/0/5847/coverorgin.jpg?v=5c9883fd6eb7f848c5d5535528f2a68e&imageMogr2/format/webp)
PRIMERA PARTE
Febrero 01, año 2020, Braga. Quinta da Mafalaia.
Sandra pensaba que yo era mentirosa. O que, en esta estricta ocasión, todo lo que le estaba contando era una vil mentira. Ella conocía a los personajes de mi cuento, pero la sorpresa para ella era tal, que le costaba comprender cada cosa, cada suceso. Y la entendía.
—Podrías decir algo —expresé.
Sentadas bajo aquel árbol frondoso que tanto amaba, sombra hermosa del restaurante Quinta da Mafalaia, observé su rostro ovalado de piel morena clara y extremadamente suave. Ella miraba con asombro y quizás, con algo que me reprobaba.
—Sería bueno que opinaras, Sandra, porque me había jurado que no le contaría esto a nadie. Aunque ya existen personas que lo saben. —Bajé la cara un poco avergonzada por esa información.
A pesar de no mirarla directamente, vi cuando tragó grueso. Y es que la historia era algo que en algunos rincones del mundo solía suceder, pero no a mí. Estas cosas no debían ocurrirle a una simple mortal como yo. Contar algo así no era fácil, yo sabía que no.
—Bueno —comenzó a decir—. Yo… Yo no…
Sí, ella se había quedado sin palabras. Puedo asegurar que al verme llegar a su casa, jamás pasó por su mente a lo que venía esta tarde.
Continuó:
—¿Estás segura que todo esto comenzó desde que él era un… un niño? —No me dejó responder siquiera. Se inclinó hacia delante y susurró con energía contenida—. Me estás hablando de un niño de ocho años —hizo una pausa—. Delu, ¿qué diablos te sucede?
Abrí mis ojos y elevé las cejas todo lo que pude. Ella relajó su cuerpo, entendiendo que estaba exagerando en su pensar. Pude haber cometido mil errores, demasiados para el gusto de cualquiera. Pero no era una mala persona, y menos lo que ella estaba pensando en ese momento.
Al verla devolverse a su posición original, yo asentí:
—Sí, ocho años. Escuchaste bien.
—¡Pero es que no puede ser! Él… Él es… Lo conocí en Viana, no demasiado para saberlo pero es fácil entender que en ocasiones parece tan vacío, tan típico… ¡Por Dios, es un jovencito!
Sin moverme mucho porque deseaba ver en detalle sus reacciones, y sobre todo que ella no confundiera las mías, emití una pequeña risa con tintes de tristeza y de labios cerrados; como enfatizando que mi compañera estaba equivocada.
Bueno, al menos solo un poco.
Él no era típico. El protagonista de nuestra conversación, razón por la cual llegué a la Quinta para contarle todo a mi vieja amiga, era otra cosa muy distinta. Él encerraba una situación que siempre me había vuelto loca.
—Es un ser humano, ¿no? —le dije—. Simple o superficial, sigue sintiendo. ¿O no es así? Pero créeme, todo lo que hasta ahora has creído que era él, bien puede ser lo contrario. Espero no confundirte.
—¿Más?
Suspiré, destapé la caja de cigarrillos que puse sobre la mesa y encendí uno. Sandra miró mi pitillo, ese que por fin me pude fumar después de horas de anhelarlo y por primera vez en la vida supe que estaba a punto de arrancármelo de las manos.
Me eché a reír un poco pensando que mi amiga, quien nunca había sucumbido a ningún vicio, deseaba hacerlo ahora. Precisamente de esto le hablaba, del efecto que algunos tienen en otros; vicios que rompen una cadena de bondad provocados por la ansiedad de una historia.
—No sé qué decirte, Delu —expresó con cara de angustia—. Me dejas verdaderamente pasmada. Esto que me cuentas es una bomba, es algo bastante... intenso.
—Lo sé, y precisamente vine para contártelo porque ya… —Suspiré de nuevo, el peso en mis hombros pulsaba pidiendo liberarse—. Ya no puedo ocultártelo más.
Ella miró a la mesa de hierro y madera que teníamos entre nosotras por unos segundos, para luego mirarme fijamente colocando una de sus manos sobre la única que yo cargaba libre sobre mi regazo.
—Te entiendo, amiga. —Apretó mis dedos y sentí un corriente enérgica pringarme el cuerpo—. No sé exactamente las razones que te obligaron a callar pero aun así, puedo comprender que no quisieras decirlo a los cuatro vientos. Y hablando de ti, que hablas y hablas y en ocasiones no te podemos detener… —Soltó una risilla.
/0/13726/coverorgin.jpg?v=e15fd0b4575f0f6e9f0e57d80601baad&imageMogr2/format/webp)
/0/15610/coverorgin.jpg?v=be8a4d0c80226c8f9c637eb89caabb43&imageMogr2/format/webp)
/0/5254/coverorgin.jpg?v=5680572a7ea424224aabb3e3ddddf02f&imageMogr2/format/webp)
/0/13132/coverorgin.jpg?v=a36ebcfcbaac68adb55e4888fe16d38a&imageMogr2/format/webp)
/0/14293/coverorgin.jpg?v=ab40a8aececbca3a428ba46fb1472b7c&imageMogr2/format/webp)
/0/840/coverorgin.jpg?v=b6a0048abb70e0b6aa99cd707dea0bf0&imageMogr2/format/webp)
/0/135/coverorgin.jpg?v=a607b30db2fba9096cbc386f6865c475&imageMogr2/format/webp)
/0/1/coverorgin.jpg?v=ed5b022d0ef998cdd97d7009baae6358&imageMogr2/format/webp)
/0/15716/coverorgin.jpg?v=bc064c47124f430b9315495aae990232&imageMogr2/format/webp)
/0/10978/coverorgin.jpg?v=b924bedf1405253de09fcf67c2a49306&imageMogr2/format/webp)
/0/3492/coverorgin.jpg?v=3785c4c6853f9041d8a72e03f319c243&imageMogr2/format/webp)
/0/17192/coverorgin.jpg?v=e4fad6347c5da886833d7707a5c89e1f&imageMogr2/format/webp)
/0/17546/coverorgin.jpg?v=0228b30f5e91b4b41ef91ab4a71c054d&imageMogr2/format/webp)
/0/6734/coverorgin.jpg?v=5688db974547a570d37a3a525b70a958&imageMogr2/format/webp)
/0/132/coverorgin.jpg?v=6c4e3a836f640158336c7bba3367f577&imageMogr2/format/webp)
/0/9386/coverorgin.jpg?v=9bb7e050ce99532a0a1faac853f46a23&imageMogr2/format/webp)
/0/21023/coverorgin.jpg?v=48e41362c8761cb23857ae708206e44f&imageMogr2/format/webp)
/0/17158/coverorgin.jpg?v=36981f59e6b1cc5b1f29b633e90cf865&imageMogr2/format/webp)
/0/21332/coverorgin.jpg?v=5a57636141f2655ef3d8222e674b71cf&imageMogr2/format/webp)