sobre la barra de la cocina. Se pegó a la pared lateral del pasillo, aguantando la respiración mientras la manija giraba des
desgastado y ceño fruncido, cruzó el umbral sosteniendo un manoj
teniéndose en seco al ver a Renata acorralada contra la
ría el cuerpo. La mujer la examinó de arriba abajo con desprecio evidente, deteniendo
cular Renata, secándose el sudor frío
la mesa de madera-. Soy doña Marta, la dueña del inmueble. Dile a tu "amigo" que vino el cobrador del agua y que ya tiene dos meses de retraso con el alqui
regrese -respondió Renata, intentando mantener la voz fir
callejón de abajo preguntando por la novia del tipo que metieron a la cárcel. No quiero delincuentes ni patrullas en mi
contra el piso de mosaico frío, y cerró la puerta de un
momento anterior dio paso a una pesadez aplastante. No solo estaban siendo perseguidos por la gente de Don
pisaba el lugar para desplomarse a dormir unas horas antes de volver a la calle. En la pequeña alacena de la cocina solo había un paquete de arroz medio
los dos únicos vasos que había en el fregadero y ordenó las maletas en el rincón del cuarto pequeño. Necesitaba mantenerse
persiana rota de la sala. Renata caminaba en círculos, mirando el reloj de pared que avanzaba con un tictac exaspera
udillos de la mano izquierda rojos e hinchados. Entró cerrando la puerta con doble vuelta de llave y tiró sobre
do tres pasos hacia él-. Vino la dueña del departamento. D
ándola sobre el espaldar del sillón. Su voz sonaba cansada, más rasposa que de costumb
obre la mesa. No era un sobre bancario. Tenía los bordes gastados
ró ella, sintiendo que el nudo en su estómago regresaba
avó las manos con un pedazo de jabón neutro. El agua que caía por el desagüe se tiñó d
lverse a mirarla-. Héctor aceptó congelar los intereses y dejarte en paz. A
ja los cobros de piso, la mercancía robada y la gente armada de este di
poca luz que entraba por la ventana. Sus ojos oscuros l
é en la calle -dijo él, con una voz baja pero que retumbó con fuerza en la pequeña sala-. A partir de hoy las
ió ella, sosteniéndole la
os centímetros de ella. El olor a sudor, tab
o afuera ni de dónde sale el dinero. Y tercera... -Gael hizo una pausa, mirando la bolsa de comida y luego el papel del laboratorio que cont
sde la cárcel? -pregun
no fijo de la pared. Sin dudar un segundo, jaloneó el cable de la
ntenció Gael, dándole la espalda para caminar hacia el baño-. Come alg
sucio sobre la mesa. La realidad la golpeaba sin piedad: ya no era la chica obediente que dependía de las decisiones de sus padres o de las promesas de su novio
haqueta de cuero que Gael había dejado sobre el sillón, algo pesado r
uelo descansaba una pistola escuadra de nueve milí
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