era posible.
Llegó el día de la boda, una neblina de encaje blanco, susurros emocionados y el aroma de mil rosas. Era todo lo que siempre había soñado, y más.
Pero mientras caminaba hacia el altar, con una sonrisa radiante en el rostro, un chirrido metálico y agudo rasgó el aire.
Un estruendo ensordecedor.
El mundo se inclinó y luego se sumió en el caos.
Desperté en una habitación blanca y estéril, el aire denso con olor a antiséptico. Me palpitaba la cabeza, me dolía el cuerpo, pero mi primer pensamiento fue Damián.
Las enfermeras, con rostros sombríos, me contaron sobre el accidente automovilístico. Un conductor ebrio se había desviado hacia nuestra caravana momentos antes de que llegáramos a la iglesia.
Damián estaba vivo, pero apenas. Tenía una lesión cerebral traumática.
Días después, cuando finalmente lo vi, sus ojos estaban vacíos. Me miró, y luego a través de mí.
—¿Quién eres? —preguntó, su voz plana, desprovista de reconocimiento.
La amnesia me lo había robado. Me había robado de él.
Cada recuerdo compartido, cada secreto susurrado, cada gran gesto... desaparecido.
Borrado.
La familia Rivas descendió como buitres, sus rostros tensos con una mezcla de dolor y un triunfo apenas disimulado.
—Todo esto es tu culpa, Brisa —siseó Enriqueta, su voz un susurro venenoso—. Siempre fuiste un desastre. Una cazafortunas. Ahora mira lo que has hecho.
Me culparon de todo, del accidente, de la condición de Damián, de atreverme a existir en su mundo.
Me prohibieron la entrada a su habitación del hospital, y luego a la hacienda familiar.
—Necesita estabilidad, no tu drama —declaró Carlos, sus palabras una sentencia de muerte—. Necesita sanar.
Y sanar, a sus ojos, significaba borrar todo rastro de mí.
Yo era una paria, un fantasma que rondaba los bordes de una vida que una vez fue mía.
Entonces apareció Casandra Macías.
Rubia, hermosa, impecablemente vestida y de una dinastía farmacéutica que rivalizaba con los Rivas. Ella era la elegida, la "prometida socialmente aprobada".
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