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Como único heredero de la familia Garza, me fueron entregadas tres propuestas de matrimonio; eran de las hijas de los clanes más poderosos de Monterrey. Karla, Daniela y Jimena, amigas de mi niñez, a quienes había amado desde siempre.
Sin embargo, mi vida se convirtió en una serie de tragedias; me casé con cada una de ellas, sucesivamente, y una tras otra perdieron la vida defendiendo al mismo hombre: Javier Cienfuegos, el hijo del administrador de nuestra hacienda.
En su lecho de muerte, mi tercera esposa, Jimena, me confesó la cruel verdad: "Nosotras siempre amamos solo a Javier".
Me dijo que se habían casado conmigo únicamente por mi poder, usando el apellido Garza como un escudo para que su amante de clase baja pueda estar a salvo y mantenerse en sus vidas.
Mis matrimonios, sus muertes… todo había sido una mentira. Nunca fui un esposo; solo fui un guardaespaldas, un pobre engañado en medio de su trágico romance. Durante toda mi vida fui un personaje secundario y morí viejo, solitario, acompañado únicamente por la compasión hipócrita de la ciudad; mi vida entera había sido una broma cruel, y yo, el chiste final.
Hasta que desperté de nuevo.
Tenía veinticuatro años y estaba frente a mis padres, con las mismas tres cajas de terciopelo sobre la mesa.
Capítulo 1
Damián Garza renació en la biblioteca familiar de la hacienda en San Pedro Garza García; el olor a cuero envejecido y al puro de su padre impregnaba el aire, exactamente como lo recordaba. Estaba de pie ante sus padres, Horacio y Dolores Garza, los líderes de una dinastía que había dominado las finanzas de la ciudad por generaciones. Y sobre la brillante mesa de caoba, yacían tres estuches de terciopelo, cada una conteniendo una propuesta de matrimonio.
No eran simples proposiciones; eran tratados. Una provenía de la familia de la Torre, dueños del sector inmobiliario. Otra era de los Pérez, amos de las rutas de transporte. Y la tercera pertenecía a los Ponce, nuevos ricos que gobernaban la tecnología.
Sus padres lo contemplaban expectantes. En su primera vida, había corrido a complacerlos, ansioso por cumplir su papel de heredero; había amado a las tres mujeres ligadas a estas propuestas, sus amigas de la infancia: Karla de la Torre, Daniela Pérez y Jimena Ponce. Y había creído que ellas también lo amaban.
Esa ilusión le costó todo. Con voz grave y autoritaria, su padre dijo: "Damián, llegó el momento. Los de la Torre, los Pérez, los Ponce; todos son apropiados, pero la elección está en tus manos".
Los ojos del chico, que en otra vida habían sido cálidos, ahora eran fragmentos de hielo. Ya no veía a sus padres, sino un recuerdo que se sentía más real que la habitación a su alrededor.
Recordaba haberse casado primero con Karla, apasionada y desbordante; su matrimonio fue un torbellino de eventos sociales y sonrisas públicas, pero terminó abruptamente durante una gala benéfica. Se montó un supuesto asalto, y Karla murió protegiendo a Javier Cienfuegos, de una bala falsa.
Él era el hijo del administrador de la hacienda de los Garza, un chico con el que todos habían crecido. En el funeral, el dolor de Javier pareció opacar el suyo; y todos murmuraban sobre su hermosa y conmovedora amistad.
Tras un prudente período de luto, se casó con Daniela, elegante y fría; ella aportó el poder del imperio de transporte de los Pérez a su unión. Falleció en una peligrosa regata de yates, donde competía para obtener un premio en nombre de Javier, quien decía necesitar el dinero. Su yate se hundió en una tormenta que ya había sido anunciada; Javier fue quien la sacó del agua, aunque demasiado tarde. Los periódicos lo retrataron como un héroe, el amigo leal que intentó salvarla.
Finalmente, vino Jimena, intelectual y callada, de la familia Ponce, expertos en tecnología. Su matrimonio fue tranquilo, casi sin pasión. Para entonces, Damián ya estaba vacío por dentro, era un fantasma en vida; vivieron como un par de amables extraños durante años. Ella no murió en un escenario dramático, sino de una enfermedad lenta y desgastante.
Fue en su lecho de muerte que la cruel y devastadora verdad salió a la luz. Sus ojos, usualmente nublados por el dolor, ahora estaban claros por la confesión; y con la mano, frágil y delgada, aferrada a la suya, Jimena le susurró con voz quebrada: "Damián, lo siento, nunca quisimos hacerte daño".
Él esperó, confundido.
"Karla, Daniela y yo… jamás te amamos, solo queríamos a Javier".
Al inicio esas palabras no tuvieron sentido, eran un disparate. Luego, ella continuó entre lágrimas: "No podíamos estar con él, nuestras familias nunca lo habrían aprobado; él no tenía apellido ni fortuna, así que lo habrían destruido. Por eso nos casamos contigo, usamos el peso del apellido Garza para poder mantener a Javier en nuestras vidas y protegerlo".
De golpe, su vida entera, sus tres matrimonios, las trágicas muertes… todo se repitió en su mente, pero esta vez con un nuevo y horrible filtro. No había sido un esposo, sino un instrumento, un guardaespaldas. El hazmerreír, el hombre engañado en una historia de amor que jamás le perteneció. Había pasado toda una vida como un personaje secundario, y murió viejo, solo, y con la lástima de la ciudad como única compañía.
Y, sin embargo, estaba de regreso. Con veinticuatro años de nuevo, con la fría y dura certeza de esa traición grabada en su alma.
"No", dijo Damián; su voz era baja, pero cortante como cristal rompiéndose. Su madre, Dolores, parpadeó. "¿No? ¿Qué quieres decir con eso?".
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