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Arena y Venganza

Capítulo 1 

Palabras:834    |    Actualizado en: 03/07/2025

r, Sofía Romero respiró hondo, el nudo en su garganta le impedía hablar, su hermano menor, Mateo, yacía en

l pueblo como si nada hubiera pasado, su poder y su dinero c

urno apenas levantó la vista de sus papeles, le dijo que no había prue

o todos bajaban la mirada, murmuraban disculpas y cerrab

rceptaron, la arrastraron a un callejón y la golpearon, sus risas cruele

siseó uno de ellos, escupiéndole cerca del ro

, adolorida y humillada, con

volvió como una manta fría, se sentía atrapada, impotente, en la má

abitación, el último legado de su padre, un reconocido torero que le

u legendaria capa de torear, bordada con hilos de oro y plata, a su

cura, se formó en su mente, era s

fuerza, agarró los trofeos más grandes, uno en cada mano, y salió de la casa, su destin

ica y desafío, la capa sobre sus hombros, los trofeos en

lertados por algún soplón, llegaron en una camioneta,

ó el mismo hombre que la había golpe

lla con todas sus fuerzas, en el forcejeo, los trofeo

ó la capa, el sonido de la tela rasgándose fue como un grito, la última

s, mezclándose con el polvo y la san

emne retumbó en la noche, las enormes puerta

yor, de cabello cano y porte distinguido, vestía con una ele

dor retirado cuyo nombre era sinónimo de

ieron al instante a la leyenda viviente, su arroganc

la ayudó a levantarse con una delicadeza inesper

esonó con una autoridad inquebrantable. "A esta

irado se movió como una fuerza imparable, sus conexiones, su influencia y su rep

clausurados por evasión de impuestos y actividades ilícitas, uno por un

almente había llegado, no de la mano de la ley, sino del honor

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Arena y Venganza
Arena y Venganza
“El aire en la habitación del hospital era denso, cargado de un dolor que Sofía Romero no podía respirar. Su hermano, Mateo, yacía brutalmente golpeado, víctima de la cobardía de un cacique que compraba el silencio y el miedo. Busco justicia en cada puerta, en cada mirada, pero solo encuentro indiferencia, puertas cerradas y la cruel risa de aquellos que me arrastraron a un callejón. Me golpearon, me humillaron, y con cada puñetazo, sentía que la esperanza se desvanecía. Incluso mi padre, ese torero legendario cuyo legado era mi último refugio, fue profanado cuando rasgaron su capa, su último trofeo de gloria. El sabor a sangre en mi boca no era solo mío, era el sabor de la humillación, de la injusticia que me ahogaba. ¿Cómo era posible que en esta tierra, el honor muriera y la maldad prevaleciera impune? Abandonada, despojada de todo, mis ojos cayeron en ese viejo baúl, el último rastro de dignidad que me quedaba. Con manos temblorosas, desenterré el alma de mi padre, su capa, sus trofeos, y me arrodillé ante la Plaza Monumental. No era una súplica, era un desafío, una promesa de que la justicia, aunque negada, encontraría su camino, aunque tuviera que ser yo quien la arrancara de las manos del destino.”
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