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Capítulo

Segunda parte de Atada a ellos -¿Qué son? -cuestionó al ver que escribía por primera vez en la pequeña libreta que me había dado. -Nombres -dije simple tratando de contener las arcadas que me estaban atacando. -Nombres -susurró con desdén -¿de quiénes? -yo intenté sonreír. -De todas las personas que me hicieron daño -él se dejó caer en la silla junto a mí y se inclinó para prestar atención a los nombres. -¿Y qué harás con esa lista? -esta vez si sonreí. -Guardarla para cuando salga de aquí -él enarcó una de sus cejas. -¿Para qué? -yo lamí mis labios con lentitud. -Para vengarme. Él se dejó caer por completo en la silla y rio con suavidad. -¿Te vengarás de quienes amas? -cuestionó con algo de dejadez. -No de una forma cruel, solo los quiero a mis pies -dije con lentitud. -Ya los tuviste -me recordó. -Y por ello los tendré nuevamente, después de todo aquí he aprendido a que puedo obtener todo lo que me proponga y si estando en la mierda lo he conseguido, pues cuando ascienda lo obtendré más.

Atados a mi Capítulo 1 Uno

Mis manos se aferraban a los bordes del retrete intentando mantener mi cuerpo a raya mientras las arcadas me atacaban.

Mi frente se encontraba con gotitas de sudor, mis manos temblaban y mi cuerpo se sentía débil mientras continuaba acoplándome al ritmo mortífero de mi cuerpo cada que una arcada me atacaba.

-Nunca nadie dijo que sería fácil -las lágrimas se aglomeraron en mis ojos y quise sollozar, pero los vómitos no me daban tregua.

La abstinencia me tenía hecha pedazos.

A penas llevaba una semana sin una sola gota de alcohol, pues en las anteriores habían retirado las cantidades gradualmente para evitar un choque fisiológico ante el descenso de los niveles de alcohol a los que había estado acostumbrado mi cuerpo.

Pero hacía una semana que no tocaba una sola gota y sentía que moriría en cualquier instante.

Mis manos se encontraban frías la mayor parte del tiempo y aunque intentaba distraerme de la necesidad, mi mente la rememoraba una y otra vez dejándome saber que había estado aferrada a algo que me estaba haciendo pedazos.

-Tu puedes, Calliope -susurró el hombre que se había estado encargando de ayudarme a sobrellevar todo el mal rato que estaba pasando en la rehabilitación.

-No puedo más -lloriqueé cuando las arcadas me dieron tregua.

-Si puedes -aseguró -eres más que esto.

Mis ojos dejaron caer las lágrimas nuevamente y cuando sentí que ya era suficiente me dejé caer en el piso.

Yair se inclinó para bajar la palanca probando que todo lo que había sacado de mi sistema se fuese por el lavabo.

Luego se quedó observándome desde arriba antes de proceder a sentarse frente a mi en el estrecho cubículo de baño extendiendo una de sus piernas entre las mías y otra junto a ellas para que de esa forma quedaran entrelazadas.

-A veces siento que me quedaré a medio camino -dije sincera -me siento mal, mis huesos duelen, mi cabeza no deja de pensar en eso mientras me palpita dolorosamente y todo este malestar solo hace que quiera volver a lo de antes, era más fácil olvidar -dije sincera.

-Lo sé, sé que es más fácil dejarte llevar por la oscuridad de una adicción, por los momentos casi eternos de placer que te daban las sensaciones -él sonrió con suavidad -pero ¿acaso no es más lo que perdiste a causa de aquella adicción?

-Si -susurré.

-¿Qué perdiste a causa de esto, Calliope? Recuérdamelo.

Yo pasé saliva y las lágrimas volvieron a hacer su aparición.

Estaba tan débil, tan deshecha.

-Perdí la autonomía sobre mi cuerpo, perdí las ganas de vivir una vida plena, me perdí a mi misma y perdí a los hombres que amo -susurré.

-¿Y los culpas por irse? -yo negué muy segura.

-Les estaba destruyendo -susurré avergonzada -los estaba envolviendo en la miseria que me envolvía.

-¿Los sigues amando? -asentí totalmente segura.

-Más ahora -admití -porque me estoy poniendo de pie nuevamente gracias a ellos -yo le di una sonrisa rota -si ellos no me hubiesen dejado caer, nunca hubiese tenido el valor de levantarme por mi misma.

Yo suspiré pesadamente mientras me recuperaba de aquel lapsus tan destructivo.

-Fue la prueba más grande de amor que me pudieron dar -sin pena sorbí mi nariz, pues Yair había visto mis peores momentos, esto era poco para todo lo que había estado pasando al llegar -ellos evitaron que continuara con mi dependencia emocional, evitaron que cayera más profundo, pues, he aprendido que siempre se puede caer más bajo y gracias a ellos frené mi caída, Yair.

Él sonrió abiertamente ante mis palabras.

-Si sanas desde el amor, sanarás para toda la vida -aseguró -mientras que si lo haces desde el odio siempre volverás a caer.

-Sanar desde el amor propio es lo principal -susurré -lo hago por mi y para mi -continué -y luego cuando me ame a mi misma puedo saber si realmente amo a alguien más.

Yair sonrió abiertamente y me tendió sus manos, yo le tendí las mías y ambos dimos un leve apretón en donde él me pasaba las energías positivas que lo envolvían.

-Puedes con esto y más -repitió.

-Puedo con esto y más.

Un mes después

Mis manos impactaban con fuerza contra el saco de boxeo. Había estado así durante más de una hora y ya mis músculos ardían por el movimiento.

Mis nudillos dentro de los guantes se sentían ya destrozados, pero yo seguía golpeando una y otra vez sin importar que mi cuerpo sintiese que no daba para más.

-Deja de volverte adicta al dolor -yo levanté mi mirada del saco para enfocarla en Yair que entraba al gimnasio con pasos seguros y rápidos.

-No lo hago -admití dejando de golpear el saco -solo intento cruzar la línea.

-¿Cuál? ¿La línea entre el dolor y el placer? -cuestionó mordaz.

Yo sonreí con arrogancia.

-No, esa ya la crucé hace algún tiempo, hablo de esa línea en la que sientes que no puedes más, pero solo es el umbral para pasar hacia tu máximo potencial.

-Te puedes perder en el camino -yo lamí mis labios con lentitud antes de sonreír suavemente.

-Me he perdido muchas veces, Yair, ya sé a la perfección como encontrarme.

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