ipal era tan denso que el murmullo de las olas sesenta met
lizó los pies descalzos sobre la alfombra de lana de vicuña, moviéndose con esa ingravidez milimé
el calor corporal y neutralizar la firma infrarroja ante escáneres térmicos pasivos. En su muslo derecho, ajustado con cintas de velcro de bajo ruido, llevaba un estuche de fibra de carbono no detectable po
acia la puerta, Sara se det
dad del testigo presencial. Aunque el informe médico afirmaba que Damián Valmont era un cadáver parlante s
linó s
piel del magnate y el compás pausado de su respiración contra sus labios. En la penumbra teñid
ego, con la yema del dedo pulgar, contuvo su propio aliento y rozó suavemente la comisura de los párpados
ración en el monitor cardíaco. Cin
suspiro inaud
argura. "Cuanto más duermas, más fácil será salvar
rta de acceso de la suite, fundiéndose en
édica, Damián Valmont abri
eta perfecta de su esposa. Los sensores térmicos de alta definición instalados en las ranuras del falso techo de la h
gre le golpeaba los oídos
stuvo a centímetros del suyo. Pudo oler la fragancia de su piel: una nota limpia de jabón de glicerina, jazmín silvestre y ese ras
s codos en la cama con una fluidez atlética que habría dejado para
idad. La mansión Valmont tenía dos redes de seguridad: la oficial, gestionada por Hendrick y monitoreada por los guardias con cámaras conven
on cristal de zafiro, Damián observó el
pararía un registro en el panel de guardia. En su lugar, se había deslizado hacia el vestid
a de torsión silenciosa de su estuche. Se deslizó dentro del conducto con la elasticidad
dibujándose en sus labios. "Conoce los puntos ciegos d
adillas de silicona de su traje táctico. En su antebrazo izquierdo llevaba una pantalla flexible que proyectaba el plano tri
ioteca este. Los informes de inteligencia de Némesis indicaban que allí se encontraba el terminal
a de los conductos, Sara llegó a la rejilla de
luz amarilla sobre cuadros de pintores expresionistas. Un guardia de seguridad con uniforme negro y una pistola Glock 17
uardia: cuatro minutos y doce
ento rápido y silencioso, bajó de la rejilla sujetándose con las manos a la
hacia la puerta del
te a la entrada, Sa
maciza de titanio cepillado de grado militar, encastrada directamente en el hormigón armado de los muros. En el centro del marco no había lector de huellas: había un es
ta de sudor frío deslizarse por su sien. "Esto no es seguridad
icador de radiofrecuencia y acer
consola de Damián emitió
sondeo RF no autoriz
mpa de sobrecarga que él mismo había instalado para freír los
a portátil. Con dos toques en la pantall
resonancia desactiv
un error de lectura: la señal del teclado se disipó como si hub
strada pero aliviada de que
siados secretos -susurró, guarda
a, el sonido de botas pesadas acelerando el paso re
ba regresando a
rtinas, ni armarios donde esconderse. El pasillo
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