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Stefan
No hace mucho tiempo que me mudé a la ciudad de Toronto, Canadá.
Vengo escapando de un pasado abrumador del que quería desligarme de una vez por todas, pues estuve dentro de la banda de mafia más peligrosa de todo Australia. Ni siquiera sé cómo es que yo seguía vivo, cómo es que todavía no me habían encontrado para asesinarme por haberme salido de aquella agrupación después de robarles tanto dinero. Temía que algún día me encontraran, y es por eso que durante bastante tiempo estuve en constante movimiento, de país en país, de ciudad a ciudad, intentando no ser encontrado y no dejar rastros. Hasta ahora me había funcionado, pues el contante movimiento de ciudad era un buen plan para confundir a los mafiosos. Sin embargo, después de tanto tiempo de moverme de un lado a otro, estaba agotado. Quería poder instalarme de una vez en un lugar. Quería poder tener un nuevo lugar al que llamarle hogar. Quería una vida tranquila y sin peligros.
Desde las tres de la tarde, he recorrido el centro de Toronto, un lugar lleno de locales, buscando trabajo. Necesitaba un empleo si quería quedarme. Mis ahorros no iban a durar toda la vida. Creo que dejé alrededor de trece currículums en distintos locales, con la esperanza de que alguien me llamara. El problema, es que llevaba haciendo lo mismo desde hace unos meses, y todavía no tenía suerte.
Dejé un nuevo currículum en una tienda de comidas rápidas, donde tomaron el papel sin ganas y lo dejaron dentro de un cajón lleno de otros papeles y dijeron que me llamarían si lo veían conveniente. El tema es que es lo mismo que llevaban diciéndome casi todos los locales a los que había entrado.
Caminando, aún por el centro de Toronto, noté que, en la vereda de en frente, caminaba una chica, distraída y con su celular en manos. Al parecer escribí un mensaje. A metros de ella, dos tipos encapuchados caminaban de forma sospechosa. Me quedé observando la situación, con la sensación de que algo iba a pasar. Para colmo, no había muchas personas en esta calle, por lo que sólo éramos esa chica, los dos tipos encapuchados y yo.
Noté que ambos intercambiaron mensajes entre ellos. Sin darme cuenta, ya me encontraba cruzando la calle, cerciorándome de que no le pasara nada. Pero los tipos salieron casi corriendo hacia ella de un segundo a otro. El de capucha negra empujó a la muchacha y el otro le quitó su teléfono justo antes de que ella se cayera al suelo toda sorprendida.
Sentí impotencia. Demasiada.
Y yo sé que yo no era ningún santo, porque era un ex mafioso. Pero eso que le hicieron no estuvo bien.
No pensaba en quedarme de brazos cruzados.
—¡Oye, tú! —le grité a quien le quitó su teléfono y salí corriendo detrás de él para quitárselo.
Los dos tipos corrieron rápidamente cuando me vieron perseguirlos. Me llevaban la delantera, pero no sería por mucho, pues ellos no tenían el entrenamiento de la mafia como yo lo tenía. En cuanto los agarrara, se arrepentirían de hacer lo que hicieron.
Tomé a uno de ellos de la parte trasera de su campera y lo lancé contra la pared, haciéndolo caer y quejarse del fuerte golpe. El otro tipo giró para ver qué ocurría y quiso ayudar a su amigo, atacándome. Pero terminó igual que su compañero: contra la pared y en el suelo.
Cuando se levantaron, sabía que vendría una pelea contra ellos. Sabía que querrían lastimarme. Pero podían intentarlo y ver que los que saldrían perdieron aquí, serían ellos y no yo.
Esquivé sus golpes. No mentía cuando decía que ninguno de los dos pudo llegar a darme un puñetazo. Mis reflejos eran excelentes. Tuve años de preparación física y de defensa persona en la mafia. Por más que fueran dos contra uno, no me iban a ganar.
Uno de ellos sacó su arma y me apuntó en la cabeza. El otro, se quedó al lado de quien me apuntaba, mirándome. Los dos se notaban muy jóvenes, como de mi edad.
—¡Quieto o te disparo! —Noté el nerviosismo en su voz.
Seguramente esta era la primera vez que él le apuntaba a alguien. Le sonreí y le quité el arma en un parpadeo. Los chicos me miraron con terror.
—Quiero el teléfono de esa chica ahora.
—Ni hablar —contestó el de capucha roja.
—¿Ah, no? —pregunté, con mi mirada de chico malo.
Enseguida me tendió el teléfono. Le saqué las balas a la pistola y arrojé el arma bien lejos.
—Yo no necesito un arma para acabar con ustedes. Si no quieren meterse en verderón problemas, es mejor que corran ya mismo —advertí.
Y eso fue lo que hicieron.
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