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La ley de la Carne

Capítulo 5 Sabores, tensión y el clic del metal

Palabras:1437    |    Actualizado en: 13/06/2026

enta exterior. En el centro, una mesa alargada de madera maciza ya estaba dispuesta bajo la luz cálida de una lámpara de forja que colgaba del techo. Los manteles de hilo rúst

nzó a destapar las fuentes con parsimonia, disfrutando de las miradas de expectación de los otros tres. El o

la mano-. Jandro, ponte al lado de Asun. Isa, tú vente aquí conmigo. Así estamos m

lado de Asun, acomodando sus hombros anchos y sus pectorales imponentes, que tensaban la camiseta negra de forma casi obscena. Al sentarse, a

de sus pechos grandes de talla 90, que se desbordaban sobre el encaje rojo del sujetador. Apoyó los antebrazos en la mesa, exhibiendo esa cintura grande y carnal que l

lzando la voz ligeramente-. Jandro tiene pinta de ser de

l escote de ella, sin disimular el hambre-. En mi trabajo estamos acostumbrados a aguantar

r el brazo, su mirada descendió inevitablemente por el escote del vestido negro corto de su hermana. Sin sujetador, la tela fina de punto se amoldaba a la perfección a sus pechos altos y firmes, revelando con

o de su piercing inferior, provocando un leve clic metálico contra el borde del cristal-. El viaje ha valido la pena solo por ver

y tomando su propia copa-. Aquí no hay testigos. Lo que pase

osa, y el vino, denso y con cuerpo, empezaron a hacer su trabajo, relajando los cuerpos y encendien

hacía latir la polla con fuerza dentro de los pantalones. Pero lo que realmente le encendía era ver cómo Isa, su propia hermana, respondía al ambiente. Cada vez que Isa se inclinaba para coger un

cogiendo un trozo con los dedos con total nat

os labios y rozando los dedos de Asun con la lengua en el proceso. La miró

o lo pones tú -susurró el policía con una

por el alcohol de la segunda copa de vino. Se recostó en la sil

é cómo te aguanta Isa en casa

su hermano con una chispa de pura perversión en los ojos. Jug

os ve a los dos y se crece. Le encanta provocar. Pero a mí me gus

casi vacía-. Porque el vino se está terminando y arriba, en la sala privada, tengo la chimenea encendida

ros marcaron con total nitidez un bulto grueso y pesado que presionaba la tela hacia delante, una erección contenida pero evidente que ninguno de los tres pasó por alto. El polic

hacia arriba, su cuerpo de carnes generosas quedó a escasos centímetros del torso de él. Su cintura grande

con una sonrisa descarada, mirándolo desde ab

muslos delgados y largos, dejando ver la tinta de sus tatuajes brillando bajo la luz de la lámpara. Se acercó a Man

voz ronca-. Que la tormenta de fuera se está ponie

itadas compasaban el avance. El aire del caserón se sentía denso, cargado de una tensión sexual tan pura y explícita que ya nadie intentaba disimular. Las reglas de la rutina famili

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La ley de la Carne
La ley de la Carne
“Lo que comenzó como una escapada espontánea de fin de semana para huir de la rutina de Lugo se transforma en un descenso vertiginoso hacia el desinhibido mundo del deseo absoluto. Manuel, un hedonista de carácter robusto y mente abierta, organiza un viaje junto a su esposa Asun, una mujer de curvas opulentas y descaro innato, con destino a "El Roble Viejo", un exclusivo hotel rural aislado en la indómita montaña leonesa. Los acompañan la hermana menor de Manuel, Isa -una joven estilizada, plagada de tatuajes y piercings con fantasías secretas-, y su marido Jandro, un imponente policía de actitud chulesca y firmeza ruda. Aislados por una violenta tormenta y estimulados por el alcohol, la complicidad familiar se fractura deliberadamente durante una noche de cartas frente a la chimenea. El juego destapa no solo la desnudez física de los cuatro, sino un morbo latente que dinamita los tabúes de la fidelidad y el parentesco. Las miradas posesivas y los roces calculados dan paso a un intercambio explícito de fluidos, donde la opulencia carnal de Asun y la sensualidad de metal y tinta de Isa se convierten en el epicentro de un engranaje sexual salvaje regido por la masculinidad de Manuel y la ruda disciplina de Jandro. Sin embargo, el caserón de piedra sillería guarda sus propias reglas. La complicidad del grupo se expande y se degrada deliciosamente cuando Carlos y Elena, los magnéticos dueños del hotel, descubren el balneario subterráneo y se suman a la marea de carne. A través de diferentes escenarios -desde la densa sala abuhardillada hasta el vapor de la cripta y el cuero aceitado de la sala de masajes-, los seis personajes se entregan a una espiral de sumisión, dobles penetraciones y transgresión masiva. En este refugio sin ley ni cobertura, las antiguas normas del matrimonio y la familia quedan reducidas a cenizas, sepultadas bajo el peso de un deseo implacable que promete consumirlos por completo antes de que el sol del domingo se atreva a asomar.”