/0/21155/coverorgin.jpg?v=88321958d5dd60cb669e9951e69de660&imageMogr2/format/webp)
Mi nombre es Nadia.
A los veintitrés años, ya era la Luna de la Manada Sangre Roja y llevaba tres años de casada con Alonso. Incluso si no hubiéramos sido compañeros predestinados, mi trabajo en beneficio de la manada podría haber sido calificado como sobresaliente. Era la mejor en lo que hacía, en la comunidad del Alfa nunca se había visto una Luna más involucrada y altruista.
Así que estar en esa posición en ese momento me tenía completamente confundida. Tenía que estar soñando o, mejor dicho, protagonizando una pesadilla, la situación en la que me encontraba no podía ser real.
"¿Por qué lo hiciste, maldita?", preguntó mi gamma. Me había golpeado tanto que terminé en el piso recibiendo un latigazo tras otro. "Oh, Diosa mía. Por favor, necesito una respuesta. Necesito saber", suplicaba para mis adentros. ¿De qué diablos me acusaban?
Levanté la cabeza y miré fijo a los ojos de mi verdugo. Yo lo conocía y él a mí, mi gamma sabía que era su Luna. Habíamos crecido juntos, y me había hecho un juramento hacía tres años; sin embargo, en ese momento, me azotaba como si fuera una criminal.
"¿Por qué me golpeas?", le pregunté sin perder la dignidad.
"Te hice una pregunta, Eric", insistí, sosteniendo el peso del cuerpo en los brazos mientras permanecía arrodillada en el suelo de la celda.
"¿Qué hice para que me traten así?".
Eric me miró furioso.
"¡Sabes lo que has hecho!". De la nada impactó otro latigazo en mi espalda, este me desgarró la piel.
"Katie.", le susurré a mi loba, y dejé caer la cabeza entre mis brazos hasta golpear el suelo.
"Katie, me duele mucho.". Las lágrimas me comenzaron a correr por las mejillas y, aunque intenté resistir y ser valiente, no pude más y me dejé caer por completo en el suelo.
"¿Puedes ayudarme, Katie? ¿Puedes curarme?", le pedí a mi loba.
"Eso quisiera, Nadia", gimió dolorida, "pero no puedo hacerlo, estoy demasiado débil. Hace horas que no para de golpearnos". Podía escuchar sus aullidos, ella le pedía ayuda a los dioses. ¿Dónde estaba mi Diosa en ese momento? No merecía tanto padecimiento.
"Por favor", susurré e intenté levantar la cabeza otra vez.
"¿Qué pasa, Eric? Lo que sea que suceda, debes saber que es solo un malentendido". Apoyé la cabeza en el suelo para girar y hablarle.
"¡Nos engañaste, maldita!", gruñó Eric. "Nos hiciste creer que eras una buena mujer, pero eres malintencionada y no tienes corazón". Acto seguido, levantó el brazo y me volvió a golpear.
Sabía que no podría escapar, me había dado acónito para debilitarme y así someterme. Estaba desarmada y no tenía escapatoria.
"Te lo juro, Eric. No tengo idea de qué estás hablando.", murmuré sin fuerzas.
"Entonces, ¿cómo es que el cachorro está muerto, eh?", Eric replicó, y me abofeteó con saña. "¿Cómo es que perdimos a nuestro pequeño Alfa, eh?".
¡¿Qué?! ¿Qué pequeño Alfa? ¿Quién había muerto?
"¡No me mires como si no tuvieras idea de lo que está pasando, maldita!", me acusó, y me pegó una vez más. "¡Mataste al bebé de Laura, el heredero de nuestra manada!".
¿El cachorro que esperaba Laura estaba muerto?
"¡Yo no lo hice!", grité con la poca fuerza que me quedaba, jamás habría hecho algo así.
"¡No la toqué! ¡No es culpa mía si ella abortó a su cachorro!", me defendí, comenzaba a sentir palpitaciones.
Cualquiera podría pensar que el cachorro de otra mujer, el cual se convertiría en heredero de la manada, representaría un conflicto. Lo digo porque yo era la Luna y la esposa legal de Alonso Pacheco, el Alfa de la Manada Sangre Roja. Pero para entenderlo había que meterse un poco más en el tema.
Si bien yo era su Luna, era estéril. Durante tres años, lo único que mi marido había querido era tener un heredero, y yo no se lo había logrado dar.
No tenía idea de por qué la Diosa de la Luna me había privado de esa posibilidad, pero así lo había querido.
¿Pero por qué me acusaban de matar a ese cachorro? Yo no tenía nada que ver con esa desgracia.
"¡Deja de mirarme de esa forma!", Eric gruñó de repente, y yo volví a prestarle atención. "¡Deja de mirarme como si fueras inocente!".
Cerré los ojos horrorizada al ver que dirigía el látigo una vez más hacia mí; pero antes de que me tocara, la puerta se abrió, y escuché un fuerte rugido.
"¿Pero qué ca*rajo hiciste, Eric?".
"Lo que me dijeron, que la hiciera pagar por sus crímenes", contestó Eric. Pablo Nicolás, nuestro Beta, se precipitó hacia nosotros y lo alejó de mí. Yo tenía tanta sangre en el rostro que apenas podía ver a Eric, pero sí pude sentir que caía al suelo cerca de mí.
De repente, sentí el olor de Alonso. Él estaba allí, confiaba en que me creería. Él me conocía, sabía que yo era incapaz de hacer algo como lo que Eric decía, yo sabía que mi Alfa me amaba.
Justo cuando intenté mirarlo, Pablo le gruñó a Eric: "¿Quién di*blos te crees que eres para castigarla? Ella merece un juicio, hasta entonces, nadie podrá decir si es culpable o no". Pablo se arrodilló y observó mis heridas.
"¡Sal de aquí, Eric, y no vuelvas a aparecer o te estrangularé por maltratar a tu Luna!", le ordenó a continuación.
"¡Ella ya no es mi Luna!", Eric replicó, obedeció las órdenes y salió de la celda; me quedé sola con Alonso y Pablo. Esperaba que mi marido se pronunciara a mi favor, pero no lo hacía.
"¿Qué has hecho, Nadia?", susurró Pablo mirándome con tristeza.
"Yo... no hice nada", balbuceé. Intenté mirarlo a los ojos, pero estaba demasiado débil. Giré la cara hacia Alonso y traté de alcanzar su mirada; él me observaba con odio.
"Alonso...", susurré.
"Laura dice que fuiste tú". Me quedé helada ante el comentario de Pablo, que había suavizado el tono en el que se dirigía hacia mí. "Todo está en tu contra, Nadia".
Miré a Alonso, no podía creer que no me creyera, que no confiara en mí, yo acababa de enterarme de lo que había pasado con el cachorro de Laura. ¿Cómo podía demostrarles que no había tenido nada que ver?
¿Quién podría defenderme?
¡Rosa!
Seguro que mi Omega sabía que yo no había estado con Laura; de hecho, habíamos estado juntas todo el tiempo, así que supuse que ella podía ayudarme. Ella era mi única esperanza.
"Alonso". Levanté la vista y lo miré a los ojos. "Por favor, habla con Rosa Herrera, ella sabe que yo no lo hice. Es mi sirvienta, está siempre conmigo. Te dirá la verdad, yo soy incapaz de tocar a un cachorro inocente. Alonso, no soy ese tipo de persona". Rompí a llorar de nuevo. "¡Yo no lo hice!", grité desesperada ante la locura de la que se me acusaba.
/0/16239/coverorgin.jpg?v=d045db3cdf412b18eeb5e7e983fe601e&imageMogr2/format/webp)
/0/5812/coverorgin.jpg?v=698e3ce273fab7244e34a785ae8b9a5c&imageMogr2/format/webp)
/0/9610/coverorgin.jpg?v=20250114112648&imageMogr2/format/webp)
/0/6226/coverorgin.jpg?v=6ac27008ce5280ec7345845d22eff1a7&imageMogr2/format/webp)
/0/436/coverorgin.jpg?v=a3f1ac51a4dbf01b365a07fdea749a5e&imageMogr2/format/webp)
/0/14880/coverorgin.jpg?v=0f5845f2d6c59e01ff0dd86fdb0e4f14&imageMogr2/format/webp)
/0/11823/coverorgin.jpg?v=c2d20dfb6b65339c1b278eb30952d29b&imageMogr2/format/webp)
/0/17683/coverorgin.jpg?v=db36942eb025d292064a936e53a78f94&imageMogr2/format/webp)
/0/18326/coverorgin.jpg?v=b46925ca72148f3a4362ef0c6e63d903&imageMogr2/format/webp)
/0/18142/coverorgin.jpg?v=054c56c33b8a21edb16a7188d2d35c0e&imageMogr2/format/webp)
/0/16149/coverorgin.jpg?v=9fda274e7d2a74957f169ebf3018da8a&imageMogr2/format/webp)
/0/17229/coverorgin.jpg?v=8acfbf6c0add374bef1fc805c1abdb53&imageMogr2/format/webp)
/0/3185/coverorgin.jpg?v=9655e1f4dd901627f58b1a4320e31514&imageMogr2/format/webp)
/0/18879/coverorgin.jpg?v=342d49e6e88c5ea3085c77363f1696db&imageMogr2/format/webp)
/0/19760/coverorgin.jpg?v=88ca4aa5e56666e39aa719c03cfafe9e&imageMogr2/format/webp)
/0/20645/coverorgin.jpg?v=352f380dc358cb88c3d3d61cabb36932&imageMogr2/format/webp)
/0/17297/coverorgin.jpg?v=20fc226d46ed4d843b2c5dfc888bad2f&imageMogr2/format/webp)
/0/12866/coverorgin.jpg?v=c6f848840c271ebefda08d51c1a96768&imageMogr2/format/webp)
/0/11433/coverorgin.jpg?v=0cb793519028474ff9a128a678a91511&imageMogr2/format/webp)