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El aire en el vestíbulo de Foster Global no era aire; era dinero condensado y refrigerado, un frío que se adhería a la piel y que Olivia Fox sentía hasta los huesos.
Las lámparas de araña sobre su cabeza parecían racimos de diamantes, y el mármol negro que se extendía bajo sus gastados botines era tan pulido que reflejaba su figura pequeña y frágil. Ella era una anomalía en ese paisaje de poder, una mota de polvo en un imperio de miles de millones de dólares.
Olivia, con su cabello rubio ceniza recogido en una cola de caballo, apretó la carpeta contra el inicio de su vientre, un gesto que se estaba volviendo inconsciente. Solo tenía tres meses, y la sutil hinchazón era apenas perceptible bajo su grueso jersey de lana, pero para ella, era un faro de la verdad. Una verdad que, si salía a la luz, podía arruinar esta última y desesperada oportunidad.
La cifra en el papel -quinientos mil dólares- era una burla, una cantidad absurda que solo un imperio como este podía desembolsar sin pestañear. Pero era la única esperanza de salvar a su madre de una cirugía que no podía esperar.
Su reloj de pulsera, un regalo de su abuela, marcó las cuatro de la tarde. La hora límite.
-La señorita Fox puede pasar- anunció la asistente personal, una mujer rubia como ella, pero con un uniforme de seda inmaculado y una voz que sonaba como el clic de un obturador de cámara. La puerta de caoba, más ancha que cualquier pared de su apartamento, se abrió a un santuario de cristal y metal.
La oficina del piso 60 no estaba diseñada para recibir visitantes; estaba diseñada para dominar. Y el hombre que dominaba ese espacio era Caín Foster.
Estaba de espaldas a ella, la silueta inmensa recortada contra el horizonte de la ciudad, que a esa hora dorada del atardecer parecía un juguete a sus pies. El traje, de un color gris oscuro y perfectamente ajustado, proclamaba riqueza sin esfuerzo. Su cabello, del mismo tono rubio claro que el de Olivia, brillaba con la luz del ventanal, pero a diferencia de ella, su aura no era de vulnerabilidad, sino de peligro controlado.
Caín no se giró de inmediato. El silencio era un arma que él blandía.
-Cierra la puerta, Olivia- su voz era baja y profunda, un tono gutural que resonó en el cristal. No fue una petición; fue una orden.
Olivia cerró la puerta con suavidad y se quedó de pie, erguida, desafiando la necesidad de encogerse.
Finalmente, Caín se giró. Sus ojos, de un azul metálico e intenso, la recorrieron de arriba abajo con una indiferencia tan absoluta que era ofensiva. En ese momento, comprendió que para él no era una mujer, ni una persona, sino un algoritmo de riesgo.
-Siéntate, Olivia. He leído el escueto informe de tu abogado. Es ridículo- dijo, haciendo un gesto a un sillón de cuero frente a su escritorio inmaculado. No había ni un solo papel fuera de lugar, ni una grieta en su fachada.
Ella se sentó, sintiendo el cuero frío bajo sus muslos.
-Sé que es una cifra grande, señor Foster. Pero he traído todos los documentos. Puedo trabajar para usted. Haré lo que sea para pagar la deuda. Necesito el dinero en menos de dos semanas.
Caín se movió, abandonando el ventanal para apoyarse en el borde de su escritorio. Su proximidad era una invasión. Ella tuvo que levantar la barbilla para mantener el contacto visual.
-Hacer lo que sea, ¿eh?- Caín sonrió, un movimiento breve que no alcanzó sus ojos. Era una expresión cruel. Tomó un sorbo de un vaso de cristal con una bebida transparente. Sus ojos se detuvieron, solo por un instante, en la curva de su vientre.
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