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La sensación de ahogo me invade en el preciso instante que traspaso las puertas de la sucursal bancaria. Hace meses que no visito la oficina y cuando vengo, los recuerdos, esos tan amargos, me invaden. Es por ello que lo evito. Cada vez que acudo, acabo enferma una semana. Bastante tengo encima como para agregar más carga de la que ya soporto.
Sonrío por mera educación a la chica que está en la caja al pasar frente a ella. Me detengo en la puerta del director, tomo una bocanada de aire antes de llamar y acceder. El hombre hace un gesto con la mano: con él, me invita a sentarme mientras espero a que termine su conversación telefónica. Me encojo en el asiento al escuchar el elevado volumen de voz que usa para dirigirse al pobre individuo que se encuentra al otro lado de la línea, si fuese yo ya estaría llorando. En cuestión de segundos lo ha amenazado un par de veces con el embargo de su casa si no abona el importe pendiente en los próximos días.
Tras colgar se toma su tiempo antes de dirigirse a mí; aunque a decir verdad no deseo que lo haga, sé que no es buen momento. Estoy por disculparme con cualquier excusa, por muy pobre que sea, y volver otro día que esté calmado. Hace como que revisa los documentos que tiene sobre la mesa; sin embargo, sé que es una estrategia para ponerme más nerviosa, este hombre en vez de ser director de banco tendría que dedicarse al cine, o al teatro, le va que ni pintado. Con una ceja alzada me observa. Tiemblo solo de pensar en lo que me dirá.
—Buenos días, señorita García.
Me sorprende su saludo cordial; aun así, se me eriza el vello con el timbre que emplea.
—Buenos días, señor Rodríguez —respondo por pura cortesía, aunque lo que deseo es salir por patas y esconderme debajo de la cama como cuando era pequeña y algo me asustaba. Hoy, después de tantísimos años, me invade la misma sensación que antaño.
—Sabrá para qué la he hecho venir.
Me apresuro a negar con la cabeza, hace meses que llegamos a un acuerdo y hasta el día de hoy, lo cumplo de manera religiosa.
—Como bien sabrá, hace once meses firmamos un acuerdo de reducción de cuota hipotecaría y este llega a su fin. He revisado sus cuentas y por lo que veo, sigue cobrando la misma cantidad de siempre. —Acoda los brazos y entrelaza las manos. Sé que lo peor está por llegar—. Intuyo que ante la nueva situación tendrá dificultades para hacer frente al importe.
No es necesario que me diga que mi sueldo es una ruina y ni siquiera me da ni para comprarme un tanga nuevo; pero, por el momento, la vida no me va mejor.
—Estoy pendiente de que me amplíen las horas en el trabajo de las tardes —se me ocurre decir—. Por lo que me ha dicho mi jefe, el próximo mes ya podrá concedérmelas.
Es mentira. Cada vez que le suplico a Tobías que me aumente la jornada responde lo mismo: «Lo siento, Paula, pero estamos bajos en producción».
—¿Y con eso podrá solventar las cuotas?
—Sí.
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