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"Estoy casada".
En la oscuridad, Cathryn Brooks sintió cómo su espalda chocaba contra la puerta y se quedó sin aliento cuando un hombre alto se cernió sobre ella. De él emanaba calor y su aliento le rozaba el cuello, provocándole un temblor incontrolable.
Unos dedos férreos le rodearon la cintura, inmovilizándola. Soltó una carcajada burlona. "Casada, ¿eh? ¿Y aun así merodeas sola por un hotel en plena noche? ¿Sabe tu marido lo que haces en realidad?".
Un dolor agudo atravesó el pecho de Cathryn. Apenas una hora antes, había recibido un video en su celular. En él aparecía su esposo, Liam Watson, retozando en la cama con Jordyn Moore, su propia hermanastra. Los dos estaban entrelazados, sin mostrar la menor culpa.
Impulsada por la desesperación, Cathryn había irrumpido en el hotel para atraparlos con las manos en la masa. Pero antes de que pudiera encontrar la habitación correcta, aquel desconocido la arrastró a otra.
"Ya que estás aquí, déjate de teatros", murmuró el hombre, cargándola bruscamente sobre su hombro y arrojándola sobre la cama. Se quitó la corbata de un tirón y le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza. Su boca se estrelló contra la de ella, dura e implacable.
"Si dices que estás casada, ya debes saber cómo va esto", se burló, arrancándole la ropa pieza a pieza.
Cathryn luchó en vano. "Yo no he...". Separó los labios, pero las palabras murieron en ellos antes de poder salir. Tres años encadenada a un marido y seguía siendo virgen. ¿Quién demonios se lo creería?
El video de Liam y Jordyn se repetía una y otra vez en su mente, y un calor abrasador le inundó el pecho, una furia cruda y violenta. Dejó de luchar.
Entonces, el hombre la penetró sin piedad. El dolor desgarró su cuerpo, agudo y despiadado, como si fuera a partirla en dos. Apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre inundarle la boca.
Su primera vez, a la que tanto se había aferrado, le fue arrebatada con brutal imprudencia por un hombre cuyo rostro ni siquiera distinguió en la oscuridad.
***
La luz de la mañana se coló en la habitación y el zumbido de su celular sacó a Cathryn del sueño. Lo buscó a tientas y contestó, aturdida.
"Señora Brooks, le llamamos del Hospital Olekgan. Es urgente, por favor, venga rápido. Se trata de su madre".
Desde la cama, a su espalda, llegó una voz grave y burlona. "¿Llamaba tu marido para ver cómo estabas?".
Cathryn se apresuró a recoger su ropa esparcida y se la puso con manos frenéticas. Mantuvo la cara baja mientras murmuraba: "Hagamos como si lo de anoche nunca hubiera ocurrido".
Para ella, aquel imprudente encuentro no había sido más que una venganza por la traición de Liam.
El hombre estaba sentado, semidesnudo, en el borde de la cama, con una mueca de desprecio en los labios. "Eres aún más promiscua de lo que pensaba".
Su desdén hacia ella era inconfundible. Casada, pero se acostaba con otros como una cualquiera, ¿y ahora pretendía actuar como si nada hubiera pasado?
Cathryn se negó a darle la satisfacción de una respuesta. Su única preocupación en ese momento era su madre. Sin dedicarle ni una mirada, salió furiosa de la habitación.
Momentos después, sonó un golpe vacilante en la puerta. "Señor Brooks", llamó alguien en voz baja al entrar.
Andrew Brooks se apretó las sienes, que le palpitaban, con el alcohol de la noche anterior aún retumbando en su cráneo. "¿Fue cosa de mi abuela?".
Karl Bennett, su asistente, asintió con rapidez, encogiéndose visiblemente bajo la aguda mirada de su jefe.
Andrew frunció el ceño. Así que había sido su abuela, Amanda Brooks, quien había enviado a esa mujer a su cama. Una oleada de frustración lo invadió. Era el jefe del imperio financiero más formidable de la ciudad de Olekgan y controlaba Antaford, la mayor empresa del país que cotizaba en bolsa. Sin embargo, acababa de perder la virginidad con una mujer casada.
Al reflexionar sobre la noche anterior, su irritación se disparó. Durante toda la noche, por muy brusco que hubiera sido, ella no había emitido ni un solo sonido. Supuso que eso significaba experiencia, demasiada. La forma en que se había mostrado hacía un momento, tranquila e indiferente, confirmó su opinión: era de las que usaban a los hombres y se marchaban sin pensarlo dos veces.
Andrew no entendía de dónde había sacado su abuela a una mujer así, ni por qué había decidido meterla en su cama. De no ser por la niebla del alcohol, nunca la habría tocado.
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