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Nial Molotch

3 Libros Publicados

Libros y Cuentos de Nial Molotch

Navidad Robada: La Traición Familiar

Navidad Robada: La Traición Familiar

Moderno
5.0
Navidad se acercaba, y todo en casa olía a alegría, mi madre, Isabel, radiante como siempre, ultimaba los preparativos para nuestra gran cena familiar. Pero la llamada de Lucía, mi prima, esa misma noche, trajo consigo una sensación agridulce, su voz melosa, siempre tan interesada, escondía algo que me revolvía el estómago. Inesperadamente, lo que prometía ser una noche mágica en "El Mirador del Valle" se convirtió en una invasión, Lucía llegó con su familia, sin invitación, reclamando un lugar en nuestra mesa. "Familia, ¡qué sorpresa encontrarlos aquí!", exclamaron, como si no supieran de antemano el nombre de nuestra reserva, la cual habían investigado con antelación. Mi madre, en su infinita bondad, se dejó llevar, intentando mantener la paz, incluso cuando Lucía y Miguel, su esposo, empezaron a desplazar a mis abuelos a un rincón, mientras sus hijos campaban a sus anchas, molestando a todos. Sentía una impotencia enorme al ver a Miguel encender un puro en medio del restaurante. Sus groserías y burlas hacia mi familia nos hirieron profundamente. "¡Todavía con tu tiendita esa de cosas para bebés? ¿Sí deja para vivir o es nomás un hobby para no aburrirte en la casa?", preguntó Miguel con ironía. La humillación alcanzó su punto máximo cuando Miguel, sin reparo, le arrebató un trozo de comida del plato a mi abuelo. Pero el colmo fue cuando Leo, el hijo de Lucía, empujó a mi hija al suelo, hiriéndola, mientras su madre, lejos de disculparse, se burlaba: "¡Fue un simple empujón de niños, ni que la hubiera matado!". Ver a mi hija herida, la burla de Lucía y el cinismo de Miguel, encendió una chispa en mi madre, Isabel, esa mujer dulce y paciente que creía conocer. Un grito desgarrador brotó del alma de mi madre: "¡La sangre no te da derecho a abusar de mi bondad, a humillar a mis padres, a golpear a mis nietos y a insultar a mis hijas!". Lucía, con una sonrisa torcida, contestó: "Te voy a demandar, tía, vamos a empezar con una compensación de... ¿qué te parece medio millón de pesos para empezar?". No solo admitía la extorsión sobre la que tanto había planeado, sino que además, reveló su verdadero objetivo: "El abuelo dice que tienes que dármela para reparar el honor de la familia!". Fue entonces cuando lo impensable sucedió, mi madre, con una fuerza que nunca le había visto, agarró su teléfono y lo estrelló con furia contra la cara de Lucía. "Esa es mi contraoferta", sentenció mi madre. Esa noche, la batalla por la cena se transformó en algo mucho más grande: la lucha por la dignidad, por la familia que sí nos importaba y por la verdad que Lucía y Miguel intentaron esconder. ¿Sería este el fin de años de abuso o apenas el comienzo de una guerra familiar por venir?
Soy El Heredero Perdido

Soy El Heredero Perdido

Romance
5.0
Mi boda debía ser el día más feliz de mi vida. Había ahorrado meses para mi traje, mi corazón latía por Sofía del Valle, mi amor de la infancia. Pero la ceremonia se retrasó. Luego, mi prometida apareció del brazo de otro hombre, Alejandro Guzmán. Don Ernesto, el padre de Sofía y casi un padre para mí, los presentó con una sonrisa satisfecha que no llegaba a sus ojos. "Sofía ha encontrado a su verdadero amor. ¡Un hombre que sí está a su altura!" El salón estalló en murmullos venenosos, miradas de lástima y burla, fragmentos horribles: "Pobre diablo", "Nunca fue digno de ella", "¡Un arrimado de los Del Valle!" Mi corazón se detuvo, el aire se fue de mis pulmones. Sofía me ofreció dinero, una limosna por "mis gastos y molestias". Sentí la sangre subir a mi rostro, la humillación quemando por dentro. Mis años de servilismo a Don Ernesto, mi trabajo duro por una paga miserable, todo por ella, por ser parte de esa familia, se derrumbaban. Vi a Sofía. Por primera vez, la vi de verdad: superficial, ambiciosa, cruel. El amor se convirtió en cenizas. No tomé su sucio dinero. "¿Tú qué le ofreces?", flotó la pregunta de Don Ernesto. La rabia me ahogaba, pero me tragué mi dolor. No les daría el gusto de verme llorar. Me di la vuelta y justo cuando sentía todas las miradas sobre mi espalda, mi teléfono vibró. Un número desconocido de la Ciudad de México. "¿Hablo con el joven Ricardo Morales?" "Soy Armando, asistente del señor y la señora Morales. Lo hemos encontrado. Sus padres lo han estado buscando por más de veinte años." ¿Mis padres? Los padres que nunca conocí. Una familia poderosa de la Ciudad de México. Miré hacia atrás, al circo de mi vida destrozada. A Sofía, a Alex, a Don Ernesto, celebrando mi ruina. Una decisión fría y dura se formó en mi mente. No, no me derrumbaría. Esto no era un final. Era un comienzo.