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El pacto de los dos farsantes

Capítulo 4 Sombras en el techo

Palabras:1401    |    Actualizado en: 16/10/2026

ipal era tan denso que el murmullo de las olas sesenta met

lizó los pies descalzos sobre la alfombra de lana de vicuña, moviéndose con esa ingravidez milimé

el calor corporal y neutralizar la firma infrarroja ante escáneres térmicos pasivos. En su muslo derecho, ajustado con cintas de velcro de bajo ruido, llevaba un estuche de fibra de carbono no detectable po

acia la puerta, Sara se det

dad del testigo presencial. Aunque el informe médico afirmaba que Damián Valmont era un cadáver parlante s

linó s

piel del magnate y el compás pausado de su respiración contra sus labios. En la penumbra teñid

ego, con la yema del dedo pulgar, contuvo su propio aliento y rozó suavemente la comisura de los párpados

ración en el monitor cardíaco. Cin

suspiro inaud

argura. "Cuanto más duermas, más fácil será salvar

rta de acceso de la suite, fundiéndose en

édica, Damián Valmont abri

eta perfecta de su esposa. Los sensores térmicos de alta definición instalados en las ranuras del falso techo de la h

gre le golpeaba los oídos

stuvo a centímetros del suyo. Pudo oler la fragancia de su piel: una nota limpia de jabón de glicerina, jazmín silvestre y ese ras

s codos en la cama con una fluidez atlética que habría dejado para

idad. La mansión Valmont tenía dos redes de seguridad: la oficial, gestionada por Hendrick y monitoreada por los guardias con cámaras conven

on cristal de zafiro, Damián observó el

pararía un registro en el panel de guardia. En su lugar, se había deslizado hacia el vestid

a de torsión silenciosa de su estuche. Se deslizó dentro del conducto con la elasticidad

dibujándose en sus labios. "Conoce los puntos ciegos d

adillas de silicona de su traje táctico. En su antebrazo izquierdo llevaba una pantalla flexible que proyectaba el plano tri

ioteca este. Los informes de inteligencia de Némesis indicaban que allí se encontraba el terminal

a de los conductos, Sara llegó a la rejilla de

luz amarilla sobre cuadros de pintores expresionistas. Un guardia de seguridad con uniforme negro y una pistola Glock 17

uardia: cuatro minutos y doce

ento rápido y silencioso, bajó de la rejilla sujetándose con las manos a la

hacia la puerta del

te a la entrada, Sa

maciza de titanio cepillado de grado militar, encastrada directamente en el hormigón armado de los muros. En el centro del marco no había lector de huellas: había un es

ta de sudor frío deslizarse por su sien. "Esto no es seguridad

icador de radiofrecuencia y acer

consola de Damián emitió

sondeo RF no autoriz

mpa de sobrecarga que él mismo había instalado para freír los

a portátil. Con dos toques en la pantall

resonancia desactiv

un error de lectura: la señal del teclado se disipó como si hub

strada pero aliviada de que

siados secretos -susurró, guarda

a, el sonido de botas pesadas acelerando el paso re

ba regresando a

rtinas, ni armarios donde esconderse. El pasillo

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El pacto de los dos farsantes
El pacto de los dos farsantes
“Damián Valmont es un magnate implacable que finge haber quedado ciego y parapléjico tras un atentado con coche bomba para cazar al traidor de su propia familia. Para sostener su fachada de vulnerabilidad absoluta, acepta casarse con Sara Navarro, la hija dócil y sumisa que un clan en bancarrota entrega para saldar sus deudas. Pero Sara no es una víctima: es Cipher, una operativa de ciberespionaje de élite que aceptó la boda con un único fin: robar los códigos ocultos en la mansión para pagar el rescate de su madre secuestrada. Cada noche, ella se escabulle entre las sombras creyendo que su esposo duerme indefenso en su cama médica. Cada noche, él la vigila a través de cámaras térmicas a escasos centímetros de su rostro, fascinado por la audacia de la mujer que duerme a su lado. El juego da un giro sangriento cuando un sicario real irrumpe en la mansión durante un apagón total. En la oscuridad absoluta, ambos deberán neutralizarlo en silencio sin desenmascararse el uno ante el otro... o arriesgarse a descubrir que el mayor peligro no es la muerte, sino la verdad compartida en la misma cama.”