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Vidar era al igual que la inmensa mayoría de los habitantes de la megalópolis un mero trabajador de segunda de una de las grandes corporaciones que mantenían ocupada a la mayor parte de la sociedad. Ni demasiado alto ni demasiado bajo. Quizá un par de centímetros por encima de la media, pero nada reseñable. Tampoco se podía decir que fuese guapo o feo. Se trataba tan solo de un hombre que rondaba los treinta años.
De pelo moreno oscuro y ojos a juego como el veinte por ciento de residentes de Mayyuws Minh, pues para concebirlo en el laboratorio se había utilizado una de las cinco variedades genéticas básicas existentes. Tal vez, si se quisiese sacar algún rasgo distintivo de él, aunque este no fuera físico, podría decirse que le gustaba reír, pues era algo que hacía con frecuencia casi por cualquier razón, aunque tal característica es muy probable que tuviese su origen en alguna reacción nerviosa involuntaria a las situaciones que le hacían abandonar su zona de confort. En cualquier caso, su aspecto y personalidad allí daban igual. Solo era una inapreciable pieza más en la compleja estructura económica por la cual se regía la vida en aquel lugar. Una vida anodina basada en un interminable ciclo de descanso, trabajo y consumo que obligaba a quienes giraban en su rueda a disfrutar del día a día sin pararse a pensar demasiado en lo que les depararía el futuro, pues en aquella urbe el concepto del «mañana» no existía, solo era válido el «aquí y ahora».
En Mayyuws Minh todo el crédito tenía fecha de caducidad: veinticuatro horas para ser exactos, por lo que el fruto del trabajo debía disfrutarse de inmediato a riesgo de perder lo ganado con el esfuerzo diario. Así, allí nadie tenía posesiones ni las necesitaba, sino que la existencia estaba supeditada al inmenso catálogo de alquiler de servicios o productos perecederos que ofrecía Adrastea, la avanzada inteligencia artificial encargada de manejar los hilos que hacían que tal sistema fuese viable.
Quienes hacía poco más de medio siglo habían creado tal estructura social lo habían hecho argumentando que así se fomentaba la competitividad y el gasto. Alcanzando con ello un estatus de pleno empleo y felicidad en la sociedad. Esa idea que en su momento sobre el papel había sonado maravillosa se acabó instaurando, dando paso a una nueva era en la que lo único que importaba a sus habitantes era el continuar disfrutando del consumo de placeres individuales desmedidos.
Pero, porque como casi con todo existía un pero, dicho sistema económico que se basaba en la pura matemática económica de mantener un equilibrio entre el generar productos y consumirlos, trajo consigo un enorme retroceso en los derechos de las personas. La rutina diaria que se veían obligados a realizar todos y cada uno de los miembros de la sociedad era una suerte de pesadilla reiterativa si no fuese porque todos los sujetos habían acabado interiorizando durante su periodo de capacitación que gozaban de auténtica libertad. Cegados por los supuestos beneficios de la engañosa cultura del esfuerzo.
Se podría afirmar sin lugar a error que el desarrollo de una jornada cualquiera de Vidar era el fiel reflejo de la de cualquier otro individuo: despertar tras seis horas de descanso en una de las cápsulas individuales de letargo y esterilización. Abonar el importe de ese tiempo de reposo y abandonar las instalaciones para que los trabajadores de otros turnos de trabajo pudiesen ocuparlas. Dirigirse al puesto de trabajo y realizar allí las tareas que Adrastea hubiese dejado preparadas.
En este punto conviene hacer un inciso para aclarar que tales tareas eran asignadas por la inteligencia artificial según los tiempos medios registrados en una inmensa base de datos que se iba actualizando cada jornada, por lo que cualquier desviación notable en dichos tiempos era analizada, y si se trataba de algún error del trabajador, este quedaba grabado en su expediente por si fuese necesario reasignarlo a un nuevo puesto de trabajo más acorde con sus capacidades o, en caso de no poder hacerse, despedirle, lo que allí al negarle los ingresos diarios venía a ser una suerte de condena a morir en vida.
Al finalizar la jornada laboral se transfería de forma automática a la cuenta personal del trabajador el jornal ganado, medido por puesto de trabajo, clase y productividad. Se cambiaba el turno y comenzaba el periodo de tiempo en que los trabajadores tenían total libertad para gastar el salario en lo que gustasen: cine, música, teatro, comida, tabaco, alcohol, juegos, sexo, etc. Siempre dejando intacto el importe del alquiler de la cápsula de descanso que incluía el aseo y el atuendo para el día siguiente y así, tras agotar el saldo disponible reiniciar el ciclo.
De esta manera, en el interior de una de las cápsulas de letargo y dándose una relajante ducha de vapor comenzó el día en que Vidar perdió su puesto de trabajo y se vio arrastrado por los acontecimientos que habrían de cambiar su vida y percepción del mundo para siempre.
—Buenos días —saludó Vidar como cada día al recepcionista del rascacielos donde estaba situado su cubículo laboral y se subió a uno de los ascensores junto a otros treinta trabajadores con su exacto aspecto grisáceo y homogéneo. Se bajó en la planta cincuenta y dos, y se sentó en su silla tres minutos antes de lo estipulado en su jornada laboral, por lo que la silla aún conservaba el calor de su anterior ocupante. Conectó el ordenador y al ir a revisar sus tareas pendientes se le cayó el alma a los pies.
En lugar del listado diario de labores tenía en la bandeja de entrada de su correo electrónico un único mensaje parpadeante en el que rezaba:
«7 de marzo de 2114
Señor/a Vidar S6G8PL1
Operario clase B
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