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La ley de la Carne

La ley de la Carne

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Capítulo 1 La madera y las copas vacías

Palabras:1102    |    Actualizado en: 13/06/2026

mecer, estaba sirviendo para espesar el ambiente dentro del habitáculo. Manuel conducía con una mano apoya

obre el salpicadero, una postura que hacía que sus vaqueros ajustados se tensaran al límite, remarcando la redon

acio entre risas contenidas y el ruido metálico de

completo -soltó Jandro desde atrás, estirando sus brazos de poli, cuyos bíceps y pectorales tensaban las co

isa de suficiencia-. En el maletero llevo tres botellas de Mencía de los que no se encuentran en el supermer

ba una camiseta vieja de él, de algodón gris, que le quedaba holgada en el pecho pero que, por la postura, se le recogía peligrosa

jo Asun, girándose un poco hacia atrás para mirar a los otros dos-. Aunque yo voto por parar. Llevamos do

rayos del sol de la tarde, sonrió con malicia. El piercing de su labio inferior brilló un instante y, al responder, dej

rme un solo sujetador. Me he traído tres vestidos flojos y cortos, y el resto va a ser ropa cómoda.

mientras le ponía una mano grande y pesada sobre el muslo a su

que salimos de casa. Luego no os quejéis si nos e

ón-. Las cenas se respetan. Hemos reservado el comedor pequeño solo para nosotros. Ade

taba actuando como un resorte. La conversación se volvió más fluida, salpicada de pullas con doble sentido. Asun, juguetona, estiró el brazo hacia la consola central para cambiar la música, dejando que su c

el asiento, cruzando las piernas para disimular la tensión que empezaba a formarse bajo su pantalón de chándal gris. Lejos de molestarse, Manuel sintió un latido caliente en la boca del e

letrero de madera carcomida al borde de la carretera-. "Áre

mitad gasolinera, mitad mesón de piedra con un aparcamiento de grava rodeado de pinos altos. Al apa

ta gris, marcando la dureza del piercing del pezón derecho bajo la tela delgada. Jandro bajó del coche justo detrás de el

y chulesca que usaba cuando quería marcar terreno-.

en los pectorales duros que dibujaban la camiseta del

no me molesta que me aprieten

con esa chispa traviesa que siempre anunciaba problemas. Caminaron juntos hacia el mesón, con el sol de la tarde empezando a calen

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La ley de la Carne
La ley de la Carne
“Lo que comenzó como una escapada espontánea de fin de semana para huir de la rutina de Lugo se transforma en un descenso vertiginoso hacia el desinhibido mundo del deseo absoluto. Manuel, un hedonista de carácter robusto y mente abierta, organiza un viaje junto a su esposa Asun, una mujer de curvas opulentas y descaro innato, con destino a "El Roble Viejo", un exclusivo hotel rural aislado en la indómita montaña leonesa. Los acompañan la hermana menor de Manuel, Isa -una joven estilizada, plagada de tatuajes y piercings con fantasías secretas-, y su marido Jandro, un imponente policía de actitud chulesca y firmeza ruda. Aislados por una violenta tormenta y estimulados por el alcohol, la complicidad familiar se fractura deliberadamente durante una noche de cartas frente a la chimenea. El juego destapa no solo la desnudez física de los cuatro, sino un morbo latente que dinamita los tabúes de la fidelidad y el parentesco. Las miradas posesivas y los roces calculados dan paso a un intercambio explícito de fluidos, donde la opulencia carnal de Asun y la sensualidad de metal y tinta de Isa se convierten en el epicentro de un engranaje sexual salvaje regido por la masculinidad de Manuel y la ruda disciplina de Jandro. Sin embargo, el caserón de piedra sillería guarda sus propias reglas. La complicidad del grupo se expande y se degrada deliciosamente cuando Carlos y Elena, los magnéticos dueños del hotel, descubren el balneario subterráneo y se suman a la marea de carne. A través de diferentes escenarios -desde la densa sala abuhardillada hasta el vapor de la cripta y el cuero aceitado de la sala de masajes-, los seis personajes se entregan a una espiral de sumisión, dobles penetraciones y transgresión masiva. En este refugio sin ley ni cobertura, las antiguas normas del matrimonio y la familia quedan reducidas a cenizas, sepultadas bajo el peso de un deseo implacable que promete consumirlos por completo antes de que el sol del domingo se atreva a asomar.”