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Mi Segunda Oportunidad: Sin Perdón

Capítulo 2 

Palabras:484    |    Actualizado en: 23/06/2025

aras se convirtió ráp

aleria, su tono volviéndose agudo

espondí, mirándolos di

giré hac

eocupado por tus supuestos 'negocio

lo de pánico

estás h

a sonrisa

que no solo compart

leria. Mateo abrió la boca para prote

ción de segundo de pánico compartid

nalmente, intentando recuperar el control. "Nos

la puerta con más fu

a pastelería. El s

n "regalo" de Mateo para que pudiera "entrar si alguna vez me olvidab

arnet de condu

t. Necesitaba una coartada

elocidad, un plan audaz y

i padre me había regalado. Vertí un poco sobre el asiento del

l con un altísimo contenido de alcohol q

lería y me subí

víspera de Semana Santa, la Guardia Civil montaría

luces azules inter

uerza, pero no era mie

ar al control, abrí el enjuague bucal y

zo señas para q

" dijo, asomando la cabeza por la ventanilla. Su

usar enjuague bucal,

aquí dentro. Por

do fue instantáneo y predecible. Posi

acompañarnos. Su carnet de

oche patrulla, una sensac

verdad, estaba ahora en po

do por s

tada irr

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Mi Segunda Oportunidad: Sin Perdón
Mi Segunda Oportunidad: Sin Perdón
“Las llaves de mi coche nuevo, un trofeo de repostería, se sintieron frías y pesadas en mi mano, un presagio de mi nueva vida. El aire del pueblo ya olía a incienso y cera, anunciando la inminente Semana Santa. Pero entonces, mi prima Valeria entró en mi pastelería, su sonrisa tan falsa como siempre, seguida de cerca por mi prometido, Mateo. Sus ojos devoraban el sedán reluciente. "¡Sofía, qué coche! Tienes que dejárnoslo para ir al pueblo", dijo Valeria. Mateo añadió: "Cariño, solo es para el viaje, el mío gasta mucho y este es más seguro." En mi vida anterior, les entregué las llaves. Esa noche, Valeria, al volante de MI coche, atropelló y mató a una anciana. Con la ayuda de Mateo, dejaron MI carnet de conducir en la escena. Fui incriminada, nadie me creyó. Mis padres, mis amigos, el pueblo entero me abandonaron. El hijo de la víctima, Diego, me encontró en la procesión de Viernes Santo. La multitud, azuzada por sus mentiras y mi desesperada verdad silenciada, me linchó allí mismo, en la plaza del pueblo. Morí entre el dolor y la traición. Ahora, con el recuerdo de su vileza y mi propia muerte grabado a fuego en mi alma, volví a ver la misma petición, la misma sonrisa falsa, el mismo plan despreciable. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Permitiría que me destruyeran de nuevo? ¡Esta vez no! Mi voz salió firme y fría: "No". Guardé las llaves en mi bolsillo, el aire se llenó de una tensión que solo yo comprendía. Ellos veían a una prometida caprichosa. Yo veía a mis asesinos. Y esta vez, no les daría el arma.”
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