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Oscuridad.
Una oscuridad absoluta, pesada y asfixiante.
Lo último que Maximilian Roth recordaba era el rugido ensordecedor del motor de su yate, el olor a combustible quemado y una ola de calor abrasador lanzándolo por los aires. Ahora, solo había un abismo negro y un pitido rítmico e irritante que taladraba su cráneo.
Intentó abrir los ojos, pero una presión punzante sobre el puente de su nariz se lo impidió. Estaban vendados. Llevó sus manos instintivamente hacia su rostro, sintiendo la textura áspera de las gruesas gasas cubriendo la mitad de su cabeza.
-¿Qué... qué significa esto? -su voz, normalmente un látigo que hacía temblar a las juntas directivas de medio mundo, salió como un graznido áspero y seco.
Escuchó el sonido de pasos apresurados, el roce de suelas de goma contra un suelo pulido.
-Señor Roth, por favor, no se toque los vendajes -dijo una voz temblorosa a su derecha. Era una mujer, sonaba joven y aterrorizada.
-¡Quítenme esta basura de la cara! -exigió Maximilian, incorporándose de golpe. Un dolor agudo le atravesó las costillas, pero la adrenalina y el pánico naciente lo anularon-. ¡Enciendan las luces! ¡No veo absolutamente nada!
-Las luces están encendidas, señor -murmuró otra voz masculina, probablemente un médico, tragando saliva con tanta fuerza que se escuchó en la habitación-. Hubo una explosión. Usted sufrió un traumatismo craneoencefálico y quemaduras de segundo grado. Sus ojos... sus córneas sufrieron daños severos por el destello y los escombros.
El silencio que siguió a esas palabras fue más ensordecedor que la explosión del yate.
¿Daños? ¿Él, Maximilian Roth, el CEO que controlaba el imperio financiero más grande del país con una sola mirada, estaba ciego?
El terror, una emoción que no había sentido desde la vulnerabilidad de la infancia, se transformó rápidamente en la única otra emoción que conocía a la perfección: la ira. Una furia ciega, literal y figurativamente.
-¡Incompetentes! -rugió, lanzando su brazo derecho hacia un lado con violencia. Su mano chocó contra una bandeja de metal.
El estruendo del acero cayendo al suelo, acompañado por el sonido de instrumental médico, una jarra de agua y vasos de cristal haciéndose añicos, llenó la lujosa habitación VIP del hospital. Hubo gritos ahogados de las enfermeras, retrocediendo como si estuvieran ante una bestia salvaje.
-¡Llamen a los mejores especialistas del mundo! ¡Tráiganme a alguien que sepa hacer su maldito trabajo! -vociferó, arrancándose la vía intravenosa del dorso de la mano sin importarle el desgarro-. ¡No voy a quedarme en esta maldita oscuridad! ¡Fuera! ¡Largo todos de aquí!
Escuchó el caos de la retirada. Pasos torpes, puertas abriéndose y cerrándose a toda prisa. El todopoderoso CEO se había convertido en un monstruo herido en su cueva, y nadie quería estar cerca de sus fauces.
Nadie, excepto ella.
En medio del silencio tenso que siguió, marcado solo por su propia respiración agitada y el goteo de su propia sangre manchando las sábanas donde se había arrancado la aguja, Maximilian percibió algo más.
No era el olor a antiséptico esterilizado del hospital, ni el hedor metálico del pánico. Era un aroma sutil, fresco y embriagadoramente limpio.
Gardenias.
El sonido de unos zapatos de tacón bajo avanzando con paso firme y deliberado rompió el silencio. No había prisa ni terror en esos pasos. Alguien caminaba directamente hacia la zona de desastre que él acababa de crear.
Escuchó el tintineo de los cristales rotos siendo apilados en la bandeja con una calma exasperante.
-Dije que se largaran todos -gruñó Maximilian, apretando la tela de las sábanas con sus nudillos blancos-. ¿Acaso eres sorda además de estúpida?
Los sonidos de limpieza cesaron. Pasaron dos segundos interminables.
-No, señor Roth. No soy sorda. Y le aseguro que tampoco soy estúpida -la voz que le respondió lo descolocó por completo.
No temblaba. No vacilaba. Era una voz femenina, suave pero con una firmeza que resonaba en el pecho. Tenía una cadencia serena, un timbre aterciopelado que contrastaba violentamente con la brutalidad y el caos de la habitación.
-Entonces, ¿por qué sigues aquí respirando mi aire? -escupió él, girando la cabeza vendada hacia donde creía que provenía el sonido-. Si sabes quién soy, sabes que puedo arruinar tu miserable vida entera con una sola llamada.
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