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La Humillación Imperdonable

Capítulo 3 

Palabras:527    |    Actualizado en: 03/07/2025

z goteaba un falso tono de compasión

de comprar cada foto. Después de todo, es su... arte

sonrisa era la de un depreda

a pagar, mi amor. He oído que las

detuvo. ¿A q

do y sudoroso llamado Ricardo, quien

Joyería Rojas se fue a la quiebra el mes pasado. La pobre El

inclinó ba

ado de mi abuela, el trabajo

uscando una negació

ombros, con una expresi

Con todo lo que tengo en la cabeza...

l aire. Él lo sabía. Él lo había provocado. Había arru

quiebra de mi empresa y la hum

s, las risas, el rostro sonriente de Alejandro

l baño" , balbuceé, sin dir

leé, hacia la puerta, sintiendo cada una de l

me d

a, escuché la voz

o. ¿Será que está embarazada, Alejandro

aún más fuer

o escuché el tintineo de su

tó las risas de golpe. "Esperaremos a que la estrella de

año de mármol detrás de mí y

anto que apenas podía

rdaderas aliadas, las mujeres de la alta sociedad que, como yo, co

me está destruyendo. Ne

el m

stro estaba pálido, mis ojo

llama, la misma que había prendido el catál

a a quemar un o

quemar

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La Humillación Imperdonable
La Humillación Imperdonable
“En la sala de subastas de Polanco, la joya zapoteca que anhelaba para mi boda se convirtió en el epicentro de mi infierno. De repente, una voz dulce y serpentina, la de Sofía -la protegida de mi prometido Alejandro- irrumpió, elevando la puja por apenas un peso. La miré, extrañada, y ella me sonrió con una dulzura que me heló el alma. Las risas se alzaron, cada oferta y cada mirada de burla de Sofía, aprobadas por el silencio de Alejandro, resonaron como bofetadas. La humillación pública se volvió insoportable, pero él solo me susurró: "Mi amor, a la muchacha le encantan estas cositas brillantes, déjala, sé buena" . ¿Ser buena? Mi ira crecía, hirviendo. ¿Cómo podía permitir que su protegida me humillara, compitiendo por un símbolo tan importante para nuestra boda? La Leona estaba herida, la vergüenza ardía. En un arrebato, prendí fuego al catálogo, declarando con voz firme: "Anulo la puja. Este objeto ha sido manchado por la mala fe. Ya no tiene valor" . Alejandro, lejos de recriminarme, me besó la frente y susurró: "Qué carácter, mi Leona" . No entendí que esa noche, mi "fuego de protesta" no fue una victoria, sino una declaración de guerra. Un año después, en la subasta privada de Alejandro, mi alma se desplomó al ver mis propias fotos íntimas expuestas, cada lágrima mía valorada y subastada. "Tengo 365 fotos tuyas, Elena. Una por cada día que me has desafiado" , dijo sonriendo, "Si no quieres que caigan en manos de otros, ya sabes qué hacer. Sigue prendiendo fuegos. Usa tu dinero para comprar tu dignidad" . La sala estalló en risas. Luego, la voz de Ricardo, un socio, resonó: "La Joyería Rojas se fue a la quiebra el mes pasado" . Mi mundo se detuvo. ¿Quebrada? Mi legado. Alejandro lo había hecho. Me había despojado de todo. La combinación de la quiebra y la humillación pública era demasiado. Me tambaleé, pero en el fondo de mis ojos, la misma llama que encendió el catálogo un año atrás, empezó a arder de nuevo. "Emergencia. Alejandro me está destruyendo. Necesito el plan B. Ahora" , envié a mis amigas. Esta vez, no iba a quemar un objeto simbólico. Iba a quemarlo todo.”
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