ma de aterrizaje privada. El viento salino del océano Pacífico azotó de inmediato el rostro de Sara, arrancando
ecido, la mansión era un triunfo de la arquitectura brutalista y la tecnología militar de vanguardia. Muros de hormigón reforzado, paneles de titanio oxidado a propósito y gigantescas cristaleras tintad
la aeronave. El magnate permanecía inmóvil, con la barbilla inclinada contra el pecho y las gafas negras fijas hacia el suelo
a años. Vestía un uniforme de ama de llaves de lana negra impecable, con el cabello plateado recogido en un moño tan rígido que parecía esculpido
bre el que pisaban-. Soy la señora Galdós. Tengo instrucciones precisas del señor Marcos Valmont y del co
humilde, bajando los
pero no ser una molestia. Solo deseo cuid
n absolutas: el ala este y los niveles inferiores están terminantemente prohibidos para el personal no autorizado y para usted. Las comidas se sirven a las ocho, las trece y las veinte horas. Cualquier salida de la propiedad debe ser soli
amente -murmuró Sara, fingiendo u
áxima potencia. Sus ojos no miraban a la señora Galdós; registraban la esquina superior derecha del marco de
n. Dejó que el tacón de su zapato izquierdo r
mó con un ch
al del marco de la puerta antes de que uno de los
enfermero enderezándola con brusque
eme -balbuceó Sara llevándose una ma
us dedos habían palpado la textura del sensor. No era una simple cámara de seguridad: era un detector de ondas m
"Si hubiera traído el emisor de radiofrecuencia estándar en la ropa interior, la alarma habría saltado en el pues
edas que era empujada por el pasillo central,
u sistema de análisis de movimiento calcularon el centro de masa de la joven: su tropiezo no había sido una pérdida de equilibrio estocástica. Había amort
", constató Damián en el silencio de su mente. Una oleada de fascinación salvaje se mezcló con su desconfianza natural.
una pasarela acristalada en el nivel superior. Al fondo, un ventanal colosal de cuarenta metros de ancho ofrecía una panorámica
ar, mandíbula cuadrada y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, se acercó con paso marcial.
Hendrick. Mis hombres custodian el perímetro las veinticuatro horas. L
ción se mantuvo lenta y mecánica, fingiend
Galdós a los enfermeros-. El traslado le produce fatiga extrema.
scensor neumático de cristal que se deslizaba en silencio entre los niveles de hormigón. Cua
ctos balísticos y tormentas de categoría cinco. En el centro exacto de la estancia, elevada sobre una tarima de roble blanco, descansaba una cama m
su cuarto de baño privado. El del señor está adaptado para acceso asistido. Si el señor experimenta alguna crisis nocturna, este
io -dijo Sara con voz devota, u
olocaron la sábana blanca de hilo hasta la mitad del pecho. Al ver por primera vez el rostr
. Sus pestañas eran oscuras y tupidas sobre unos párpados cerrados que parecían sellados en mármol. Su nariz er
ós-. La cena será servida a las ocho. Hasta e
do cerrojo electrónico de la puerta principal emitió un cha
ión con el hombre que gobernaba
el mar rugía en la penumbra creciente del atardecer. Sara llevó su mano a
Ya estoy dentro
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