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El mundo veía a Damián, mi esposo, como un héroe desdichado que estaba atado a mí por honor, mientras su corazón le pertenecía a su novia de la adolescencia, Carla. Como yo también lo creía así, decidí soportar el dolor por su bien.
En nuestro aniversario, llegó a casa con ella. No solo ignoró la cena especial que le había preparado; jaló el mantel y tiró todos los platillos al suelo, provocando un estruendo ensordecedor de cristal y porcelana.
Luego, me estampó contra la pared, y me besó de una forma brutal. Una vez que terminó, susurró que lastimarme era su forma de torturar a Carla.
Así era nuestra vida juntos. Le regaló a ella una réplica del recuerdo más preciado que tenía de mi difunta madre. En el aniversario de la muerte de nuestro primer bebé, me abandonó en mi duelo para ir a consolar a Carla, porque su gato se había muerto. Cuando regresó, arrojó al fuego los zapatitos que había tejido para nuestro hijo.
Posteriormente tuve otro embarazo fallido, pero de mellizos. Mientras aún me encontraba en el hospital, me abandonó para ir a jugar tenis con ella porque estaba aburrida.
La gota que derramó el vaso fue cuando Carla dejó que el viento se llevara las cenizas de nuestros bebés. A pesar de que Damián vio mi dolor y oyó mis gritos, la defendió.
"El daño accidental no es un delito", me dijo.
En ese instante, la mujer que él conocía como Jimena murió. Tomé las pastillas que la borrarían para siempre, permitiéndome a mí, Iris, tomar el control.
Capítulo 1
El mundo creía que Damián Ferrer, el extraordinario CEO del Corporativo Ferrer, era un hombre atrapado en un matrimonio mal avenido.
Las columnas de chismes y las revistas de sociales pintaban un cuadro muy claro: un hombre atado por honor a Jimena, su esposa, una mujer dulce y discreta, mientras su corazón en realidad le pertenecía a su exnovia de la adolescencia, la apasionada y orgullosa Carla Montes. Consideraban que se trataba de una historia de deber, que hizo a un lado un amor verdadero.
La gente decía que Damián era un caballero que protegía a su frágil esposa de las duras realidades de su mundo, mientras cortejaba públicamente a Carla en una grandiosa y dolorosa exhibición de lo que pudo haber sido y no fue.
Yo, Jimena, también lo creía así.
Creía en la historia que mi esposo había construido con tanto esmero para todos, incluyéndome a mí. Yo era la esposa callada y sumisa a la que estaba atado, y lo entendía... Tenía que hacerlo.
Su amor por Carla era una herida de la juventud que tenía que sanar. Y si mi dolor era el precio por su paz, estaba dispuesta a pagarlo. Así de intenso era mi amor por él.
En nuestro aniversario, preparé con esmero su platillo favorito. El aroma del filete miñón llenaba nuestra mansión moderna y sobria. La mesa estaba puesta con la cristalería que solo usábamos en ocasiones especiales.
Esperé pacientemente a que volviera. El reloj de pared marcó las siete, luego las ocho, luego las nueve... Mi esperanza se desvanecía con cada hora que pasaba, mientras la comida se enfriaba sobre la mesa.
De pronto, la puerta principal por fin se abrió.
Un instante después, Damián entró, con su impecable traje carísimo y una expresión de fría indiferencia. Ni siquiera miró la mesa del comedor. Pasó de largo, dirigiéndose a las escaleras.
De repente, Carla apareció detrás de él, esbozando una sonrisa triunfante. Se recargó en el marco de la puerta, con su vestido rojo que era una como cuchillada de color en el pasillo monocromático. "¡Guau, Damián! Eso estuvo muy divertido. Tú sí que sabes cómo consentir a una chica", dijo en tono burlón.
Mi corazón se encogió al oír eso. Ese día era nuestro aniversario, y mi esposo salió a cenar con ella.
De pronto, Damián se detuvo en las escaleras y se giró. Miró a Carla, y luego a mí. Al final, sus ojos se posaron en la mesa meticulosamente puesta. Un destello de algo, fastidio, tal vez, cruzó su rostro antes de que pudiera disimularlo.
Entonces, comenzó a bajar las escaleras. Cada paso era deliberado y amenazante. Cuando llegó a la mesa del comedor, agarró el mantel con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Acto seguido, tiró de él con un ímpetu furioso. Copas de cristal, platos de porcelana y toda la cena de aniversario se estrellaron contra el suelo en un estruendo ensordecedor. Salpicaduras de salsa y vino mancharon el mármol blanco.
Me encogí, al mismo tiempo que un pequeño jadeo se escapaba de mis labios.
El rostro de Damián estaba distorsionado por una furia que parecía surgir de la nada. Era como una tormenta aterradora y violenta. Caminó hacia mí; los vidrios rotos crujían bajo sus zapatos. Me agarró del brazo con tanta fuerza que sentía como si sus manos fueran de hierro.
"¿Por qué?", siseó con una voz baja y temblorosa que me aterrorizó más que cualquier grito. "¿Por qué siempre tienes que hacer estas cosas? ¿Por qué insistes en recordarme algo que quiero olvidar?".
No podía hablar porque mi garganta se sentía apretada por el miedo y las lágrimas contenidas.
Carla observaba desde la puerta, con los brazos cruzados, mientras su sonrisa burlona se ensanchaba. No dijo ni una palabra, solo disfrutaba del espectáculo. Luego de dirigirme un último vistazo despectivo, se dio la vuelta y se fue. Sus tacones resonaban elegantemente en el pavimento. Ahora, su trabajo estaba hecho.
La furia de Damián no disminuyó. Me acercó a él, hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo. Con su otra mano me sujetó la mandíbula, pero sin el menor rastro de ternura. Más bien era un castigo.
Entonces, me besó de una forma brutal; fue una violación. Pude percibir un sabor a vino caro y a las amargas cenizas de mi esperanza. Era un beso destinado a herir y a humillar.
"¿Ya entendiste? Esto es lo que te ganas por insistir. Así es como la torturo a ella; mostrándole todo lo que no puede tener, y tú sí", susurró contra mis labios amoratados. Su aliento era caliente y apestaba a alcohol.
Sus palabras no tenían sentido. ¿Me lastimaba para torturar a esa mujer?
Al día siguiente, los titulares estaban llenos de fotos de Damián y Carla en una subasta de caridad. Él le había comprado un collar sumamente caro, el cual le colocó alrededor del cuello para que todas las cámaras lo vieran. El pie de foto decía: "El amor inquebrantable del CEO Damián Ferrer".
Me encontraba sentada en el consultorio del médico, sintiendo que las estériles paredes blancas me asfixiaban. Tratando de lucir tranquila, acepté la receta y un frasquito naranja con pequeñas pastillas blancas.
"Señora Ferrer, este es un tratamiento experimental. Está diseñado para ayudarla a manejar los episodios disociativos, e integrar... o en su caso, para facilitar una transferencia permanente del control ejecutivo", me explicó el psiquiatra.
"Entiendo, doctor", contesté con voz tranquila. Yo sabía perfectamente que el objetivo no era la integración. En realidad, era para que "Jimena" desapareciera para siempre y que Iris pudiera vivir.
Esa era mi única salida. Esa noche, Damián llegó a casa no con una disculpa, sino con una caja, en la cual había una cajita musical personalizada; una réplica de la que mi difunta madre me había regalado. La que él sabía que yo atesoraba por encima de todo.
"El cumpleaños de Carla es la próxima semana. Siempre le gustó la caja musical de tu madre, así que mandé a hacer una réplica para ella", dijo, sin mirarme.
Estaba sacrificando el recuerdo de mi madre por Carla. Tomó mi objeto más preciado para darle una copia a ella.
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