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La ley de la Carne

Capítulo 3 La tormenta y la piedra

Palabras:1508    |    Actualizado en: 13/06/2026

o para apartar las cortinas de agua que golpeaban el cristal, aislando el habitáculo del resto del mundo. Dentro, la calefacción creaba un microc

léctrica que le bajaba directo a la entrepierna. A su lado, Asun parecía saborear el efecto que su descaro había tenido en el grupo. Se había subido las rodillas contra el pecho, abrazá

e del espacio, con una mano apoyada sobre su propio muslo, donde la tela gris del chándal seguía acusando el roce con Asun. Isa, apoyada contra

enas iluminado por los faros-. El navegador dice que estamos a menos de dos kilómetros

stido negro de punto cediera, dejando ver la clavícula pálida y el inicio de la tinta que decoraba s

in apartar los ojos de la nuca de Asun. Extendió su mano grande y la deslizó por el cuello de su mujer, hundiéndola

ó al vuelo. Ella estiró una mano y la puso sobre la ro

r, Manuel. A ver si vas a tener que

suficiencia mientras giraba el volante a la derecha-. Además, en "El Roble Viejo" no hay comi

de la montaña leonesa, apareció el caserón. "El Roble Viejo" era una construcción imponente: piedra de sillería oscura, ventanas de madera noble con contraventanas interio

lo más cerca posible

ruendo del agua golpeando la chapa-. Jandro y yo bajamos las maletas pesadas del maletero. Vosotras entrad corriendo

-soltó Asun con doble sentido, abri

a de un tirón. Su camiseta gris se empapó al instante en los pocos segundos que tardó en cruzar el porche, pegándose a su piel como una segunda capa y trasluciendo de forma obscena el enc

ero. El aire frío de la noche les dio de lleno, pero ninguno parecía sentirlo. El policía agar

ia la puerta de entrada donde las dos mujeres se sacudían el agua-. T

Mencía y miró de frente a su cuñado. La complicidad mascul

rfectamente cómo la mirabas desde atrás. No

sin un ápice de culpa, y golpeó

ue Isa lleva todo el camino jugando con el metal de la boca pensando en lo que v

he, empujando la pesada puerta de roble

s de piedra vista daban una sensación de aislamiento absoluto. No había nadie en la recepción; el dueño, un paisano de la zona con el que Manuel había cerrado el trato, les había

ahora húmeda, dejaba ver con total nitidez el contorno generoso de sus pechos de talla 90, que subían y bajaban debido a la carrera. Isa, con el pelo chorreando so

e piedra que subían a las habitaciones-. Parece que estemos en otra época. Aquí

sus brazos fuertes, sin importarle empaparse con la humedad del vestido. Le apartó el pelo mojado

vida, porque pienso hacer que te oigan des

lado de Asun. Le pasó una mano grande por la espalda baja, hundién

l deseo-. El comedor de abajo nos espera con la cena, y tengo tres botellas de Mencía deseando q

Manuel, y luego fijó sus ojos en Jandro

sa de mano-. Que tengo frío y necesito que a

ntenidas rebotaban en las paredes del viejo caserón, mientras fuera, la tormenta de la montaña leonesa golpeaba con fuerza los

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La ley de la Carne
La ley de la Carne
“Lo que comenzó como una escapada espontánea de fin de semana para huir de la rutina de Lugo se transforma en un descenso vertiginoso hacia el desinhibido mundo del deseo absoluto. Manuel, un hedonista de carácter robusto y mente abierta, organiza un viaje junto a su esposa Asun, una mujer de curvas opulentas y descaro innato, con destino a "El Roble Viejo", un exclusivo hotel rural aislado en la indómita montaña leonesa. Los acompañan la hermana menor de Manuel, Isa -una joven estilizada, plagada de tatuajes y piercings con fantasías secretas-, y su marido Jandro, un imponente policía de actitud chulesca y firmeza ruda. Aislados por una violenta tormenta y estimulados por el alcohol, la complicidad familiar se fractura deliberadamente durante una noche de cartas frente a la chimenea. El juego destapa no solo la desnudez física de los cuatro, sino un morbo latente que dinamita los tabúes de la fidelidad y el parentesco. Las miradas posesivas y los roces calculados dan paso a un intercambio explícito de fluidos, donde la opulencia carnal de Asun y la sensualidad de metal y tinta de Isa se convierten en el epicentro de un engranaje sexual salvaje regido por la masculinidad de Manuel y la ruda disciplina de Jandro. Sin embargo, el caserón de piedra sillería guarda sus propias reglas. La complicidad del grupo se expande y se degrada deliciosamente cuando Carlos y Elena, los magnéticos dueños del hotel, descubren el balneario subterráneo y se suman a la marea de carne. A través de diferentes escenarios -desde la densa sala abuhardillada hasta el vapor de la cripta y el cuero aceitado de la sala de masajes-, los seis personajes se entregan a una espiral de sumisión, dobles penetraciones y transgresión masiva. En este refugio sin ley ni cobertura, las antiguas normas del matrimonio y la familia quedan reducidas a cenizas, sepultadas bajo el peso de un deseo implacable que promete consumirlos por completo antes de que el sol del domingo se atreva a asomar.”