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Lo Siento Hijo Mío

Capítulo 4 

Palabras:883    |    Actualizado en: 02/07/2025

eso, Mateo. A ver de qué vas a vivir. Mañana a primera hora estás despedido. 'Belleza Celesti

ano. Sus palabras ya no me herían, solo alimentaban la

e apoyó en el marco, con u

irse, que se vaya. Es un h

rdo", dije, mi voz

intura con un brazo. "Ricardo es el nuevo jefe de desarrollo. Tu puesto. De hecho,

miró con fa

jo... todo en un día. Pero tienes que admitir que dependías demasiado de S

ches en vela, de soluciones creativas que salvaron a la empresa de

e atreves a llamarme así? Tú, que llegas de la nada, le vendes sueños a una m

rmica' va a cambiar la industria cosmética para siempre. ¿Tú qué has

a escucharlo de ella. Necesita

de lo que he hecho por tu empresa. Dime que todo mi t

capaz de sostenerme la vi

vanza. Ricardo es el futuro. Tú eres el pasado. Su tecno

vez signifiqué algo para ti, o siempre fui solo... una herramienta? Alguien que

en que evitó mi pregunta, fue toda la respuesta que necesitaba. Fui

arga se dibujó

tie

elta, listo

no de arrogancia. "¿No tienes curiosidad

miré por enci

las pruebas de estabilidad. Especialmente con los polímeros de cadena larga bajo exposición UV. Tiend

microexpresión que duró menos de un segundo antes de que

intentar asustarnos con tus tecnicismos. Ricard

ina. "Un aficionado se aseguraría de que su trabajo f

entrada hacia mi coche. Saqué mi t

Estaba preocupada," con

a, Carmen, necesito que hagas algo por mí. Es urgente. El proy

ción celular? ¿Q

a noche. No, ahora mismo. Usa el protocolo de emergencia

r qué la prisa, Mate

. Solo hazlo. Y el titular d

s tu trabajo. T

ala seguía encendida, una ventana

a vez esa noche. "Ponla a nombre de Leo. El proyecto se llama 'Legado' por una razón.

sa para siempre, dejando atrás las ruinas de mi vida,

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Lo Siento Hijo Mío
Lo Siento Hijo Mío
“El aire en el panteón era denso, cargado de tristeza, mientras sostenía entre mis manos la pequeña urna de Leo, lo único que quedaba de mi hijo de seis años. Fue allí, en medio de mi desolación, buscando el consuelo de mi esposa Sofía, que la encontré, no llorando a nuestro hijo, sino riendo en un rincón apartado con Ricardo, su "amor platónico" de la universidad. Me oculté, y las escuché: Sofía renegaba de Leo, lo llamaba un "accidente" y una "ruina" para sus mejores años, y lo peor, revelaba que no lo había llevado al extranjero para salvarlo, sino para someterlo a lo que ella burdamente llamó "eutanasia" para estar "libre, sin ataduras" con Ricardo. Mi campeón, mi pequeño Leo, no había luchado en vano por su vida, solo para ser sacrificado por el egoísmo de su propia madre, quien además me despreciaba y me veía como un "bueno para nada", una carga. El impacto de esta verdad monstruosa destrozó lo que quedaba de mí, transformando mi dolor en una furia helada. No era suficiente con huir, la justicia para Leo exigía una venganza que ni Sofía ni Ricardo jamás olvidarían.”
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