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La música ensordecedora del rancho apenas lograba ocultar el eco de mi corazón roto.
Aquí estaba yo, Sofía Ramos, la "esposa legal", observando cómo Ricardo, mi esposo, celebraba el bautizo de su hijo con Elena García, la viuda de su hermano y mi examiga.
Y el niño no era mío.
Mi hija Camila, de solo cinco años, se aferraba a mi mano, fantasmas en nuestra propia casa, ignoradas por todos mientras ellos posaban para las fotos, la imagen de la familia perfecta.
Elena se acercó, su sonrisa dulce para los demás, pero helada para nosotras.
"Sofía, querida, asegúrate de que Camila no moleste a los invitados", dijo, y discretamente, clavó sus uñas en la mano de mi pequeña.
Un quejido ahogado de Camila, sus ojitos llenos de lágrimas, y una rabia hirviente me recorrió.
Pero el mundo se detuvo cuando el caos estalló: gritos, disparos.
Los enemigos de Ricardo nos emboscaban.
Y él, sin dudarlo, empujó a Elena y a su hijo detrás de él, protegiéndolos.
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