esterrada. Cinco años en los que la niña sumisa que limpiaba los salones de la Manada Garra de
ían hacia montañas coronadas de nieve, el sol matutino iluminaba una mesa d
ida con una elegancia arist
figura esbelta pero firme. Su cabello castaño, antes apagado y enredado, caía en ondas sedosas sobre sus hombros, y sus ojos, ante
Supremo Alistair. Bajo su mando, las finanzas y las al
al, inclinando la cabeza con profunda reverencia mientras le entregaba un pergamino firmado-. Los
ante -respondió Daphne con una voz suave pero dotada de un comando implacable-. No podemo
den, Lad
ventanal y tomó un sorbo de té helado, observando los jardines de la corte. Sin embargo, su exp
con una pequeña espada de madera cont
a
de su padre biológico, una ironía del destino que Daphne había tenido que aprender a manejar con absoluta cautela. El niño poseía una frondosa me
no se detenía en
de un depredador naciente. Con un movimiento rápido y una fuerza sobrehumana para su tamaño, golpeó la espada de madera d
a risa infantil pero teñida de una autoridad vibra
de Leo era tan abrumadoramente denso que, incluso a los cinco años, provocaba q
ese cuerpo tan pequeño, pequeño demonio -
o atrapara en el aire con un abrazo fraternal. Alistair lo levantó sin esfuerzo, despeinándole el cabello con afecto. Para el mundo exterior, Leo
s de piedra de los balco
a los capitanes con tu aura? -lo reprendió con dulzura p
y poniéndose de pie con las manos en las caderas, clavando sus intensos ojos violeta en lo
arcajada profunda qu
l niño con aprecio antes de dirigirse a Daphne con una mirada más seria-. Cada día que pasa, su poder se hace
e una determinación de acero-. Killian renunció a cualquier derecho la noch
n voz firme-. Pero el destino tiene una fo
a de la provincia del sur y se la tendió a Daphne. La estrat
s líneas del documento, su respira
chas, las alianzas con la Valle de Sangre se han roto tras disputas territoriales y el Alfa Killian se ve oblig
ado este momento, no con la desesperación de la venganza ciega
ía arrastrándose a las puertas de la fortaleza para rogar por la supervi
levantando la vista. Sus ojos bri
as -reveló Alistair, observando la reacción de su estratega-. ¿Estás
tar una espada de hierro real con ambas manos, mostran
uno de piedra -sentenció Daphne, guardando la carta en su túnica-. Prep
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