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oraba el cielo gris de la metrópoli. Desde la acera, su cúspide se perdía entre las nubes bajas, como si sus
frío de la mañana agitando el dobladillo de su modest
esafío. Apretó contra su pecho la carpeta de cuero sintético que contenía su vida entera en unas cuantas hojas de papel blanco: un índice académico perfecto, menciones honoríficas, tres idiomas dominados a la perfección y una tesis sobre ética financiera
lmones con el aire helado de l
frías del techo, creando la ilusión de que uno caminaba sobre un abismo sin fondo. El sonido de los tacones de aguja y los zapatos
scutieran el clima. Se sentía pequeña, pero no intimidada. Su madre había trabajado dobles turnos limpiando oficinas como estas para pagar sus primeros años de universidad a
egar frente al mostrador de seguridad, u
de rostro impenetrable, ni siquie
ción y moti
. Analista junior en la Divisió
ra escupió una tarjeta de plástico blanco con el logotipo dorado de los Valti
etra B. No intente subir más allá de ese piso; su tarj
ia. Isabella tomó la tarjeta, se la colg
raron, aislándola del bullicio del vestíbulo, el silencio fue casi ensordecedor. Isabella se
e lugar. Eres la mejor de tu generación.», se
un "analista junior" era menos que polvo, un simple número en la base de datos de recursos humanos que podía ser reemplazado al día siguiente. Isabella lo sabía. Conocía la reputación de la empresa: Valtierra Corp era famosa por su cultura
i
e cristal esmerilado bajo una luz blanca y clínica. El ruido aquí era diferente al del vestíbulo: tecla
s y una expresión de aburrimiento c
legas dos minutos antes de tu hora de entrada.
al. Sentía las miradas clavándose en su espalda. Las mujeres evaluaban su ropa de tienda
ochenta reportes financieros atrasados del analista anterior. Lo despidieron ayer a las tres de la tarde por un error de com
nas de datos crudos -observó I
? -Clara enarcó una ce
primera y gélida sonrisa corporativa, sentándose y enc
o, entre sorprendida y molesta, y lue
rriba, más allá del techo falso de su cubículo, imaginando los cincuenta y seis pisos que la separaban de la cima. Allí arriba, en el
financieras, era que el monstruo del piso setenta ya estaba moviendo las piezas de
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