/0/21524/coverorgin.jpg?v=daa07f4c6c65a2f35db8b874773f87e0&imageMogr2/format/webp)
¿Debería una mujer siempre entregar su primera vez a alguien a quien ama?
En el momento en que un dolor agudo la desgarró, Katherine Nash supo que esa oportunidad se había esfumado para siempre.
Frente a un desconocido que la forzaba, lloró tan fuerte que la visión se le nubló. Sus instintos le gritaban que huyera, pero su cuerpo débil y desorientado no respondía. No le quedó más que rendirse a la pesadilla y hundirse en la desesperación.
Cuando por fin aceptó que no había escapatoria, apretó la mandíbula e intentó ocultar el miedo. "Al menos usa protección", murmuró con voz seca y quebrada.
El hombre que estaba encima de ella se detuvo un segundo, pero no pronunció palabra. En cambio, sus movimientos se volvieron aún más violentos.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que todo terminó. Completamente agotada, perdió el conocimiento.
A la mañana siguiente, al despertar, la suite estaba en silencio y vacía. La cama deshecha y el dolor que le recorría el cuerpo le dejaron claro que no había sido una pesadilla. Había sucedido de verdad.
Todo había estado planeado. Lo que debía ser una cena de negocios rutinaria resultó ser una trampa. Le sirvieron copa tras copa hasta que apenas podía mantenerse despierta, para luego enviarla a aquella habitación donde se aprovecharían de ella.
La noche anterior, en su estado de semiconsciencia al comprender la emboscada, pensó en Julián Nash —su marido—, que acababa de regresar de un viaje. Le envió mensajes una y otra vez, llamándolo sin cesar. Cuando por fin contestó, su voz sonó fría y distante: "Estoy ocupado. Llama a la policía".
Incluso ahora, esas palabras seguían resonándole en los oídos.
Con apenas unas frases, había aplastado todo el amor que compartieron y el poco orgullo que le quedaba.
Una risa amarga se le escapó mientras el dolor en su corazón se anestesiaba. Empujó la manta con lentitud y se levantó.
En ese instante, una tarjeta de visita se deslizó de la cama y cayó al suelo.
Se detuvo en seco. La recogió y, en cuanto vio el logotipo, se le heló la sangre.
Era del Grupo Navarro.
La habitación había estado a oscuras y nunca llegó a ver el rostro del hombre. Pero de todas las posibilidades que podría haber imaginado, jamás pensó que el individuo de aquella noche estuviera vinculado a la empresa de Julián.
¿Tendría Julián algo que ver con esto?
/0/23133/coverorgin.jpg?v=c0e71b3fc0035e2a0eeb2d53243b8ce3&imageMogr2/format/webp)
/0/4883/coverorgin.jpg?v=c66cfde5b909521d44d7afbfbc7bf54f&imageMogr2/format/webp)
/0/14879/coverorgin.jpg?v=d5ade67177e4be25aaf1d889c456e11f&imageMogr2/format/webp)
/0/15668/coverorgin.jpg?v=77403cff6fadc2b475f2cc4871f3577a&imageMogr2/format/webp)
/0/11555/coverorgin.jpg?v=ace3edbcfbc73d6269238e5a7e382ced&imageMogr2/format/webp)
/0/18121/coverorgin.jpg?v=fd198c61cfd38f308f4ee81dfb2e364f&imageMogr2/format/webp)
/0/15588/coverorgin.jpg?v=20250226153559&imageMogr2/format/webp)
/0/17706/coverorgin.jpg?v=3a0eddb0612005d6077dc453dcc0f6aa&imageMogr2/format/webp)
/0/16860/coverorgin.jpg?v=7f382025fc60146745544f13b5ba5968&imageMogr2/format/webp)
/0/23043/coverorgin.jpg?v=0bd706e63695a0396370a5c3bc7ba559&imageMogr2/format/webp)
/0/18782/coverorgin.jpg?v=ef23d246a07f832ffefb8e66de80fc55&imageMogr2/format/webp)
/0/18955/coverorgin.jpg?v=20b4b599cd2357f542f19d0ae4040973&imageMogr2/format/webp)
/0/10480/coverorgin.jpg?v=630eac606c757f3ecea7e2e7b4815448&imageMogr2/format/webp)
/0/11209/coverorgin.jpg?v=2a8c64ba093eb9a5455ff52b794d787b&imageMogr2/format/webp)
/0/2851/coverorgin.jpg?v=e89c1ba2a7745ecf9040d4fd7e493d21&imageMogr2/format/webp)
/0/1139/coverorgin.jpg?v=5667772eb17ca3ba28bc36c3b06958d3&imageMogr2/format/webp)
/0/7148/coverorgin.jpg?v=823a61d992a249b71aed9f4e63f6c36a&imageMogr2/format/webp)
/0/288/coverorgin.jpg?v=0435380e617722fd50a91dd1fbe41486&imageMogr2/format/webp)
/0/19965/coverorgin.jpg?v=7b6e881b0c9fff0263c93a28974a078a&imageMogr2/format/webp)