“Recibí una bala por mi esposo, Cristian. Como su leal escudo, era mi deber, pero su única preocupación mientras me desangraba era por su frágil "hermana", Giselle. Días después, nos secuestraron a ambas y nos atraparon en un yate con una bomba. Los secuestradores le dieron a Cristian una opción: solo podía salvar a una de nosotras. No dudó. -¡Salven a Giselle primero! -gritó a través del agua. Con ella a salvo, tuvo la audacia de ordenarme a mí, la esposa que acababa de condenar a muerte, que nos salvara a todos. -¡Alejandra, la bomba! ¡Desármala! ¡Ahora! Después de años de recibir golpes por él, después de perder en secreto a nuestro hijo mientras protegía sus intereses, ¿este era mi valor? Una herramienta desechable para usar y tirar. Miré la luz roja parpadeante, los segundos pasando. Esta vez, no lo salvaría. Dejaría que el mundo creyera que estaba muerta y, finalmente, empezaría a vivir para mí.”