/0/20999/coverorgin.jpg?v=5e26b77f9e1505408efaa48dfcf180cc&imageMogr2/format/webp)
La voz fría del sistema me heló la sangre.
«Misión de conquista fallida. Cuarto intento.»
«Serás eliminada en diez segundos.»
Empapada bajo la lluvia virtual, vi a Axel cubriendo con un paraguas a Camila, la influencer que me miraba con desprecio.
Cuatro intentos, cuatro vidas virtuales, cuatro fracasos humillantes, todo para regresar a mi cuerpo enfermo, un cuerpo al borde de la muerte.
Axel, con su voz tan gélida como la lluvia, lo dejó claro: «Amo a Camila. Siempre la he amado a ella.»
Camila sonrió con crueldad: «Nunca serás yo.»
La eliminación significaba la muerte real, mi cuerpo en coma no resistiría, el pánico me ahogaba.
Entonces, una voz compasiva me ofreció una salida: «Salida anticipada. ¿Acepta?»
Podía volver, escapar de todo.
Pero vi el amor ciego de Axel por Camila, vi la pulsera que me dio, ahora en la muñeca de ella.
Un odio profundo me invadió, desplazando el miedo.
«No», susurré, mi voz temblaba de una furia desconocida.
«Detectando fluctuaciones emocionales extremas. Extensión de gracia. Nueva condición: Sobrevivir.»
El alivio me cubrió, pero la mirada de fastidio de Camila me mantuvo en pie.
Mientras se alejaban, lo detuve: «Axel. Terminamos.»
Se giró, incrédulo: «¿Terminar qué? Nunca hubo nada.»
«Sí lo hubo. Un contrato. Y ahora, lo doy por terminado.»
Le arranqué la pulsera a Camila, la sostuve frente a él.
«Esto… ya no lo quiero. Ya no quiero nada de ti.»
Y la arrojé al lodo.
Su rostro se contrajo de ira: «¿Qué te pasa? ¿Enloqueciste?»
«No. Solo desperté. Me cansé de ser tu chiste, tu pasatiempo, tu sustituta.»
«¿De verdad creíste que sentía algo por ti? Todo fue un juego, Ximena. Un juego que tú perdiste.»
Me clavó el último golpe: «Nunca sentí nada.»
El sistema narró mi fracaso, mi enfermedad terminal, mi pronóstico fatal.
La lluvia se intensificó, borrando a Axel y Camila, dejándome sola con el corazón roto.
El olor a antiséptico me recibió de vuelta al mundo real, con el pitido rítmico de las máquinas.
Un accidente estúpido había acelerado mi cáncer, dejándome meses de vida.
Fue entonces cuando apareció el Sistema, una interfaz lógica en mi mente.
Me ofreció un trato: entrar en "Amor Virtual" , un juego que yo misma ayudé a programar.
Si conquistaba a Axel, mi vida se extendería.
Desesperada, acepté.
Quería tiempo para mi padre, para mi proyecto, para vivir.
Pero el sistema fue cruel, mi avatar se parecía a Camila, su obsesión.
«El sistema es eficiente», me dijo, «el parecido aumenta las probabilidades.»
Mi último intento fue el más doloroso, semanas de cercanía.
Él componiendo, yo a su lado, en silencio.
Momentos fugaces donde creí que me veía a mí, no a la sombra de Camila.
La noche del festival, Camila ganó el premio, y Axel, eufórico, la besó.
Llegó borracho, me abrazó gritando: «¡Camila! ¡Mi amor! ¡Lo logramos!»
«Axel, soy Ximena.»
Me miró, entrecerrando los ojos: «Claro que eres tú, mi Camila. ¿Quién más podría ser tan hermosa?»
Me besó torpemente, y ese beso no era para mí.
Mi corazón se rompió.
En mi segundo intento, usé información para consolarlo en el aniversario de su madre, un evento que Camila siempre olvidaba.
Fui deshonesta, manipuladora, pero luchaba por sobrevivir.
Y en el proceso, me enamoré de verdad.
De sus manos en la guitarra, de su ceño fruncido, de su rara sonrisa.
Le cocinaba sus platos favoritos, arreglaba los bugs de su música.
Me quedaba despierta, escuchando sus sueños, sueños donde Camila era la protagonista.
Yo era su apoyo invisible, y él ni siquiera se daba cuenta.
«Camila, te amo», murmuró. «Siempre te he amado.»
Se durmió repitiendo su nombre, mientras yo, rota y vacía, me ahogaba en rabia y dolor.
«¡Cállate!», grité, pero él ya soñaba con ella.
A la mañana siguiente, Axel, con resaca, se sentó mientras yo preparaba café.
El silencio era denso.
«Buenos días», dijo.
No respondí, solo le serví café negro.
Me vio los ojos hinchados y el rastro de tristeza.
«¿Estás bien?»
Solté una risa seca: «Estoy perfectamente.»
Me senté, la decisión de la noche pesaba, pero me daba calma.
«Axel», dije firme. «Dame un mes.»
Me miró confundido: «¿Un mes para qué?»
«Sé mi novio por un mes. Haz lo que te pida, sin preguntas. Acompáñame, sé amable. Finge, si es necesario. Después, desapareceré para siempre.»
Era mi último adiós, un mes para un recuerdo solo mío, sin la sombra de Camila, para despedirme del amor.
Me miró receloso. La idea era extraña, casi masoquista.
Pero la promesa de mi partida era tentadora.
«¿Por qué haría eso?»
«Porque te lo debo», mentí. «Por molestarte. Un último favor.»
Lo pensó. La desesperación en mis ojos era real.
Quizás así me dejaría en paz.
«Está bien», suspiró resignado. «Un mes. Y después, te vas.»
«Trato hecho», un nudo en mi garganta.
Sentí un triunfo amargo. Tenía mi mes, treinta días para un final.
«Bien», me recompuse. «Para empezar… quiero ver la Aurora Boreal.»
Casi se atraganta: «¿Qué? Está al otro lado del mundo virtual. Carísimo y difícil.»
«Eres un músico famoso. Puedes permitírtelo», respondí tranquila.
Recordé habérselo pedido antes, en mi segundo intento: «¿Por qué gastaría tiempo y dinero en ir contigo? Con Camila sería romántico. Contigo… solo un viaje.»
Las palabras dolían.
«No quiero ir», dijo tajante.
«Tenemos un trato, Axel. Dijiste que harías lo que te pidiera. Esto es lo primero.»
Me miró, atrapado. Mostraba irritación, pero había prometido.
«Está bien», cedió. «Iremos. Pero no esperes que me divierta.»
«No espero nada», respondí. Y por primera vez, era la verdad.
El viaje al Glaciar Norte fue largo y silencioso.
Axel conducía el vehículo flotante con aburrimiento, y yo miraba paisajes digitales.
El juego era una obra de arte, me sentía orgullosa, a pesar de todo.
Al llegar, el cielo nocturno se iluminaba con cortinas verdes, violetas y rosadas.
Más hermoso de lo que imaginé.
Por un instante, la belleza nos unió. Incluso Axel pareció conmovido.
«Es… increíble», murmuró, mirando el cielo.
«Sí, lo es», sentí una punzada de felicidad.
Cerca, un puesto vendía "Lazos de Luz Eterna" .
La leyenda decía que si una pareja los ataba al mirador, su amor duraría para siempre.
Era una tontería turística, pero yo quería hacerlo.
Era un símbolo, aunque falso.
Cuando iba a pedírselo, lo vi, su mirada.
No miraba la aurora. Sus ojos estaban fijos en una figura que acababa de llegar.
Era Camila.
Envelta en un lujoso abrigo de piel blanca, riendo y tomándose selfies con admiradores.
Brillaba, atrayendo todas las miradas, incluida la de Axel.
Mi corazón se hundió. La magia del momento se hizo añicos.
Claro que Camila estaría aquí. El juego siempre me recordaba mi lugar.
Abandoné la idea de los lazos. ¿Qué sentido tenía? Sería una mentira sobre otra mentira.
Me abracé, sintiendo el frío del glaciar.
Axel apartó la vista de Camila, como si despertara.
Se dio cuenta de que lo miraba, con una expresión vacía.
«¿Qué pasa? ¿No ibas a decirme algo?», preguntó a la defensiva.
«No. Nada», mentí. «Solo estaba pensando.»
«Ximena», su tono se suavizó con lástima. «Sé que esto es difícil. Pero tienes que superarlo. Dejar de aferrarte a algo que nunca pasará.»
Fueron sus palabras del pasado. Esta vez, sin la punzada de rechazo. Solo cansancio.
«Lo haré», mi voz sorprendentemente firme. «Te lo prometo. Después de este mes, lo superaré.»
Asintió, aliviado: «Bien.»
El silencio volvió, de resignación.
Miré las luces danzantes, mi sueño hecho cenizas.
«Tengo frío», susurré. «Quiero ir a un lugar más cálido.»
«A donde quieras», dijo, mirando su teléfono, seguro las redes de Camila.
«Llévame al Festival de los Farolillos de Verano», pedí.
Camila odiaba las multitudes y el calor. Allí estaría a salvo de ella.
El Festival de los Farolillos de Verano era un torbellino de color, sonido y olor.
Cientos de farolillos de papel coloreados colgaban, creando un techo de luz cálida.
El aire olía a comida frita, a dulces y a incienso.
Era nuestra primera vez juntos.
Contra todo pronóstico, Axel parecía relajado. Sin Camila, era diferente.
Más atento. Incluso sonrió un par de veces.
Paseamos por los puestos. Me detuve ante uno de cajas de música de madera tallada.
Una me llamó la atención, sencilla, pero la melodía era clásica y melancólica, me encantaba.
La tomé, sintiendo la suavidad de la madera.
«¿Te gusta?», preguntó Axel, acercándose.
Asentí, sin palabras.
«Entonces es tuya.»
Antes de protestar, ya pagaba al vendedor. Me entregó la caja con gesto tímido.
«Gracias», dije, genuinamente sorprendida y conmovida. Era el primer regalo suyo por iniciativa propia.
La abracé contra mi pecho, sintiendo una chispa de felicidad, frágil y efímera.
Quizás este mes no sería tan malo.
La ilusión duró exactamente cinco minutos.
«¡Axel, cariño! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!»
La voz chillona y familiar atravesó el bullicio. Camila.
Abriéndose paso, con una sonrisa radiante y falsa.
Se había retractado sobre el calor y las multitudes.
Se detuvo frente a nosotros, su mirada pasó de Axel a mí, y finalmente a la caja de música.
«Oh, qué cosita tan linda», dijo, con interés artificial. «¿Dónde la conseguiste?»
Antes de que respondiera, me la arrebató.
«La melodía es preciosa. Siempre me ha encantado esta pieza», mintió descaradamente. Sabía que Camila detestaba la música clásica.
Se volvió hacia Axel, haciendo un puchero.
«Axel, cómpramela. Por favor.»
«Pero… es de Ximena», tartamudeó él, incómodo.
«Oh, vamos. A ella no le importará, ¿verdad?», me lanzó una mirada de orden. «Además, yo la vi primero.»
«Eso no es cierto», repliqué, mi voz temblaba de ira. «Yo la tenía.»
Camila me apartó con un gesto despectivo. Su estrategia cambió.
Se volvió hacia Axel, sus ojos se llenaron de lágrimas falsas.
«Axel… ¿recuerdas? Esta canción… era la favorita de mi abuela. Me trae tantos recuerdos…»
Era una mentira burda y cruel, diseñada para apelar a la debilidad de Axel por ella. Funcionó.
Axel me miró, una súplica silenciosa.
«Ximena, por favor… es importante para ella.»
«¡No!», grité, la humillación y la rabia me consumían. «¡Es mía! ¡Tú me la diste!»
Pero mi protesta fue inútil.
Axel le quitó suavemente la caja de música a Camila y se la dio de nuevo a ella.
«Tómala», le dijo a la influencer, con voz suave.
Luego se volvió hacia mí, con expresión de disculpa.
«Lo siento. Te compraré otra.»
Camila sonrió, pura victoria. Tomó la caja, le dio a Axel un beso rápido y se alejó tarareando, desapareciendo entre la multitud.
Dejándome de pie, vacía y rota, en medio del festival más alegre del mundo.
El dolor era tan agudo que por un momento Ximena no pudo respirar.
Miré dónde Camila había desaparecido, la melodía de la caja de música burlándose.
«Ximena, de verdad lo siento», dijo Axel, intentando tomar mi mano. «No sabía que era tan importante.»
Aparté la mano como si su contacto quemara.
«¿Que no sabías?», repetí, un susurro peligroso. «¿No me viste? ¿No me escuchaste? Estaba aquí, Axel. Te rogué que no lo hicieras.»
«Ella dijo que era de su abuela…»
«¡Mintió!», grité, atrayendo miradas. «¡Ella miente y tú siempre le crees! ¡A ella!»
«Cálmate, estás haciendo una escena.»
«¿Que me calme?», solté una carcajada que sonó a sollozo. «Me acabas de humillar, regalaste mi regalo a la mujer que me desprecia. ¿Y me pides que me calme?»
La alegría del festival se había evaporado. Los farolillos parecían burlones. La música y las risas, insoportables.
Con Camila, mi felicidad se fue. El pequeño destello de esperanza se extinguió.
Axel me tomó por los hombros, su rostro lleno de culpa.
«Tienes razón. Fui un idiota. Perdóname.»
Me abrazó. Por un instante, me dejé llevar, su calor era un consuelo familiar y doloroso.
«Te prometo que te compraré una caja de música mejor», susurró. «La más cara, la más bonita.»
Esa fue la gota que derramó el vaso.
Me aparté de él con una fuerza sorprendente.
«¿No lo entiendes?», le espeté, mis ojos ardían de furia y lágrimas contenidas. «¡No se trata de la condenada caja de música! ¡Se trata de mí! ¡Se trata de que alguna vez en tu vida pienses en mis sentimientos! ¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que yo quiero? ¿Qué es lo que a mí me gusta? ¿O solo existo cuando ella no está cerca?»
Mi voz se quebró, la rabia dio paso a la vulnerabilidad.
Axel se quedó sin palabras. La verdad de mis acusaciones lo golpeó. Se dio cuenta del dolor que le había causado.
«Yo… lo siento», repitió, las palabras vacías.
Avergonzado, se alejó y regresó con otra caja de música. Más grande, más ornamentada, con incrustaciones. Más cara.
«Toma», dijo, ofreciéndomela. «Esta es para ti.»
La miré con desdén. La melodía era una canción pop alegre, como a Camila le gustaba.
Negaba con la cabeza.
«No la quiero.»
«Pero… es más bonita.»
«No me gusta», dije, mi voz fría y final. «No es la mía.»
Me di la vuelta y empecé a caminar, dejándolo solo con su regalo equivocado. Ya no quería sustitutos ni premios de consolación. Si no podía tener lo real, prefería nada.
/0/18083/coverorgin.jpg?v=d3b2a6720750530d6c0cb2a4637c7c91&imageMogr2/format/webp)
/0/5417/coverorgin.jpg?v=20250116163431&imageMogr2/format/webp)
/0/427/coverorgin.jpg?v=9214470b79ead5df12b8fc2ebc8a5545&imageMogr2/format/webp)
/0/4675/coverorgin.jpg?v=229245fdac927120d2f8f642b04bee97&imageMogr2/format/webp)
/0/14769/coverorgin.jpg?v=417fb33f00c36c26b4f8e76b08d72e7e&imageMogr2/format/webp)
/0/11937/coverorgin.jpg?v=182f8f4936bef1c176fc790f6bc35d2b&imageMogr2/format/webp)
/0/14555/coverorgin.jpg?v=9cd1e81190ebb33bab77c10da8e234f3&imageMogr2/format/webp)
/0/15382/coverorgin.jpg?v=ea0dfa5217614c8a1169e23eb2d9068f&imageMogr2/format/webp)
/0/1383/coverorgin.jpg?v=e4ee5becb3c008b7cfd79e8850eeed78&imageMogr2/format/webp)
/0/2648/coverorgin.jpg?v=6ab364f9d1e726ba888e83cb66030fe6&imageMogr2/format/webp)
/0/9316/coverorgin.jpg?v=a0109bda4766b4dda4c576da6a225fec&imageMogr2/format/webp)
/0/9066/coverorgin.jpg?v=e4ab07a2564574856553fdf381257911&imageMogr2/format/webp)
/0/17698/coverorgin.jpg?v=0c3d30f1b2dc3ee8b43f06b1aa72d5a5&imageMogr2/format/webp)
/0/18382/coverorgin.jpg?v=00548e31f1bbf1832b42489ee7aa6983&imageMogr2/format/webp)
/0/18261/coverorgin.jpg?v=ebe6da8326bdb4e30c85bddab7750421&imageMogr2/format/webp)
/0/7297/coverorgin.jpg?v=adf507028e4f3f79b0285199008acca1&imageMogr2/format/webp)
/0/13588/coverorgin.jpg?v=ab62f40c7b51b37f33bd5c090e01682c&imageMogr2/format/webp)