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La Gruta del Deseo

Capítulo 4 El altar de la carne

Palabras:1487    |    Actualizado en: 15/06/2026

n las manos apoyadas en las rodillas y las piernas cruzadas con tanta fuerza que sentía el latido rítmico y acelerado de mi propia entrepierna. Mis bragas de algodón blanco, parte d

dre Andrés un bruto que solo pensaría en saciar la erección que yo le había pr

oscuros recorrieron el espacio vacío hasta fijarse en mí con una gravedad pesada, casi famélica. Se alisó los pliegues de la sotana negra con un movimiento mecánico y caminó hacia la entrada principal. E

banco, sin detenerse, con una voz ronca que

stro sutil de vino de consagrar. Sin embargo, lo que me llamó la atención de inmediato fue un gran sofá de cuero chesterfield, antiguo y oscuro, arrinconado cerca de la ventana de vidrieras emplomadas. Me pareció una pieza extraña para una sacr

la estola morada del cuello y la dejó caer sobre una mesa, desprendiéndose del primer

rdenó, señal

slos dorados. El padre Andrés se acercó despacio, imponente con su altura, y se sentó a mi lado. La distancia entre nosotros des

susta, Elena -dijo, pronunciando mi nombre por primera vez. Su mano derecha, grand

mi cuerpo necesita -respondí, sosteniénd

ando sus dedos alcanzaron el borde de mi falda, la empujó hacia arriba sin prisa, revelando la blancura de mis bragas empapadas. Separé las piernas de inmediato, ofreciéndole el acceso libre,

pezas adolescentes; sus dedos recorrieron con precisión milimétrica cada pliegue de mi coño, acariciando los labios menores con pasadas húmedas antes de concentrar la presión de su pulgar directamente sob

te en mi entrepierna. ¡Qué maravilla! La textura de su lengua, firme y cálida, comenzó a lamer mi gruta con una devoción casi sagrada, devorando cada gota de mi humedad, subiendo y bajando con un ri

para ayudarle a desvestirse. El tejido negro cayó al suelo, seguido de su camisa, dejando al descubierto un torso robusto, de

adas y marcadas a lo largo de toda su longitud, latiendo con fuerza propia. El glande, húmedo y liberado del prepucio, apuntaba hacia arriba con una rigidez de piedra. No lo dud

le supliqué, con la voz rota, incapaz de

sus hombros anchos. Se colocó entre mis muslos y acercó la punta de su enorme polla a la entrada

era vez, pero solo sentí una molestia sorda, una presión inmensa que fue devorada de inmediato por el placer absoluto de la plenitud. De tanto masturbarme y de los juegos con mis amigas, mi gruta del deseo estaba lo suficientemente dilatada y lubrica

ra la piel un segundo, y volvió a meterla con todo su peso y entusiasmo. Una y otra vez. Una y otra vez. El ritmo se volvió frenético, salv

dole la espalda velluda, envuelta en un calor insoportable que nacía en mi vientre y me nublaba la vista. Mi vagina se contraía cada vez con más fuerza, respondiendo a la velocid

profundo de mí. Noté perfectamente cómo sus fluidos calientes estallaban en mi interior, inundando mis entrañas con chorros abundantes que me hicieron temblar. Nos quedamos as

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La Gruta del Deseo
La Gruta del Deseo
“A sus dieciocho años, Elena posee una certeza que escandalizaría a su entorno: su cuerpo no entiende de sutiles romanticismos, sino de una urgencia voraz, eléctrica y sin tabúes. Mientras las jóvenes de su edad sueñan con promesas inocentes, ella fantasea con el peligro de las manos maduras, el roce prohibido y el placer absoluto de ser explorada sin límites. En la urbanización donde pasa el verano, los chicos de su edad resultan predecibles y contenidos. Ni siquiera Javier, el muchacho más codiciado del grupo, es capaz de seguir el ritmo de sus insinuaciones subacuáticas en la piscina. Sin embargo, la mirada de un hombre maduro -alguien que triplica su experiencia y encarna la autoridad- despierta en Elena una obsesión irrefrenable. Un juego clandestino de roces calculados bajo el agua encenderá una mecha que ya no se podrá apagar. Obligada a canalizar esa insoportable tensión sexual, Elena encuentra un refugio seguro y ardiente en sus dos mejores amigas, Marta e Isabel. Juntas, las tres romperán las barreras de la timidez en una tarde de entrega absoluta, descubriendo una complicidad erótica que se convertirá en su secreto más preciado. Pero para Elena, el juego con sus amigas es solo el preludio. Ella necesita cruzar la línea definitiva. Al regresar a las estrictas aulas del colegio, Elena diseña el plan perfecto para saciar su curiosidad con el candidato más prohibido y peligroso: el confesor de la institución. Semana tras semana, detrás de la celosía del confesionario, Elena transformará el ritual del perdón en un juego de seducción psicológica, narrando sus fantasías más explícitas hasta desarmar por completo la rigidez del hombre sagrado. ¿Qué pasa cuando la tentación destruye los votos y el deseo se consume entre las sombras de una sacristía? La Gruta del Deseo es una novela erótica audaz y magnética sobre el despertar sexual sin complejos, el poder de la manipulación femenina y la búsqueda implacable de un placer que no entiende de moral, culpas ni redención.”