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La ley de la Carne

Capítulo 4 Vapor, cristales y miradas cruzadas

Palabras:1524    |    Actualizado en: 13/06/2026

los, el aislamiento fue absoluto. La habitación era amplia, rústica, dominada por una imponente cama de matrimonio con dosel y sábanas blancas que contrastaban con la

, se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, trasluciendo de forma obscena el encaje rojo de su sujetador. Manuel no esperó. Se acercó a ella con paso firme, arrastrado por un deseo que le quemaba las entrañas desde que

l encaje rojo, mostrando el destello plateado del piercing en el pezón derecho, que ya estaba completamente endurecido por el frío y la excitación. Su cintura era grande, suave y continua, una curva de carne exuberante y profundamen

una posesión brutal, antes de deslizar los dedos hacia abajo para atrapar la redondez de su culazo a través del vaquero húmedo. Su

terrando la cara en el hueco de su cuello, respirando

o de su marido. Le acarició la espalda, sintiendo la solidez de sus

ole levemente el lóbulo de la oreja-. Acabamos de llegar. Tenemos todo

Las cortinas de lino blanco eran finas, casi traslúcidas. A través del cristal empapado por la tormenta exterior, una luz

de agua de la ducha. Isa apareció justo detrás de él, creando un contraste perfecto. Su cuerpo era delgado, estilizado, de cintura estrecha y piernas largas, cubierto casi por entero por una intrincada re

visible. El policía no apartó la mirada; al contrario, abrió las piernas y se pasó una mano grande por su polla, que ya se estaba despabilando con rapidez, ganando grosor desde la base y apuntando con fuerza hacia arriba. Isa, al darse cuenta de hacia dónde mi

ud deliberada, se soltó del agarre de Manuel y se dio la vuelta, quedando de espaldas a los cristales, ofreciendo a la habitación de al lado una vista impagable de su enorme trasero mientras se desabrochaba el botón de los vaq

jos de enfurecerlo, le estiró la polla hasta el límite del dolor. Agarró a Asun por las caderas y la guió ha

iercing del pezón derecho, tirando de él suavemente con los dientes mientras ella gemía contra las baldosas de piedra. Asun, por su parte, se agachó para atrapar la polla de Manuel, que brillaba, larga y p

dose el pelo mojado de la cara-. Lo quiero todo aba

uego de anticipación. Manuel se puso una camisa limpia de lino oscuro que remarcaba su porte robusto. Asun, con la piel aún enrojecida por el agua caliente, se colocó de

ba adivinar la firmeza de sus pechos y el relieve inconfundible de sus dos piercings. Jandro se enfundó una camiseta negra tan ajustada que parecía a punto de reventar a l

oche. Las puertas de las habitaciones tres

ros directamente en la blusa desbocada de Asun y en esa cintura grande que se movía con un descaro insoportable al caminar. Manuel, por su p

Manuel, con una voz profunda q

de Asun. Su hombro fuerte rozó el de ella, y al

un hambre de lobo... y tengo la impresión de que

s escaleras de piedra hacia el comedor, con el sonido de sus pasos compasados y el deseo ardiendo en sus sangres, listos par

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La ley de la Carne
La ley de la Carne
“Lo que comenzó como una escapada espontánea de fin de semana para huir de la rutina de Lugo se transforma en un descenso vertiginoso hacia el desinhibido mundo del deseo absoluto. Manuel, un hedonista de carácter robusto y mente abierta, organiza un viaje junto a su esposa Asun, una mujer de curvas opulentas y descaro innato, con destino a "El Roble Viejo", un exclusivo hotel rural aislado en la indómita montaña leonesa. Los acompañan la hermana menor de Manuel, Isa -una joven estilizada, plagada de tatuajes y piercings con fantasías secretas-, y su marido Jandro, un imponente policía de actitud chulesca y firmeza ruda. Aislados por una violenta tormenta y estimulados por el alcohol, la complicidad familiar se fractura deliberadamente durante una noche de cartas frente a la chimenea. El juego destapa no solo la desnudez física de los cuatro, sino un morbo latente que dinamita los tabúes de la fidelidad y el parentesco. Las miradas posesivas y los roces calculados dan paso a un intercambio explícito de fluidos, donde la opulencia carnal de Asun y la sensualidad de metal y tinta de Isa se convierten en el epicentro de un engranaje sexual salvaje regido por la masculinidad de Manuel y la ruda disciplina de Jandro. Sin embargo, el caserón de piedra sillería guarda sus propias reglas. La complicidad del grupo se expande y se degrada deliciosamente cuando Carlos y Elena, los magnéticos dueños del hotel, descubren el balneario subterráneo y se suman a la marea de carne. A través de diferentes escenarios -desde la densa sala abuhardillada hasta el vapor de la cripta y el cuero aceitado de la sala de masajes-, los seis personajes se entregan a una espiral de sumisión, dobles penetraciones y transgresión masiva. En este refugio sin ley ni cobertura, las antiguas normas del matrimonio y la familia quedan reducidas a cenizas, sepultadas bajo el peso de un deseo implacable que promete consumirlos por completo antes de que el sol del domingo se atreva a asomar.”