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El amor es uno de los sentimientos que ha llevado a la humanidad a su apogeo; ha inspirado las pinturas más hermosas, las esculturas más vivas, las canciones más conmovedoras, básicamente toda clase de demostraciones que reflejan la pureza de un corazón enamorado.
Dado que el amor se encuentra en el peldaño más alto de los alimentos necesarios para nutrir el alma, cualquiera pensaría que es inherente a las personas, y que todos anhelan experimentarlo en su estado más puro.
Sin embargo, hay ocasiones en que las personas deciden encontrarse a sí mismas antes de buscar la felicidad en alguien más. En estos casos, el amor deja de ser un objetivo que se vislumbra en el horizonte y se convierte en una semilla enterrada en el rincón más profundo del corazón, la cual esperará pacientemente a que alguien más la riegue y crecerá discretamente hasta alcanzar el cielo.
En Inglasia, o para ser más específicos, en la calle Palacios de Kensingston, se encuentran algunas de las residencias más caras del planeta. Se trata de una zona tan exclusiva, que solo los vehículos de los residentes tienen permitido circular por ahí; ciclistas y peatones pueden pasar libremente, aunque deben ser muy cuidadosos, ya que cualquier desfiguro o el más mínimo daño podría costarles el salario de todas sus vidas, o incluso su libertad.
En una de las residencias más grandes, estaba a punto de desatarse una tormenta de lamentos y maldiciones, pero estos dramas eran tan comúnes, que parecían haberse convertido en una de las tradiciones de la familia Granth.
"Sr. Granth, disculpe que lo interrumpa, pero su hija... su hija...", una de las criadas de repente entró en la habitación que ocupaba Frederick Granth, el actual líder de la familia. Esta alcoba, como todas las demás que había en la residencia, era un agaso visual para cualquiera que no estuviera familiarizado con las decoraciones ostentosas y los espacios exageradamente amplios; pinturas antiguas de artistas célebres colgando por todas partes, las paredes con grabados únicos y hechos con los materiales de la más alta calidad, un candelabro que abarcaba gran parte del techo, muebles antiguos y refinados que seguramente valían lo mismo que varias casas. Este lugar definitivamente haría palidecer a cualquier museo.
Acostado en una cama de sábanas oscuras y un toldo de casi 5 metros, Frederick Granth abrió los ojos de golpe y se reincorporó violentamente; afortunadamente, ese día el hombre no estaba disfrutando de la compañía de alguna fémina, ya que de haber sido así, habría arremetido con todo lo que hubiera a su alrededor.
"Gabriela, ¡por el amor de Dios! Tengo una terrible resaca. ¡Se supone que hoy dormiría todo el día! ¿Por qué no fuiste con su madre? Sé que puede ser muy confuso para ti trabajar en un lugar tan grande, ¡pero todos vivimos en la misma casa! ¡Ve y búscala!".
La criada llevaba poco tiempo trabajando para los Granth, pero gracias a los consejos de las demás personas que servían en la casa, estaba al tanto de lo problemática que era esta familia. En el caso de Frederick, un hombre que tenía alrededor de 60 años, su mayor debilidad eran las fiestas y las mujeres. Sí, él estaba, felizmente casado con la madre de sus dos hijos, pero cuando la gente tiene mucho dinero, las dimensiones y contextos de sus acciones se distorsionan y se vuelven incomprensibles para las personas comunes.
Tragando saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta, Gabriela le respondió: "Lo sé, Sr. Granth, disculpe, pero su esposa salió desde muy temprano de compras y no ha regresado desde entonces. Tampoco podía acudir con su hijo, ya que hoy sale en un viaje de negocios y pidió no ser interrumpido. Usted es el único con el que podemos acudir".
Fulminando a la criada con la mirada y teniendo que suspirar profundamente para aliviar la ira que lo inundaba, Frederick volvió a acostarse y refunfuñó: "Maldita sea, esta gente no para de dar molestias. Uno solo quiere descansar pero los demás confabulan para perturbar mi sueño. Gabriela, no me importa que mi querida esposa haya ido de compras por enésima vez, o que mi querido hijo esté trabajando arduamente, ¡yo no iré por Vanessa! Si esa chica volvió a meterse en problemas, su hermano tiene que encargarse de ello. Esa bravucona ya ni si quiera me escucha, y mucho menos a su madre. ¡Estoy harto! Anda, dile a los demás que no vengan a verme a menos que yo se los pida. ¡Largo de aquí!".
El hombre habló con tal firmeza, que la criada no tuvo más remedio que salir de la habitación a toda prisa. Sintiéndose muy afligida y jugando con sus manos nerviosamente, ella acudió con Carolina, el ama de llaves, para informarle sobre las órdenes del Sr. Granth.
Gabriela ya había sido advertida sobre lo tortuosa que podría ser su estancia en la majestuosa residencia de la familia Granth, la cual lucía como un palacio por fuera, pero lo que sucedía en su interior la convertía en un calabozo de pesadilla; todos los miembros de esta familia parecían adorar los conflictos, y el único que poseía un carácter agradable, rara vez se le veía en casa...
Uno no podría esperar mucho de un bar llamado 'El Cerdo Bonachón', pero dadas las condiciones del barrio donde se encontraba ubicado, además de la precaria vida de los habitantes, el nombre era lo de menos; poder tomar algunos tragos libremente y pasar un buen rato con los amigos era más que suficiente. Roído por el paso del tiempo y por el poco interés por mantenerlo presentable, este bar no era tan popular entre los de su tipo; con la gente cada vez más interesada en un estilo de vida ostentoso, un lugar así no poseía el aspecto que se requería
para tomar una foto y subirla a las redes sociales.
En uno de los ríncones del establecimiento, se encontraban los baños, los cuales no necesitaban de un letrero para ser ubicados, ya que cualquiera podría llegar allí siguiendo el particular aroma que emanaba de ellos.
"Caballero, ¡debería mejorar su puntería! Acabo de limpiar debajo de ese mingitorio y usted lo está llenando de orina. No creo que su miembro sea tan grande como para no poder mantenerlo fijo en un maldito orificio. ¿Acaso hace lo mismo con las mujeres? ¿Por lo menos ha estado con una mujer?", una joven que tenía alrededor de 20 años reprendió de manera burlona a unos de los clientes del bar.
Ella llevaba en la mano un trapeador viejo y sus pies estaban protegidos por unas botas de hule que parecían estar en los últimos días de su vida funcional. Su cabello oscuro cuidadosamente cortado a la altura del cuello, junto con los rasgos finos que predominaban en su rostro, hacían que todos los clientes quedaran perplejos ante esta chica; la ropa que llevaba puesta y su peculiar lenguaje eran las únicas cosas que justificaban su presencia en este lugar.
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