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En un pueblo, oculto entre las montañas que daba a la costa, había una quinta de amplios jardines, de dos plantas, con paredes rústicas pintadas de azul, rejas negras y un patio interno.
Sucedía el primer acto de despedida.
Frente a sí mismo estaba todo lo que en algún momento había deseado con toda su alma, por más tiempo del que posiblemente fuera sano. Y por más que lo intentaba no dejaba de anhelarlo, sin embargo, la realidad es que en los instantes actuales; pese a sus más fervientes deseos, era algo que no podría nunca tener.
El amor de la mujer, que a sus ojos era la más hermosa y perfecta del mundo; algo que estaba fuera de su alcance y más ahora, con la reunión que se daba. Como siempre que ella se acercaba cuando nadie más estaba, por petición suya, principalmente, en el jardín interior de su casa familiar; era una desgarradora despedida de lo que pudo ser.
Pues el tiempo que le jugaba en contra; no dejaba de recordarle que el final se acercaba.
Su oscura cabellera, cuál cielo nocturno, contrastaba con la palidez de su hermosa piel. Acentuando sus mejillas con un leve tono rojizo que siempre le pareció adorable, una belleza aún no reconocida. Sosteniendo en sus brazos aquel hermoso ser; que era un pedazo de ella, el cual apenas tenía un par de meses de nacido.
Como quisiera que las cosas hubieran sido distintas, si fuera así; el bebe que ella cargaba sería también suyo. Y entonces todo se vería brillante.
Solomon podía solo preguntarse, si más allá de la muerte podría seguir amándola como lo hacía en ese preciso segundo. La respuesta era clara para él y su mente soñadora que intentaba ver lo positivo dentro de toda la mierda que lo rodeaba.
Él nunca dejaría de amarla, después de todo ella era su luz. Que lo había iluminado por tanto tiempo, y en sus momentos más oscuros; alejándolo de la oscuridad que buscaba consumirlo.
— Esta será la última vez que nos veamos. — Declaro Solomon, con la voz ahogada en tristeza.
Delante de él, la reciente madre solo levanto la mirada, viéndolo como un animal asustado, mientras aquellos ojos que iban siempre protegidos por dicho regalo que el mismo le había hecho y que los había unido, se iban llenando de lágrimas, casi aferrándose a la silla donde se encontraba sentada, atino únicamente a ahogar un jadeo lleno de sorpresa.
— Solomon… — Comenzó a decir ella mientras intentaba manejar las emociones que la estaban dominando.
Qué escena tan desgarradora. ¿Por qué la vida tenía que ser tan miserable para enfermarlo de esa manera? Justo cuando finalmente estaba venciendo a sus demonios. Más, no había más opción.
Era un día demasiado precioso, para dar una noticia de tal magnitud. Sin embargo, por más cruel que pareciera, así era la vida. Sonriendo de manera cálida, Solomon se levantó y sin pensarlo mucho acuno la mejilla femenina en su diestra.
— El tiempo se acaba y no deseo que me veas peor de lo que ya estoy; quiero que vivas por los dos y sigas adelante; recordándome cuando aún tenía fuerza, cuando aun la vida me pertenecía en este juego, ¿me lo prometes? — Arrullaba el hombre de afilados ojos miel.
Bajo su tacto la mujer luchaba por no quebrarse, Solomon no podía más que reflexionar.
«Sea como fuera, las despedidas siempre dolerán; ojalá pudiera ahorrarte esto, pero no puedo irme de este mundo sin verte una vez más, sin avisarte que pronto me iré. Pero te lo prometo: Nos volveremos a encontrar, mi luz…»
Ella no respondió, no porque no quisiera, era incapaz de hacerlo y él lo entendía. De esa manera permanecieron; mientras el recién nacido dormía placidamente ajeno a la terrible despedida que estaba viviendo su madre.
Arropados por las flores de bugambilia blancas que llenaban todo el jardín interno de la casa de Solomon.
Y sin que notaran el paso del tiempo, el momento de decir adiós llego. Solomon, contrario a las órdenes de su doctor de cabecera, se mantuvo de pie todo el tiempo que su cuerpo le permitió; siendo él quien atendió hasta el último momento a aquella mujer.
Sumergiéndose en la fantasía de que era el esposo de su musa y el padre de su bebe. Solo por un segundo, después de todo, se le podía dar ese gusto a un moribundo, ¿no?.
Y acompañándola hasta la entrada de la casa; donde la vio subirse a su auto después de meter al recién nacido en su silla, entregándole una caja con todos los recuerdos que tenían en común, como las llaves del apartamento en la ciudad donde solían verse, al igual que las escrituras de este. Donde se ocultaba una parte de su vida hasta que llegara el momento indicado.
— Ve con cuidado… No lo olvides, nos veremos en la próxima vida. — Dijo Solomon apoyado en la puerta del carro.
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