ligeramente por el pinchazo. El dolor duró solo un par de segundo
su rostro y cómo apretaba los dientes, la tomó del bra
la voz perdiendo parte de su f
mientras la llovizna le mojaba la cara-. Fue un tirón muy
ecorrieron la calle con prisa, buscando cualquier sombra o vehí
l abrió la puerta de hierro con una llave pesada y subieron tres pisos por una escalera que olía a humedad y humedad rancia. El
n sillón hundido en la esquina y una pequeña coc
las dos maletas de Renata al suelo cerca del
misma. El lugar se sentía ajeno y amenazante, pero la prese
us espaldas mientras él encendía la luz amarilla de la cocina-. No me querías cerca cu
ra y sirvió un vaso. Le extendió el cristal a Renata
a puerta -dijo él, mirándola fijamente a los ojos-. Tú no eres su basura, pero es
las manos temblorosas. El peso d
ó ella-. Esos hombres dijeron que te van a
avanzara-. Mañana te quedas encerrada aquí. No le abres a nadie, no te as
io, sabiendo que disc
las grietas del techo en la penumbra. Escuchó el crujido del sillón de la
a estancia a tiempo para ver a Gael abrochándose una chaqueta de cuero pesada sobre una camiseta lim
él, sin volverse a mirarla mientra
favor...
llo y cerró la puerta con dobl
as que el único sonido era el goteo de la cocina. De pronto, un ruido extraño la hizo co
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