el padre Andrés sobre el mío se sintió, por unos minutos, como el verdadero veredicto de mi audacia. Su respiración, antes salvaje y d
no un espacio denso, cargado con el olor metálico del sexo, el sudor compartido y el rastro del fluido cal
, dándome la espalda. Lo observé desde el sofá; su torso robusto seguía húmedo, y las marcas de mis uñas destacaban como hilos rojizos sobre la piel velluda de su espalda baja. Sin mirarme, recogió su ropa interior y los pantalones del s
lana, apagada, la de un hombre que intentaba desesperadamente levantar un muro de contención sobre el abismo que acabábamos de cruzar-. Las monjas
ncomodarme, me produjo un escalofrío de pura satisfacción. Me puse de pie sobre el suelo de mármol frío, con las piernas temblorosas. Mi fald
adió él, señalando con el dedo una puerta disimulada en la
minúsculo con un lavabo de porcelana blanca y un espejo de marco dorado desgastado, lo primero que hice fue mirarme. Mi rostro estaba encendido, los labios hinchados por los besos brutales y los
y en su cobardía al dejarme a medias. Y luego pensé en la tarde lluviosa con Marta e Isabel, en el contraste de nuestras pieles -la canela de Marta, la palidez pecosa de Isabel y mi dorado intermedio- unidas en un triángulo de lenguas y orgasmos repetidos en la comodidad de mi ca
, encontré al padre Andrés completamente vestido con su sotana negra. Estaba de pie junto a la ventana, mirando a través de los cristales de colores de la vidrier
ije, dando un paso hacia
cia mis piernas descubiertas y el sutil balanceo de mi falda, una chispa de debilidad cruzó su mirada oscura. Sabía q
atorios -instruyó, manteniendo la distancia-. Está menos
onrisa cargada de malicia, disfrutando de su evidente nerviosismo-. Después de to
. Al cruzar la puerta lateral que daba a los jardines del colegio, el aire fresco de la tarde de septiembre me golpeó la cara, espabilándome l
estaba rota, y ahora sabía exactamente cómo doblar la voluntad de un hombre que se creía inquebrantable. Sin embargo, al subir al vehículo y acomodarme en el último asiento, saqué mi cuader
uelven tarde. Tengo una nueva historia que contarles...
o esta vez, bajo la influencia de los fluidos del sacerdote que aún sentía latir en mi interior, la sesión en mi habitación alcanzaría un nivel de lujuria que
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