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El frío no comenzó en sus extremidades, como los poetas y las novelas trágicas siempre habían descrito la llegada de la muerte. No. Comenzó en el centro de su pecho, como un núcleo de hielo sólido que poco a poco extendía su escarcha hacia sus pulmones, asfixiándola desde adentro. Cada vez que intentaba tomar una bocanada de aire, un ardor corrosivo le desgarraba la garganta, dejándola con un jadeo patético y sordo.
Camila tosió, un espasmo violento que sacudió su frágil cuerpo sobre las sábanas de seda de su propia cama, y el inconfundible sabor metálico de la sangre inundó su paladar.
Apenas podía abrir los ojos. La tenue luz de la lámpara de noche le resultaba cegadora, y las sombras de su lujosa habitación se retorcían como espectros burlones. Intentó mover los dedos, buscar el botón de emergencia que debía estar en la mesa de noche, pero sus músculos no respondían. Estaba paralizada, prisionera en un cuerpo que se apagaba por segundos.
-Shh, shh... ya falta poco, mi amor. No te esfuerces.
La voz era suave, casi un susurro aterciopelado. Era la voz de Julián. Su esposo. El hombre por el que había desafiado a su propia familia, por el que había renunciado a sus sueños de dirigir la corporación de sus padres para convertirse en la perfecta esposa de sociedad.
Camila sintió una mano cálida acariciar su cabello empapado en sudor frío. Un alivio efímero cruzó por su mente nublada. Él está aquí, pensó. Julián me salvará. Él siempre me salva.
Pero entonces, otra voz cortó el silencio de la habitación. Una voz femenina, aguda y teñida con una impaciencia que heló la sangre que aún le quedaba a Camila.
-¿Cuánto más va a tardar, Julián? Me dijiste que esa dosis sería suficiente para que pareciera un infarto fulminante. Si el médico llega antes de que deje de respirar, lo arruinarás todo.
Camila intentó girar la cabeza, movida por un terror súbito que eclipsó el dolor físico. Esa voz... la reconocería en cualquier lugar del mundo. Valeria. Su mejor amiga desde la infancia. La mujer a la que consideraba una hermana, su confidente, su paño de lágrimas.
-Paciencia, Val. El veneno ya está haciendo efecto -respondió Julián, y el tono de su voz había perdido todo rastro de esa dulzura que Camila amaba. Ahora sonaba calculador, frío, casi aburrido-. Mírala. Ni siquiera puede tragar. Sus riñones ya deben haber colapsado. Quince minutos, a lo sumo.
El mundo de Camila se detuvo. El dolor físico, el fuego que le devoraba las entrañas, pareció desvanecerse ante la magnitud de las palabras que acababa de escuchar.
¿Veneno? Reunió la poca fuerza de voluntad que le quedaba y obligó a sus párpados a abrirse. A través de la visión borrosa, las figuras se enfocaron lentamente. Allí estaban. De pie junto a los pies de su cama, no como cuidadores preocupados, sino como verdugos esperando a que la guillotina cayera.
Julián llevaba el impecable traje gris hecho a la medida que ella misma le había regalado por su aniversario. Su rostro, aquel que Camila siempre consideró la encarnación misma de un príncipe encantador, la observaba con una expresión de absoluto desdén. A su lado, Valeria. Llevaba un vestido rojo ajustado, un color demasiado vibrante para alguien que supuestamente velaba a su amiga moribunda. Valeria estaba aferrada al brazo de Julián, recargando la cabeza en su hombro con una familiaridad posesiva que hizo que el estómago de Camila se revolviera.
-Ustedes... -La palabra salió de los labios de Camila como un gorgoteo ahogado, mezclado con un hilo de sangre que resbaló por la comisura de su boca-. ¿Por... qué?
Valeria soltó una carcajada cristalina, una risa que Camila había escuchado mil veces en tardes de café y compras, pero que ahora sonaba como cristales rompiéndose. Se soltó de Julián y caminó a pasos lentos hacia la cabecera de la cama, inclinándose sobre Camila. El olor a su perfume floral, el mismo que Camila le había comprado en París, le produjo náuseas.
-Ay, Cami. Sigues siendo tan ingenua hasta en tu lecho de muerte -murmuró Valeria, acariciando la mejilla pálida de Camila con una uña perfectamente esmaltada-. ¿De verdad creíste que el cuento de hadas era real? ¿Que el apuesto Julián te amaba por tu "buen corazón" y tu "dulce personalidad"?
Julián se acercó también, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón con una tranquilidad pasmosa.
-Fuiste un medio para un fin, Camila. Nada más -dijo él, sin un ápice de remordimiento en su mirada oscura-. Eras la heredera del imperio que yo necesitaba. Tus padres eran demasiado desconfiados, demasiado astutos. Nunca me habrían entregado el control de la junta directiva si no hubiera sido a través de ti. Me costó cinco años actuar como el esposo devoto, soportar tus cursilerías, tus inseguridades, tus constantes necesidades de atención. Pero, al final, logré que me firmaras los poderes generales.
Las palabras cayeron sobre Camila como plomo fundido. Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente, golpeándola con la fuerza de un huracán. El accidente automovilístico de sus padres hace dos años... no fue un fallo en los frenos, ¿verdad? La crisis financiera que casi quiebra la empresa y que Julián resolvió "milagrosamente", exigiéndole a cambio que ella le cediera sus acciones para "protegerla" legalmente. Los dolores de cabeza constantes que había estado sufriendo los últimos meses, que Valeria atribuía al estrés, ofreciéndose amablemente a prepararle el té todas las noches.
Todo había sido una mentira. Cada sonrisa, cada beso, cada abrazo reconfortante. Su vida entera era una farsa meticulosamente orquestada por las dos personas en las que más confiaba.
-Ustedes... llevan años... -Camila intentó levantar una mano para apartar a Valeria, pero su brazo cayó inerte sobre el colchón.
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