Hua Luo Luo
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Libros y Cuentos de Hua Luo Luo
La Prometida Humillada: Renace Poderosa
Urban romance La noche de mi compromiso era un sueño hecho realidad.
Ahí estaba yo, Sofía Morales, la perfecta prometida, radiante bajo los candelabros, lista para unir dos de las familias más poderosas de México con Ricardo Vargas.
Pero justo cuando Ricardo subió a la tarima, su sonrisa vaciló, su voz tembló, y mi futuro brillante se hizo pedazos.
"No puedo casarme con Sofía Morales" , anunció, con su mirada extraña y culpable.
El salón, antes lleno de risas, enmudeció.
Todas las miradas se clavaron en mí, esperando ver mi derrumbe.
Pero Ricardo no había terminado su humillación.
"Porque mi corazón, mi verdadera alma gemela, pertenece a otra persona" .
Y de las sombras emergió Camila Flores, la hija de nuestra ama de llaves, con un vestido prestado y la mirada en el suelo.
Mi prometido, el heredero de los Vargas, tomó de la mano a aquella Cenicienta de la nada, y la presentó como su "amor verdadero" , como su futuro.
Fui humillada, rechazada y reemplazada frente a toda la élite social de la Ciudad de México.
De repente, era el hazmerreír de todos, la mercancía dañada.
Ricardo ofrecía migajas, caridad.
Creyó que esta farsa me destruiría.
Pero lo que él no sabía es que esa humillación no me había destruido; me había liberado.
Conocía sus secretos más oscuros, la "contabilidad creativa" de su familia, la verdad detrás del imperio Vargas.
Y una Sofía Morales liberada, créanme, es mucho más peligrosa que una prometida dócil.
Este juego no lo terminaría Ricardo; lo terminaría yo. La Venganza de Sofía
Suspense El teléfono sonó, un grido ensordecedor que destrozó la tensa calma de mi sala.
Era el secuestrador de mi hijo Miguel, de ocho años, y lo primero que exigió fue el dinero del rescate, la tal "lana" .
Mi corazón se desplomó cuando mi esposo, Ricardo, me confesó que había vaciado nuestras cuentas.
Todo lo había transferido a "Estrellita" , su amante, para una supuesta cirugía de vida o muerte para su "hijo" Mateo.
Mi esposo había usado el rescate de nuestro hijo para salvar al hijo supuestamente enfermo de su amante.
La traición me golpeó como un rayo.
Con el alma destrozada y una frialdad que no sabía que poseía, tomé una decisión impensable.
Llamé al "secuestrador" y, mirando a Ricardo a los ojos, le dije: "Ya no vamos a pagar."
Luego, en una jugada maestra, involucré a "Estrellita" y a su "hijo" en la farsa del secuestro.
Quería que Ricardo sintiera la misma agonía, la misma elección imposible que él me había impuesto.
El "secuestrador" le obligó a elegir: ¿Miguel o Mateo?
El secuestrador, con una crueldad sádica, forzó a Ricardo a elegir a cuál de sus hijos salvaría.
Esperé, conteniendo la respiración mientras mi vida se desmoronaba.
Y entonces, Ricardo pronunció el nombre. Saluda A Tu Nueva Madre
Moderno Estaba locamente enamorada de Máximo Castillo, el hijo del presidente. Era la noche de nuestra fiesta de compromiso, el inicio de lo que creí sería mi cuento de hadas.
Pero en el salón privado de la mansión de los Castillo, mi foto era el centro de su juego macabro: Máximo lanzó un dardo, clavándolo en mi frente, anunciando que se casaría conmigo esa misma noche.
Creí en sus palabras, en su mirada... hasta que, frente a toda la élite del país, brindó por "la verdadera novia de la noche": mi prima, Sasha Salazar, a su lado. Me humilló públicamente, diciendo que yo sería la asistente personal de su futura esposa. Luego, los amigos de Máximo y Sasha me arrastraron a un viejo silo de café, oscuro y maloliente, donde grité hasta que mi garganta sangró, hasta que mis nudillos se rompieron. Morí allí, sola y abandonada.
¿Cómo pudieron ser tan crueles? ¿Por qué mi amor, mi inocencia, se convirtieron en un arma para destruirme? ¿Por qué nadie me ayudó?
Cuando abrí los ojos, la misma música sonaba. Estaba de vuelta en el salón privado de los Castillo, Máximo sostenía el dardo. Renací. Y esta vez, el juego no sería el mismo. Cicatrices de Vino y Sangre
Romance Durante siete años, intenté ser la prometida perfecta para Iván en Buenos Aires, una vida que parecía destinada a la felicidad.
Pero un día, mi mundo se desmoronó: Iván, mi prometido, manipuló fotos íntimas y las esparció por toda la ciudad para deshacerse de mí, provocando la muerte de mi padre viticultor de un infarto.
En medio de esa humillación y pérdida, Máximo, mi amigo de la infancia supuestamente enamorado de mí, se convirtió en mi único pilar, asumiendo los arreglos del funeral y proponiéndome matrimonio.
Tres años después, embarazada de ocho meses, me vi obligada a escuchar la verdad en el aparcamiento de un hospital, una revelación que detuvo mi respiración.
Máximo, a quien consideraba mi salvador y el padre de mi hijo, admitió haber orquestado la muerte de mi padre para que su riñón salvara a mi hermanastra Sofía, y se casó conmigo solo para apartarme del camino de su amada.
Mi padre no murió de un infarto, fue asesinado.
El hombre que decían ser mi salvador era el arquitecto de mi ruina.
Con el corazón destrozado, regresé a la consulta del ginecólogo.
"Doctora, quiero interrumpir el embarazo", pedí, una decisión inquebrantable para que ese hombre no fuera el padre de mi hijo.
Salí del hospital, pálida y sangrando, con un plan macabro fraguándose en mi interior.
Compré una caja de madera y coloqué en ella el pequeño cuerpo ensangrentado de mi hijo.
Me puse una barriga falsa, una prótesis de silicona que parecía real.
Esa noche, cuando Máximo volvió a casa, borracho de malbec y sintiéndose culpable, yo ya estaba lista para entregarle su "regalo", la primera pieza de mi devastadora venganza. La Dignidad no se Vende
Romance Mi casa en Triana, que olía a jazmín y a melancolía, estaba a punto de perderse.
Con solo dieciocho años y un título de diseño recién empezado, sentí el peso de las deudas de mi padre muerto.
La oferta llegó como un salvavidas: acompañar a Ricardo Vargas, un constructor poderoso y enigmático.
El "acuerdo" era claro: él salvaría mi hogar, yo sería su compañera discreta.
Casi creí que el dinero me había traído un amor inesperado, confundiendo su opulencia con cariño, su posesividad con protección.
Pero entonces, apareció Carmen Sandoval, su exnovia.
Me citó en un hotel de lujo y, con desprecio, me ofreció tres millones de euros para desaparecer.
Ella era su "costumbre favorita", y yo, solo un insecto.
Para probarlo, hicimos una cruel prueba con mensajes a Ricardo.
El suyo fue respondido con preocupación, el mío, con un frío "Espero no sea grave. Estoy ocupado".
Ella sonrió. "¿Ves? No eres nada para él".
Me reveló que todos los gestos grandiosos de Ricardo -los jazmines, Noruega- eran réplicas de lo que había hecho por ella.
Solo era una sustituta, un eco.
La indignidad se volvió insoportable.
Un día, Carmen rompió el broche de mi abuela y me acusó de agredirla.
Ricardo, sin dudarlo, me encerró en el sótano frío y húmedo, donde casi muero de frío.
La humillación final llegó cuando, en una fiesta, él volvió a negarme públicamente.
Me trató como un objeto, un insignificante estorbo para el juego de sus celos.
¿Cómo pude ser tan ciega, tan ingenua?
El dolor era insoportable, la traición palpable.
Me había vendido por una falsa seguridad, por un puñado de billetes.
¿Era mi dignidad el precio? ¿O algo más valioso aún?
Pero al despertar del delirio, solo quedó una determinación fría.
¡No más! Era hora de despertar.
Con los tres millones de euros de Carmen y una beca para Roma, cortaría todas las ataduras.
Mi propio cuento de hadas no necesitaba un príncipe tóxico.
Estaba lista para mi verdadera vida. Le puede gustar
La trampa amorosa de la exesposa vengativa
Lucia Love Cuando Stela estaba enferma durante los primeros días de su embarazo, Ezrah estaba con su primer amor, Piper. Cuando Stela tuvo un accidente y llamó a Ezrah, él dijo que estaba ocupado, pero en realidad, estaba comprando zapatos para Piper.
Stela perdió a su bebé debido al accidente, y durante toda su estancia en el hospital, Ezrah nunca apareció. Ella ya sabía que él no la amaba, pero eso fue la gota que colmó el vaso, y su frágil corazón no pudo soportarlo más.
Cuando Ezrah llegó a casa unos días después de que su esposa fue dada de alta del hospital, ya no encontró a la mujer que siempre lo recibía con una sonrisa y cuidaba de él. Stela se paró en lo alto de las escaleras y gritó con una expresión fría:
"Ezrah, tengo una buena noticia para ti. Nuestro bebé murió en el accidente. Ya no hay nada entre nosotros, así que vamos a divorciarnos".
El hombre que afirmaba no tener sentimientos por Stela, siendo frío y distante con ella y habiéndole pedido el divorcio dos veces, se llenó de pánico al instante. Ojos Robados, Corazón Roto
Li Xiamu Corrí por los pasillos estériles del hospital, con el corazón desbocado.
Después de semanas de oscuridad, Ricardo, el amor de mi vida, por fin había despertado.
Al llegar a su puerta, grité su nombre, las lágrimas de felicidad nublando mi vista.
Pero en la habitación, junto a mi prometido, estaba Isabel, la hija de una de las familias más ricas de la ciudad, con una sonrisa de triunfo.
«¿Quién eres tú?», me soltó Ricardo, con una voz helada que no reconocí.
Luego de 15 años juntos, me miraba con mis propios ojos, los ojos que le doné para que pudiera volver a ver.
«Mi prometida está aquí, aléjate», añadió, y mi mundo se vino abajo.
Isabel, con falsa compasión, me dijo: «Sé que siempre te ha gustado Ricardo, pero eres solo una sirvienta de nuestra casa. Por favor, no lo molestes».
«¿Sirvienta?», susurré, confundida.
Su madre, con una risa cruel, sentenció: «Mi hijo jamás se comprometería con alguien como tú. Isabel es su prometida, ella le donó las córneas».
La hermana de Ricardo añadió: «Eres una trepadora. Pensaste que con el accidente podrías aprovecharte. La gente como tú siempre tiene su lugar. Y el tuyo no es aquí».
La humillación me quemaba. Me habían robado a mi hombre, mi sacrificio, mi identidad.
«¡No! ¡Eso es mentira! ¡Yo le doné mis ojos! ¡Ricardo, tienes que recordarme!», grité.
Pero su madre ordenó a seguridad que me sacaran al grito de: «¡Vuelve a la mansión ahora mismo! ¡Tienes que preparar la cena! ¡Es lo único para lo que sirves!».
Él solo me miró con indiferencia mientras me arrastraban fuera, rompiéndome el corazón.
Atrapada en esa mansión, me obligaron a cocinar para los que me habían destruido.
Un día, Isabel derramó té caliente sobre mí y Laura, su hermana, me empujó contra la estufa.
Yo, con la piel ardiendo, susurré: «Por favor, necesito algo para la quemadura».
Laura se rio: «Deberías estar agradecida de tener un techo. Limpia ese desastre. Ricardo tiene hambre».
«Por favor, solo déjame hablar con él. Él me escuchará», supliqué.
Entonces, Laura me empujó de nuevo, y mi mano chocó con la olla caliente.
«¡Ya basta!», gritó una voz, era Ricardo, con el ceño fruncido.
Isabel y Laura mintieron, diciendo que me había quemado sola y que estaba obsesionada.
Él se acercó y, sin dudarlo, me soltó: «No sé quién eres, pero ya me cansé de tus mentiras y tu escándalo. Isabel es la mujer que amo. Tú no eres nadie».
Me agarró el brazo herido.
«No vuelvas a molestar a mi familia».
Me soltó con un empujón.
El hombre que me prometió amor eterno, me trataba como basura.
Ese día, mientras limpiaba, vi cómo desenterraban los cactus, el símbolo de nuestro amor.
«¡No! ¡Deténganse! ¡Son míos!», grité, defendiéndolos.
Isabel se burló: «Nada en esta casa es tuyo. Eres una empleada. Quítate o te despido».
Ricardo apareció y, con rabia, empezó a arrancar los cactus con sus propias manos.
Me lanzó uno, las espinas se incrustaron en mi brazo.
«¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa!», me gritó.
«Lárgate. Estás despedida», sentenció Isabel.
Me arrojaron mis cosas a la calle. Me quedé allí, en la acera, arrodillada, mi vida reducida a cenizas y espinas.
¿Cómo pude perderlo todo por la amnesia de él y la malicia de ellos?
Debería haber muerto en ese terremoto.
Un día mi esposo me amó, me adoró, y al día siguiente me golpeó y me echó a la calle.
Me encontró Eduardo, el primo de Ricardo. Me miró con compasión, curó mis heridas.
«Cásate conmigo», me dijo. «Te protegeré. Nadie volverá a lastimarte».
Asentí, sin entender aún por qué.
Pero esa noche, Ricardo encontró algo que podría cambiarlo todo: un viejo álbum lleno de fotos nuestras. La redención de la viuda billonaria
Demetris Ardolino Durante tres años, mi esposo, Mateo Garza, tuvo disfunción eréctil. O eso me dijo él. Fui yo quien lo sacó de un coche en llamas, y este matrimonio fue su promesa de atesorar las manos que lo salvaron.
Pero esta noche, lo escuché hablando con mi cuñada, Valeria. Confesó que su condición era una mentira para evitar tocarme, y que siempre la había amado a ella. Nuestro matrimonio era solo una farsa para complacer a su abuelo.
Las traiciones no pararon. Afirmó que fue ella quien lo salvó. Me abandonó durante un deslave para rescatarla a ella. Cuando desperté en el hospital con las costillas rotas, me pidió que donara piel de mi pierna para arreglar un rasguño en la cara de ella.
Quería mutilar mi cuerpo por la mujer que me robó la vida, la mujer que llevaba a su hijo secreto. Mi amor era una carga, mi sacrificio un chiste del que se reían a puerta cerrada.
Entonces descubrí la verdad final, la que me destrozó el alma: nuestra acta de matrimonio era falsa. Nunca fui su esposa, solo un reemplazo.
Esa noche, tomé mi teléfono y llamé a la única persona de la que él me había advertido que me alejara.
—Álex —susurré, con la voz rota—. Necesito irme. ¿Puedes verme en Europa? La falsa esposa del multimillonario, mi venganza
Leontyne Brymer Después de tres años en el extranjero, volví a casa para darle una sorpresa a mi esposo secreto, el multimillonario tecnológico Ricardo Villarreal. Por fin era el director general del imperio de su familia, y yo creía que nuestra vida juntos estaba a punto de comenzar.
Pero la sorpresa me la llevé yo. Lo primero que supe no fue por él, sino por las noticias de última hora: Ricardo estaba comprometido con una influencer llamada Valeria Torres, su supuesto amor perdido de la infancia.
Mi mundo se hizo añicos cuando vi su foto. Tenía mi cara. Entonces la verdad se desveló, cada pieza más espeluznante que la anterior. Valeria era mi media hermana. Nuestro matrimonio de tres años era un documento falso, una obra cruel que él montó porque yo era un sustituto conveniente para la mujer con la que en realidad estuvo casado todo este tiempo.
No era solo un mentiroso; era un monstruo. Me atrajo a un hospital con el pretexto de cuidarme, solo para revelar su verdadero plan: obligarme a un trasplante de tejido para salvar la vida de Valeria.
Pero mientras yacía en esa cama de hospital, prisionera a la espera de ser despojada de mis órganos, grabé una conversación que convirtió mi dolor en furia ciega. No solo me habían robado a mi esposo y mi futuro, habían asesinado a mi madre.
Pensaron que yo era una víctima de la que podían deshacerse. Estaban a punto de descubrir que yo sería la arquitecta de su ruina. De Ahogada a Amada: Una Segunda Oportunidad
Smoke Entré al Registro Civil, lista para hacer pedazos mi solicitud de matrimonio. Se había acabado.
Horas antes, había despertado en la cama de un hospital. Mi prometido, Alejandro, estaba a mi lado, con una máscara de fastidio en el rostro. Me ordenó que le pidiera perdón a Kenia, la mujer que acababa de empujarme a un lago helado, casi matándome.
A través del agua turbulenta, había visto a Alejandro pasar nadando a mi lado, directo hacia Kenia, que fingía ahogarse. Él se creyó sus mentiras, acusándome de haberla atacado, a pesar de la herida que casi me cuesta la vida.
Ignoró mi dolor, mi sacrificio, mis años de lealtad. Todo por una mujer que ya lo había traicionado antes. Incluso usó mis propios valores en mi contra, diciéndome que debía "pensar en los demás antes que en mí".
Estaba cansada. Tan increíblemente cansada. El casi ahogamiento había sido un bautizo. Por fin lo entendí: no podía arreglar esto. No podía ganar su amor.
Cuando volví a casa, él ya le había dado a Kenia mi preciado té de hierbas, ese que usaba para mi dolor crónico. Luego me degradó a ser una invitada en mi propia casa, ordenándome que cocinara para ella. Era hora de quemar el último puente.