nvernadero de cristal de la mansión, transformando la galería acristalada en un estanqu
lo alto de lana de cachemira color hueso y pantalones oscuros impecablemente planchados. Su postura era la de siempre: la espalda recta pero apoyada sin dinamismo en el res
scretos, Sara sostenía una taza de porcelana de Limoges con té de jazmín humeante. Con una delicadeza
oz cantarina, impregnada de una devoción conyugal qu
íquido caliente, tragando con una lentitud perf
in embargo, el
salto acrobático hacia la viga superior de acero -donde permaneció suspendida a diez metros de altura haciendo una apertura de piernas complet
con una servilleta de hilo. Al hacerlo, el
ra cucharada. "Anoche estuve a punto de morir por culpa de esa puerta de titanio. ¿Qué escond
Podía ver, a través de las microcámaras de sus gafas, cómo la tela del vestido disimulaba con maestría
on sarcasmo íntimo. "Casi te descubren por impaciente. Una profesional
calzado de cuero italiano sobre el s
dro tan conmovedor de amor
Damián era el vivo retrato del heredero consentido: traje de corte napolitano en azul eléctrico, camisa desabrochada hasta el pecho,
irectivo, hombres mayores con trajes oscuros y
de su taburete, bajando la ca
días. Estaba... dándole
edas, dando una palmada despectiva sobre el respaldo metálico que
mirada incómoda de los dos consejeros-. Míralo. El gran Damián Valmont, el terror de Wall Street, el emperador de la logística global.
al de lino. Mantuvo la voz baja, teñi
eñor Julián. Es su hermano y el pr
o directivo administra por su propio bien. Y tú... pobre Sara Navarro. Tu padre te vendió como a una yegua en subasta para no ir a prisión por banca
bra, fingiendo que las lágrimas es
upila de Sara se fijó en el bolsillo in
ium de cifrado militar de doble vía. Era el mismo modelo que las organizaciones paramilitares util
de diseñador?", razonó Sara a la velocidad del rayo. "Tú no sabes ni cambiar una rueda de tu Ferrari, Juliá
a su espalda. Levantó la mano derecha y rozó con sus dedos la cintura de la joven,
or el alcohol-. Mi hermano no puede cumplir con sus deberes de marido, Sara. Pero la familia Valmont siempre cuida de las necesidades de sus dam
Estuvo a una fracción de segundo de romper la farsa, girar sobre sus talones
izo
o derecho de Damián Valmont se sac
según los informes neurológicos no tenía fuerza prensil ni respuesta motora coord
de agua hirviendo a más de noventa grados
na rota cayeron con una puntería matemáticamente quirú
dando saltos histéricos mientras se agarraba los pantalones empapados,
corrieron hacia él en medio del caos, intentando apagar el vapor con servill
mbas manos, fingiendo un a
ido una convulsión medular! ¡L
rodeando el brazo supuestamente espástico
raban sobre los suyos con una firmeza férrea durante un tercio de segundo, t
irada hacia el ro
gafas oscuras y el pómulo, por una fracción de segundo,
amarada gélida, despiadada y lúcida que atrav
leando contra sus costillas mientras los gritos de Julián
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