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Las cicatrices que ocultó al mundo

Capítulo 5 5

Palabras:746    |    Actualizado en: 25/02/2026

ra. En cambio, giró a la izquierda, dirigiéndose por

se de

el segundo piso -dijo

los hombros encorvados

l segundo piso está siendo

aba en silencio. No había lonas. No había olor a

No se me permite esta

llevando a Alba a la lluvia de nuevo. Camina

del jardinero antes de que subcontrataran el paisa

. El aire dentro olía

rró Espuma, y luego huyó co

a e

en más en l

ama pequeña y llena de bultos. Llevaba gafas grues

r-. Soy Santuario. Risco me

Asistente. N

r mi niñera -

justó las gafa

rla a adaptarse. Y par

Colocó su bolsa de plást

extendió

empacar es

ápido, tan agresivo, que Santuario tropezó hac

u voz era baja, peligrosa-. Si toc

ó saliva con f

e ropa que tenía y marchó al b

presión. Luego la ducha. El ruido

abriéndolo. Escondidos dentro había varios componentes electrónicos diminutos y desiguales envueltos en plástico: resistencias recuper

l espejo. La venti

; no pensaba que ella fuera lo sufi

mojada. Cayó en una pi

en el

clavículas sobresalían como cuchillos. Pero er

latos. Líneas largas y blancas y delgadas en sus muslos de donde había

su brazo. Los sedantes que le forzaban cuando

ió lástima por la chica en el espejo. Sintió una

legó a través de la puerta-. ¿Nece

recio. Quiere buscar marcas

itó Alba sobre el agua corr

asos de Santu

comparada con las mangueras heladas del campo. Se frotó la piel hasta dejar

lavar los

el gancho. Era de algodón áspero, picaba. Se ató el

ario estaba escribi

a cama y se sentó.

no, pensó. O...

sta noche, solo tenía qu

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Las cicatrices que ocultó al mundo
Las cicatrices que ocultó al mundo
“Tres años después, mi familia por fin me permitió volver a casa. Todos creían que regresaba de un lujoso "retiro de bienestar" para curar una adicción a las drogas que nunca tuve. La realidad era muy distinta. Mi hermana perfecta, Brisa, me había incriminado con sus propias drogas, y mis padres me enviaron al Campo de Corrección Wilderness, un infierno de tortura física y psicológica. El día de mi regreso, mi hermano Risco me obligó a bajar de su limusina en medio de una tormenta eléctrica porque mi "olor a encierro" le molestaba. Tuve que caminar bajo la lluvia hasta la mansión, cojeando por un tobillo roto que nunca sanó bien. Durante la cena de bienvenida, se burlaron de mí. "¿Aprendiste a tejer cestas en el spa?", preguntó Brisa con malicia. En respuesta, me subí la manga del suéter. No había piel suave. Mi brazo era un mapa de cicatrices queloides, quemaduras de cigarrillos y marcas de inyecciones forzadas. Mi madre gritó de horror. Risco, desesperado por proteger la mentira, me acusó a gritos de autolesionarme para manipularlos. Solo Cenit, mi ex prometido y ahora pareja de mi hermana, rompió el silencio con frialdad militar: "El ángulo de esas quemaduras es imposible de autoinfligir. Alguien más le hizo eso". Aun así, me desterraron a la vieja cabaña del jardín, pensando que soy una vagabunda rota y avergonzada. Creen que soy una víctima. Lo que no saben es que no volví para pedir perdón. En la oscuridad de la cabaña, saqué un teléfono satelital oculto en el forro de mi único cuaderno y envié un mensaje a mi contacto hacker: "Estoy dentro. Fase uno completa. Déjalos cocinarse".”