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"Señor Sergioley, le aseguro que mis dos hijas son extraordinarias. Serían las esposas perfectas para sus nietos. Ya verá, una vez que los matrimonios estén arreglados, se dará cuenta de que esta es la mejor decisión que ha tomado en su vida".
Un tono que Graciela García conocía demasiado bien resonó en su mente: cálido, ansioso y descaradamente orgulloso.
Abrió los ojos de golpe y contuvo el aliento.
Se suponía que había muerto; recordaba la caída al vacío desde el decimoctavo piso, la ráfaga de viento y el impacto brutal. ¿Cómo demonios había vuelto a la mansión familiar?
El salón se extendía ante ella, impecable como siempre. La luz del sol entraba por la alta claraboya, esparciendo un calor dorado sobre los suelos relucientes. Una delicada fragancia, de jazmín o quizás de lirios, flotaba tenuemente en el aire.
De repente, todo volvió a su memoria.
Ese día marcaba la llegada de Carlos Sergioley, quien venía con una audaz propuesta: unir a sus familias mediante dos matrimonios.
Graciela había elegido al nieto menor de Carlos, Teo Sergioley, una decisión que abrió la puerta a una oscuridad que acabaría con su vida.
Sin embargo, ahora, al despertar en la familiaridad de la escena, un pensamiento helador la asaltó: ¿habría renacido?
Si el destino le ofrecía una segunda oportunidad, reescribiría cada elección. Ya no haría el ridículo; cada persona que la había lastimado pagaría hasta el último céntimo.
La familia Sergioley se mantenía indiscutible en la cima, su imperio entretejido en el tejido mismo de la ciudad.
Emparentar con ellos era un sueño que muchos se atrevían a perseguir.
Con todo, los Sergioley habían elegido a los García porque, décadas atrás, el abuelo de Graciela, Daniel García, había servido junto a Carlos en el ejército. Daniel le salvó la vida a Carlos en una ocasión y, en agradecimiento, este juró una deuda de honor: sus linajes se unirían algún día por matrimonio.
Cuando los nietos alcanzaron la mayoría de edad, los Sergioley se vieron obligados por honor a hacer una propuesta formal, sin importar el resultado.
Para entonces, la fortuna de los García había menguado, por lo que la oferta les pareció una bendición que no podían rechazar.
Una sombra cruzó los ojos de Graciela. En su vida anterior, su media hermana menor, Elena García, había sido la primera en elegir, atrapando a Sebastián Sergioley, heredero del poderoso conglomerado familiar.
Convertirse en la esposa de Sebastián significaba entrar de lleno en un mundo de lujo e influencia.
No obstante, el corazón de él ya pertenecía a otra, y casarse con una hija de los García no era más que un gesto de obediencia a los deseos familiares.
Una vez intercambiados los votos, mantuvo a Elena a distancia. En público, representaban la pareja perfecta, pero en privado sus vidas apenas se rozaban.
Demasiado orgullosa para aceptar ser segunda para nadie, Elena arremetió en secreto contra la mujer a la que él amaba de verdad, conspirando, atacando y empujándolo paso a paso hacia la tragedia. Su crueldad acabó por destrozarlo, tanto física como espiritualmente, y su propio final llegó poco después, al morir en el parto.
Graciela alzó lentamente la barbilla y posó los ojos en Teo con serena determinación.
Parpadeó, levemente sorprendido, antes de esbozar una suave sonrisa. Cada centímetro de su persona exudaba aplomo y una gracia cultivada, la imagen misma de un hombre imposible de no admirar.
Aun así, un escalofrío recorrió a Graciela mientras el miedo le helaba la espina dorsal; conocía demasiado bien la crueldad que se ocultaba tras su pulida cortesía.
Fragmentos de su vida anterior acudieron a su mente, robándole el color del rostro. Instintivamente, bajó la mirada, reacia a encontrarse con la de él.
"¿Qué le parece esto, señor García: que dejemos que las chicas elijan con quién desean casarse?". Carlos soltó una sonora carcajada.
Andrés García, el padre de Graciela, se unió con una risita fácil. "Magnífica idea".
Graciela mantuvo la cabeza gacha, clavándose las uñas en las palmas para mantenerse concentrada.
Su padre nunca rechazaría una unión con los Sergioley; ni ella ni Elena tenían voz ni voto en ello.
"¡Papá!". La voz de Elena quebró el silencio del momento. "Me decanto por Teo".
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