Guxin Ruchu
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Libros y Cuentos de Guxin Ruchu
Mi matrimonio perfecto, su secreto mortal
Urban romance Durante tres meses, fui la esposa perfecta del multimillonario tecnológico Alejandro de la Cruz. Creía que nuestro matrimonio era un cuento de hadas, y la cena de bienvenida por mi nueva pasantía en su empresa debía ser la celebración de nuestra vida perfecta.
Esa ilusión se hizo añicos cuando su ex, Diana, una mujer hermosa y desquiciada, irrumpió en la fiesta y le clavó un cuchillo de carne en el brazo.
Pero el verdadero horror no fue la sangre. Fue la mirada en los ojos de mi esposo. Acunó a su atacante, susurrando una sola palabra tierna, destinada solo para ella:
—Siempre.
Se quedó de brazos cruzados mientras ella me ponía un cuchillo en la cara para quitarme un lunar que, según ella, yo le había copiado. Observó cómo me arrojó a una jaula con perros hambrientos, sabiendo que era mi miedo más profundo. Dejó que me golpearan, que me metiera grava en la garganta para arruinarme la voz y que sus hombres me rompieran la mano con una puerta.
Cuando lo llamé por última vez, suplicando ayuda mientras un grupo de hombres me acorralaba, me colgó.
Atrapada y dada por muerta, me lancé por una ventana de un segundo piso. Mientras corría, sangrando y rota, hice una llamada que no había hecho en años.
—Tío Francisco —sollocé al teléfono—. Quiero el divorcio. Y quiero que me ayudes a destruirlo.
Ellos pensaron que se habían casado con una don nadie. No tenían idea de que acababan de declararle la guerra a la familia Elizondo. Su Juego Cruel, Su Corazón Roto
Urban romance Estaba a punto de casarme con Héctor de la Torre, el heredero de un imperio inmobiliario. Durante tres años, el mundo fue testigo de nuestro cuento de hadas: la pobre estudiante de arte que se robó el corazón de un príncipe.
Pero en la víspera de nuestra boda, descubrí la verdad. Toda nuestra relación era una mentira, un cruel "experimento social" de tres años que él orquestó para humillarme y divertir a su amor de la infancia, Estela.
La verdad salió a la luz después de que un accidente de coche revelara que tenía tres meses de embarazo. Con el corazón destrozado, entré sola a una clínica y dejé a nuestro bebé en una fría mesa de operaciones.
Pero mi dolor era solo parte de su entretenimiento. Montaron un falso secuestro, y Héctor eligió "salvar" a Estela sin dudarlo, dejándome a mí para que me empujaran por un acantilado sobre un colchón de aire mientras sus amigos se reían a carcajadas.
En una gala benéfica para un centro de artes en el que había puesto toda mi alma, él le dio públicamente todo el crédito a Estela, tachándome de fraude. El escándalo resultante provocó que mi mentor muriera de un infarto.
Luego, enviaron un pastel de "condolencias" a su funeral. Con un glaseado alegre, decía: "¡Lamento tu pérdida! ¡Otra víctima de la broma!". Estaba firmado por ambos.
Fue entonces cuando el último trozo de mi corazón se convirtió en piedra. Me alejé de la tumba, saqué mi celular e hice una llamada.
-Gael -logré decir con un nudo en la garganta-, perdí la apuesta. Estoy lista para irme. El Costo Invisible del Amor
Urban romance Durante diez años, lo di todo por mi novio, Damián. Después de que un escándalo familiar lo dejara marginado y destrozado, tuve dos trabajos para mandarlo a una universidad de prestigio, creyendo en el genio que todos los demás habían abandonado.
Pero en el momento en que se convirtió en el innovador tecnológico que siempre supe que podía ser, se enamoró de otra: una colega rica y brillante llamada Carla Garza.
De repente, yo era una vergüenza. Sus nuevos amigos susurraban sobre la "meserita" que lo arrastraba hacia abajo. Él también empezó a olvidarme. Olvidó mi cumpleaños. Olvidó mi comida favorita. Durante una alarma de incendio en un restaurante, pasó corriendo a mi lado para salvarla a ella, dejándome caer entre la multitud aterrorizada.
Fui yo quien lo bajó de una azotea cuando quería morir. Sacrifiqué mis propios sueños para que él pudiera tener los suyos. Pensé que me amaba, pero yo solo era una deuda que se sentía obligado a pagar.
Después de que me abandonó en ese incendio, finalmente me rendí. Compré un boleto de autobús de ida a casa, lista para desaparecer de su vida.
Entonces, recibí un video de Carla: su confesión de amor entre lágrimas.
Respiré hondo, le envié un último mensaje diciéndole que habíamos terminado y bloqueé su número para siempre. Le puede gustar
Anhelando al hombre incorrecto
Elysian Sparrow Pasó diez años persiguiendo al hombre correcto, solo para enamorarse del incorrecto en un fin de semana.
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Sloane Mercer ha estado locamente enamorada de su mejor amigo, Finn Hartley, desde la universidad. Durante diez largos años, ha estado a su lado, reparándolo cada vez que Delilah Crestfield, su novia, le destrozaba su corazón.
Cuando Delilah se compromete con otro hombre, Sloane piensa que finalmente podrá tener a Finn para ella. No podría estar más equivocada.
Desesperado y con el corazón roto, Finn decide presentarse en la boda de Delilah y luchar por ella una última vez. Y quiere a Sloane a su lado.
A pesar de sus dudas, ella lo acompaña a Asheville, esperando que estar cerca de Finn de alguna manera lo haga verla como ella siempre lo ha visto.
Todo cambia cuando conoce a Knox Hartley, el hermano mayor de Finn, un hombre que no podría ser más diferente a su amigo. Es peligrosamente magnético. Knox entiende a Sloane y se propone atraerla a su mundo.
Lo que comienza como un juego arriesgado entre ellos, pronto se convierte en algo más profundo. Sloane está atrapada entre dos hermanos: uno que siempre ha roto su corazón y otro que parece decidido a conquistarlo... sin importar el costo.
AVISO DE CONTENIDO:
Esta historia está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.
Explora temas de romance oscuro como la obsesión y el deseo con personajes moralmente complejos.
Aunque es una historia de amor, se recomienda discreción al lector. De Joven Pobre A Esposo Adecuado
Little Red Cap La vida me dio una bofetada sin mano, dejándome de la realeza a vendedora de bolsos de lujo, los mismos que antes compraba sin pestañear.
Justo cuando pensaba que nada más podía sorprenderme, él, Mateo, el chico becado que solía seguirme con la mirada, cruzó la puerta de la tienda, transformado en un hombre imponente y millonario.
Mi corazón traicionero empezó a latir desbocado, mientras sus ojos oscuros me analizaban con una sonrisa casi imperceptible.
Aunque ahora era un poderoso magnate, para mí, seguía siendo el Mateo que, en la prepa, aceptaba mis almuerzos bajo el pretexto de ser "mi tutor" en un trato secreto inquebrantable.
Pero nuestro secreto no duró: la envidia de la profesora de física y la crueldad de Raúl lo expusieron.
Raúl, ciego de celos, lo golpeó brutalmente, y por protegerme, Mateo lo soportó todo en silencio para no perder su beca.
"Si me expulsan, no puedo ir a la universidad. Y si no voy a la universidad... nunca podré darte nada", me dijo, mientras lo llevaba a rastras a la clínica de mi familia.
Me destrozó ver cómo ese noble chico, que juraba protegerme, recibía golpes por mí, una "princesa" acostumbrada a que el mundo girara a su alrededor.
Y yo, cegada por la ira y el dolor, usé la influencia de mi padre para destruir a Raúl, sin medir las consecuencias.
Esa fue la última vez que le vi.
Me fui a la universidad, esperando que me buscara, pero nunca lo hizo.
Hasta que la vida nos golpeó, mi familia lo perdió todo, y yo me vi obligada a trabajar en una cafetería para sobrevivir.
Un día, mi celular sonó y era su voz, profunda y madura, "Me enteré de lo que pasó. Lo siento tanto" , me dijo.
De la nada, hizo una transferencia millonaria para ayudarme y, como en el pasado, no aceptó un "no" por respuesta.
"Una vez me dijiste que era un trato. Tú me ayudabas con las tutorías, yo te pagaba con comida. Bueno, ahora el trato se invierte".
Y así, de nuevo, nos conectamos en un torbellino de emociones y recuerdos.
Hasta que una tarde, la campana de mi cafetería sonó y él apareció, de pie, más alto y delgado que nunca, con esa sonrisa tímida.
"Vine solo para verte. Y para asegurarme de que estabas bien", susurró, mientras me abrazaba.
"Voy a trabajar muy duro, Sofía. Voy a conseguir un buen trabajo, y voy a sacarte de aquí. Te lo prometo. Te daré una vida mejor."
En ese momento, apareció Raúl, para burlarse de nuestro reencuentro, pero Mateo, con una calma aterradora, le soltó una verdad demoledora, "Con mi cerebro y determinación, construiré un futuro que con tu dinero heredado, jamás podrías imaginar" .
Mateo se marchó, dejándome con la sensación de que, a pesar de todo, siempre lo elegiría a él.
Años después, en esa misma tienda de lujo en la que trabajo, el destino irrumpió con Mateo.
Me entregó bolsas y bolsas de bolsos de diseñador, y dijo, "Te espero afuera... súbete, tenemos mucho de qué hablar".
En el coche, me reveló que su padre biológico, un magnate tecnológico, lo había encontrado y él, siendo su único heredero, había comprado la deuda de mi padre.
Él había cumplido su promesa de darme una vida mejor, pero a pesar de la cercanía, mantenía una extraña distancia emocional, como si yo fuera solo un "proyecto de caridad".
Frustrada y con el corazón en la mano, decidí salir con otro hombre, Carlos, para intentar borrarlo de mi cabeza.
Pero Mateo no lo permitió, saboteando cada cita, demostrando ser un genio controlador con un lado posesivo aterrador.
Hasta que, agotada, lo enfrenté: "Mateo, tú y yo solo somos amigos. Necesito que respetes eso".
Él apareció en la puerta de mi casa, pálido y con los ojos rojos, y con la voz llena de un doloroso arrepentimiento, me confesó una verdad aplastante.
"Te he amado desde el primer día que me hablaste en el salón de clases, Sofía. Te he estado perdiendo por mi estúpido miedo. No puedo... no puedo verte con otro".
Me arrodillé con él, y entre lágrimas, le susurré, "Llegas diez años tarde... me has hecho sufrir como nadie, y te amo como a nadie" .
Nos besamos, y me volví a sentir en casa.
Nos convertimos en una pareja poderosa, y en nuestro primer aniversario, me pidió que me casara con él.
Luego, en nuestra boda, Raúl apareció, y al intentar humillar a Mateo, lo derroté con una confesión que lo dejó pálido.
El padre de Mateo reveló que él era el presidente y único heredero del imperio tecnológico en el que nos movíamos, dejando a Raúl humillado.
De vuelta en su antigua casa, le dije: "No cambiaste tu destino, solo estuve aquí para verlo florecer".
Y sellamos nuestro amor con un beso, sabiendo que nuestro "para siempre" era real y absoluto. Ya No Era La Novia Abandonada
A Chu El evento "Aura de Moda" era la cumbre de mi éxito, mi marca "Renacer" brillaba como patrocinador principal, y mis diseños eran la envidia de todos.
Pero entonces, Ricardo Vargas y Sofía irrumpieron, su mera presencia un eco de la humillación que me infligieron hace cinco años, cuando mi mundo se hizo pedazos en el altar.
Me humillaron, escupieron veneno sobre mi pasado y se burlaron de mi supuesta desgracia, sin saber que su desprecio solo alimentaba mi fuego interior.
¿Acaso olvidaron que la mujer que abandonaron a las puertas de una iglesia fue capaz de levantarse y construir un imperio con sus propias manos?
Se atrevieron a dudar de mi felicidad, de mi valía, e incluso de mi anillo de bodas, ese que Ricardo intentó arrancar de mi dedo con una furia ciega, para luego arrastrarme y encerrarme como un animal.
Mientras yacía herida en la oscuridad, la voz de una amable limpiadora me dio la clave: mi esposo, el poderoso Marcos Vélez, venía a buscarme.
Y cuando Ricardo me arrastró de regreso para consumar su cruel espectáculo de humillación pública, blandiendo un cinturón para castigar mis manos, Marcos Vélez apareció, y con un solo golpe, el destino de Ricardo cambió para siempre. La Traición del Mole
Chen ziluo Hoy, nuestro séptimo aniversario de bodas, se suponía que sería un día de dulces recuerdos.
Pero el único sabor que sentía era la amargura de la traición, una foto en mi teléfono, mi esposo Ricardo y su asistente, Valentina, besándose apasionadamente en su oficina.
"A Ricardo le aburren los sabores tradicionales, Sofía. Él prefiere un juego más… prohibido. Y ese juego soy yo", leí el mensaje y mi mundo se vino abajo mientras seguía envolviendo tamales, los favoritos de Ricardo, para una celebración que nunca sería.
Horas después, las risas de Ricardo y Valentina resonaron en mi hogar, y mi pequeña Lucía se detuvo en seco al ver a la mujer colgada de su brazo.
"¡Qué bien huele!", exclamó Valentina, "Pero, ay, Ricardo, ya sabes que a mí el mole no me gusta. Se me antojan unos tamales de dulce, de esos rositas."
"Sofía, hazle unos tamales de dulce a Valentina", ordenó Ricardo, sin siquiera mirarme, su voz fría.
Con una calma que no sentía, le respondí: "No hay. Hice de mole, tus favoritos, para celebrar nuestro aniversario".
La respuesta de Ricardo fue violenta: gritó, tiró del mantel, destrozando todo, salpicando mole en Lucía y en mí, y nos encerró en la cocina, prometiendo una cena en el mejor restaurante para Valentina.
Acurrucada con Lucía en el suelo frío de la cocina, con el olor a mole y humillación impregnado en nosotras, supe que mi matrimonio no estaba roto, sino muerto.
Ricardo lo había matado mucho antes.
A la mañana siguiente, las risas crueles de Ricardo y Valentina nos recibieron.
"Pronto todo lo de tu papá será mío, escuincla. Y tú y tu mamá se irán a la calle, que es donde pertenecen", le dijo Valentina a Lucía.
Cuando Lucía la enfrentó, Valentina le derramó café caliente en el brazo. Ricardo entró, y en lugar de defender a nuestra hija, la abofeteó.
"¡Ni se te ocurra volver a tocarla!" , grité, abalanzándome sobre él.
"Mi lugar ya no es aquí", le anuncié. "Quiero el divorcio, Ricardo. Ahora mismo."
Su sonrisa torcida y cruel me heló: "Te vas a quedar aquí. Tú y ese estorbo. Y voy a hacer de cada día de tu vida un infierno".
En la oscuridad de la cocina, planeé mi escape. Le había entregado un acuerdo de divorcio legal entre sus documentos, que él, confiado en su control, había firmado.
Solo necesitaba el momento perfecto para mi venganza.
El caos estalló un sábado cuando Lucía, harta de Valentina, la pateó, y esta la empujó, haciendo que la cabeza de mi hija golpeara la mesa.
Un hilo de sangre brotó de su sien y el pánico me invadió.
"¡LA MATASTE! ¡VOY A MATARTE, VALENTINA! ¡LO JURO!", grité, golpeando la puerta.
Ricardo llegó, y Valentina, llorando, lo manipuló: "¡Ricardo, mi amor! ¡Ayúdame! ¡Esta niña salvaje me atacó y Sofía me está amenazando de muerte!".
Él me gruñó: "¿Qué demonios hiciste ahora, Sofía?" .
"¡Fue ella! ¡La empujó!" , lloré. "¡Lucía no se mueve, Ricardo! ¡Tenemos que llevarla a un hospital!" .
Su respuesta fue cruel: "La llevaré al hospital. Pero con una condición. Pídele perdón a Valentina. De rodillas" .
"Ponte de rodillas y suplícale a Valentina que te perdone por haber criado a una hija tan agresiva. O la dejo aquí, en el suelo, hasta que se desangre. Tú decides."
Por Lucía, me arrodillé, la humillación quemándome la garganta.
"Perdóname, Valentina. Te ruego que me perdones".
Ricardo, con gélida satisfacción, exigió más: "No es suficiente. No parece sincero. Valentina quería tamales de dulce, ¿recuerdas? Vas a prepararlos. Ahora mismo. Los mejores tamales de dulce que hayas hecho en tu vida".
Amasé los tamales con lágrimas, el veneno de mi odio mezclándose con el dulce. Cuando terminé, me derrumbé.
Ricardo, al principio indiferente, entró en pánico al verme inconsciente.
Vio mis moretones, cicatrices de su propia violencia, y una culpa abrumadora lo golpeó.
En la ambulancia, entre Lucía y yo, susurró: "Perdóname, Sofía. No sé en qué me convertí".
Desperté en el hospital, y Ricardo, con una muñeca, intentó redimirse, pero Lucía, con una frialdad adulta, lo rechazó: "No quiero tu muñeca. Y no me llames princesa. Tú no eres mi papá" .
"Tú no eres mi papá. Mi papá no me pega. Mi papá no deja que esa mujer mala me lastime. Vete", le dijo Lucía.
Mi risa seca resonó. "¿Como antes, Ricardo? ¿Lo de ayer, o lo de hace años, cuando me abandonaste por tu amante?"
Cuando le pregunté si Valentina le había dicho que Lucía no era su hija, su silencio confirmó que su crueldad nació de una mentira.
Horrorizado, Ricardo obtuvo una prueba de paternidad que confirmó que Lucía era suya.
Dejó a Valentina y llamó a la policía para denunciarla por agresión a un menor, fraude y extorsión.
Valentina, acorralada, gritó maldiciones, pero Ricardo, ya sin nada que perder, la entregó a las autoridades.
Al día siguiente, Ricardo nos esperaba en casa. "Lo siento", dijo, su voz ronca.
"Ahorrátelas, Ricardo. Solo venimos por nuestras cosas", le corté.
Le entregué el sobre que lo hizo palidecer. Era el acuerdo de divorcio, firmado por él mismo.
"El daño que nos hiciste a mí y a mi hija no se arregla con dinero, Ricardo", le dije. "Hay cosas que se rompen para siempre. Y tú rompiste esto".
Lucía y yo nos fuimos, dejándolo sollozando en la sala.
En el taxi, Lucía preguntó: "¿A dónde vamos ahora, mami?".
"A donde queramos, mi amor. A empezar de nuevo". Y por primera vez en años, respiré libre. LA CHICA
YorickoP "La chica": ella era una habitante de la calle, analfabeta, sin apellidos, cabello rubio, ojos con evidente heterocromía, muy delgada, sucia, con la ropa raída y edad incierta.
Un día fue atropellada por el auto super lujoso de un hombre serio, calculador, amargado y despiadado que tuvo que detener su camino porque había muchos testigos alrededor y con sus teléfonos listos grabando todo, así que le ordenó a su chofer que saliera y se hiciera cargo de lo que fuera que hubieran golpeado.
Al tenerla en el automóvil el olor nauseabundo que desprendía ella, lo asqueaba, pero solo fue una primera impresión, el tiempo lo hará desearla, anhelarla y buscarla con desesperación.