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—Ese puesto te ha estado esperando por tres años, Elena. Solo di que sí.
La voz al otro lado del teléfono era serena, profunda y familiar. Era Iván Caballero, su antiguo mentor, ahora un arquitecto de fama mundial.
Una hora antes, ella había firmado los papeles para que su hermano menor, Javier, fuera trasladado a cuidados paliativos. El tratamiento experimental que podría salvarlo requería un depósito de un millón de pesos que no tenía. Sus ahorros se habían esfumado y su negocio, construido desde cero con su novio, Bruno Vega, era un éxito, pero él la había bloqueado de las cuentas.
Mientras se levantaba para ir a empeñar su reloj Rolex, se desató un escándalo. Bruno irrumpió por las puertas, sosteniendo a Daniela Chen, quien lloriqueaba de forma exagerada por un esguince de tobillo. Ni siquiera la miró.
Él la vio, la arrastró a un cuarto de servicio y le siseó:
—¿Qué haces aquí? Todo esto es parte del plan. Le estoy haciendo creer que ganó.
Le metió diez mil pesos en la mano, diciéndole que se fuera antes de que Daniela la viera.
Pensó que estaba allí por dinero, por unas migajas. Ella dejó que los billetes cayeran al suelo. Él era tan bueno mintiendo, actuando. No vio su alma rota, su devastación, solo un inconveniente para su gran estrategia.
Se había acabado. Lo supo con una certeza que era aterradora y, al mismo tiempo, liberadora. Era hora de irse a Madrid.
Capítulo 1
—Ese puesto te ha estado esperando por tres años, Elena. Solo di que sí.
La voz al otro lado del teléfono era serena y profunda, un sonido familiar de otra vida. Iván Caballero. Su mentor de la maestría. Ahora un arquitecto de fama mundial en Madrid.
—Todos en la oficina de Madrid conocen tu nombre. Creen que estoy loco por mantener abierto un puesto de socia principal para una estudiante que no he visto en siete años.
Elena Macías recargó la cabeza contra la pared fría y estéril de la sala de espera del hospital.
—Lo acepto —dijo, con la voz vacía.
Colgó el teléfono.
El silencio del pasillo era pesado, roto solo por el lejano y rítmico bip de una máquina.
Hacía una hora, había firmado los papeles. Javier, su hermano menor, estaba siendo trasladado a cuidados paliativos.
El tratamiento experimental que podría haberlo salvado requería un depósito de un millón de pesos. No lo tenía. Sus ahorros se habían esfumado, gastados en los interminables ciclos de tratamientos convencionales que habían fracasado.
Su negocio, el despacho que había construido desde cero con su novio, Bruno Vega, era un éxito. Pero su parte de las ganancias era intocable. Bruno la había bloqueado de las cuentas. Dijo que era temporal, una jugada de negocios. Decía muchas cosas.
La había alejado de sus amigos e incluso de su propia familia, quienes pensaban que vivía una vida perfecta en la Ciudad de México con su brillante y exitoso socio. No sabían que estaba sola.
Había intentado todo para conseguir el dinero. Los préstamos fueron rechazados. Amigos con los que no había hablado en años no contestaban el teléfono. Su mundo se había reducido a esta única y desesperada necesidad.
Su pulgar trazó el metal frío del reloj en su muñeca. Un Rolex. Un regalo de Bruno en su quinto aniversario. Le había dicho que era una inversión, un símbolo de su futuro.
Su valor real se suponía que era una red de seguridad. Ahora, solo era el recordatorio de una promesa que no significaba nada.
Ya había buscado en línea. Una valuación rápida le ofrecía ciento cincuenta mil pesos. Era una broma cruel. Suficiente para unas pocas semanas más de medicamentos inútiles, pero ni de cerca el millón que salvaría una vida.
Aun así, era algo. Respiró hondo, lista para encontrar una casa de empeño, lista para hacer lo que fuera.
Mientras se levantaba para irse, un escándalo estalló al final del pasillo. Un hombre irrumpió por las puertas, con una mujer aferrada a su brazo.
La sangre de Elena se heló. Era Bruno. Y con él, Daniela Chen.
La pantalla del teléfono de Elena, que todavía sostenía, se hizo añicos al golpear el pulido linóleo del suelo. Una enfermera que corría hacia el alboroto la había empujado.
Bruno ni siquiera la miró. Toda su atención estaba en Daniela, quien lloriqueaba de forma exagerada por su esguince de tobillo. La acunaba como si fuera de cristal, su rostro una máscara de preocupación.
—La del tobillo torcido se lleva toda la atención —murmuró una mujer sentada cerca a su esposo—. Así es esto. Con un poco de drama se consigue todo.
Elena se agachó rápidamente para recoger su teléfono roto, ocultando su rostro. No podía dejar que la vieran allí. No así.
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