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Después de tres años en la cárcel por un asesinato que no cometí, mi esposo, Alejandro, me esperaba en las puertas del penal. Él era el cónyuge perfecto y devoto que me apoyó en todo, prometiéndome un nuevo comienzo.
Pero cuando abrió la puerta de nuestra casa, mi nuevo comienzo se acabó. De pie en el vestíbulo estaba Katerina, la amante por cuyo asesinato me condenaron.
—Ahora vive aquí, Alondra —dijo, sin siquiera mirarme.
Me lo confesó todo. Los tres años que pasé en el infierno no fueron un error; fueron una "lección" para enseñarme a no cuestionarlo. Me había dejado pudrirme en una jaula mientras él construía una vida con la mujer que me puso allí.
Luego, me echó de la casa que yo misma ayudé a diseñar.
El hombre que amaba no solo me había engañado. Había sacrificado mi libertad, mi cordura y mi vida solo para ponerme en mi lugar. La traición fue tan absoluta que rompió algo profundo dentro de mí. La mujer que salió de la cárcel esa mañana ya estaba muerta.
En la habitación de un motel de mala muerte, le susurré a la otra persona que mi mente había creado para sobrevivir al trauma: "Ya no puedo más. Te puedes quedar con esta vida. Solo... haz que paguen".
Cuando volví a mirarme en el espejo, el reflejo que me devolvía la mirada no era yo.
—No te preocupes —dijo una nueva voz—. Mi nombre es Aja.
Capítulo 1
El mundo los llamaba la pareja perfecta. Alejandro Cárdenas, el genio de la tecnología, y su devota esposa, Alondra Garza. Decían que el amor de ella era la base de su imperio. Decían que la lealtad de él era la mayor recompensa para ella.
Estaban equivocados.
Durante tres años, el mundo de Alondra fue una caja de concreto. Mil noventa y cinco días en un lugar donde la brutalidad era el único idioma que se hablaba.
Él la visitaba cada semana.
Alejandro se sentaba frente a ella, su traje caro en marcado contraste con el deslucido uniforme de la prisión. Le tomaba la mano sobre la mesa fría, sus ojos llenos de una tristeza cuidadosamente ensayada.
—Lo siento tanto, mi amor —susurraba—. Estoy haciendo todo lo que puedo. Los abogados están trabajando en ello.
Le llevaba libros y noticias del mundo exterior, pintando un cuadro de una vida que la esperaba, una vida que él estaba preservando fielmente. Él era el esposo afligido, apoyando a su esposa injustamente condenada.
Y Alondra le creía. Se aferraba a sus palabras como una náufraga a un trozo de madera.
La condena fue por asesinato. O, oficialmente, homicidio imprudencial. La víctima era Katerina Montes, la amante de Alejandro. La historia que la policía creyó fue que Alondra, en un ataque de celos, se había enfrentado a Katerina al borde de un acantilado en La Huasteca. Hubo un forcejeo. Katerina cayó.
Su cuerpo nunca fue encontrado, arrastrado por el furioso río Santa Catarina.
El recuerdo de Alondra de ese día era una neblina de pánico y la risa burlona de Katerina. Recordaba haber intentado jalar a Katerina hacia atrás, no empujarla. Pero la evidencia, un mensaje de WhatsApp de Katerina a una amiga diciendo que temía por su vida, fue suficiente.
"Voy a ver a Alondra", decía el mensaje. "Descubrió lo nuestro. Tengo miedo".
Alejandro se había enfurecido con ella. No por el presunto asesinato, sino por haber descubierto su aventura en primer lugar.
—Deberías haberte mantenido al margen —le había siseado en la sala de interrogatorios, su máscara de esposo amoroso resbalando por un instante—. Esto es tu culpa.
Esas palabras resonaban en los oscuros rincones de su celda, más fuertes que los gritos de las otras reclusas. Sus tres años fueron una pesadilla viviente. Los guardias se hacían de la vista gorda. Las otras mujeres la veían como un blanco frágil y fácil. Aprendió a hacerse pequeña, a volverse invisible, pero las cicatrices físicas y mentales se acumulaban, una sobre otra.
Entonces, en una mañana gris de martes, sucedió lo inimaginable. Una nueva reclusa, trasladada desde otro estado, vio la foto de Alondra en un recorte de periódico descolorido clavado en un tablón de anuncios.
—Oye, yo la conozco —dijo la reclusa, señalando la foto de Katerina—. No está muerta. La vi hace unos meses en un casino en Cancún. Ahora se hace llamar Carmen.
Las autoridades penitenciarias investigaron. Fue un proceso lento y agotador, pero la verdad era innegable. Katerina Montes estaba viva.
El día que el director del penal le dijo a Alondra que era libre, el mundo se tambaleó. Salió por las puertas de la prisión, parpadeando bajo la luz del sol desconocida. El aire, fresco y limpio, se sentía extraño en sus pulmones.
Respiró hondo, una primera probada simbólica de libertad.
Alejandro la esperaba, apoyado en su elegante camioneta negra. Se veía exactamente igual, guapo e imponente. Abrió los brazos y ella cayó en ellos, su cuerpo temblando con una mezcla de alivio y agotamiento.
—Se acabó, nena —murmuró en su cabello—. Estás en casa.
El viaje de regreso a su casa fue silencioso. La ciudad había cambiado. Nuevos edificios arañaban el cielo de Monterrey. Los autos eran diferentes. Se sentía como un fantasma, una reliquia de otro tiempo.
Todo lo que quería era ir a casa. A su cama. Empezar a olvidar.
—Solo quiero cerrar los ojos y fingir que los últimos tres años nunca sucedieron —susurró, con la voz ronca.
—Lo haremos —prometió él, apretando su mano—. Un nuevo comienzo.
Entró en el largo y sinuoso camino de entrada de su moderna mansión en San Pedro, una casa que ella había ayudado a diseñar. Apagó el motor y se volvió hacia ella, con una extraña expresión en el rostro.
—Hay algo que necesitas saber, Alondra.
Su estómago se contrajo.
La condujo a la puerta principal, con la mano en la parte baja de su espalda. En el momento en que la abrió, su nuevo comienzo terminó.
De pie en medio de su vestíbulo con piso de mármol, como si fuera la dueña del lugar, estaba Katerina Montes.
Estaba viva. Estaba aquí.
Una ola de náuseas invadió a Alondra. Sus rodillas se debilitaron. El suelo pulido pareció precipitarse hacia ella. El aire era espeso, imposible de respirar.
Era el acantilado otra vez. La sonrisa burlona. El brillo triunfante en los ojos de Katerina.
—¿Qué... —logró decir Alondra, ahogándose, retrocediendo—. ¿Qué está haciendo ella aquí?
Katerina solo sonrió, una curva lenta y cruel en sus labios.
Alondra se giró para enfrentar a su esposo, su mente gritando. —¿Alejandro, qué es esto?
Él no la miró. Miró a Katerina.
—Ahora vive aquí, Alondra.
El recuerdo la golpeó como un golpe físico. El acantilado. El viento azotando su cabello. Las burlas de Katerina.
—Él nunca me va a dejar, ¿sabes? —había espetado Katerina—. Me ama a mí. Tú solo eres... la costumbre.
—Aléjate de él —había suplicado Alondra, con la voz quebrada.
—Oblígame —la había desafiado Katerina, acercándose al borde, con una mirada salvaje en los ojos—. Él creerá cualquier cosa que yo diga.
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